domingo, 18 de octubre de 2026

Viento

 


El Chorrillo, 19 de octubre de 2026

Las once de la mañana. El viento. El viento fuerza la entereza de los árboles, se mete entre sus ramas y ya estamos con una banda sonora propia de una noche de misterio entre las azoteas de la Transilvania. Cine de terror y vampiros. Auuuuu… Auuuuu… O mejor y más familiar todavía, con mi pequeña tienda en algún collado de los Alpes, esa mi otra casa de los veranos, en que el viento tumba peligrosamente mi tienda mientras yo disfruto dentro del saco de dormir de ese íntimo contacto con los elementos. Podría rastrear en el pasado escenarios de muchos colores para mañanas como éstas. Los placeres de la memoria ahora que por una razón u otra mi movilidad queda tan reducida a una recuperación que espero como agua de mayo.

Viento (Victor Sjöström, 1928). Esos recuerdos de noches de cine de invierno frente a la chimenea mientras la lluvia golpea contra los cristales. La vida discurriendo como quien habita en una torre de un castillo medieval. El viento no como música de fondo, el viento como sangre circulando por tus venas. Auuuuu… Tú sumergido en el líquido amniótico de un útero, calentito, sin pensar en nada, anulado el pensamiento, sólo las sensaciones. Y mientras espero la llegada del siguiente párrafo, porque en eso consiste escribir, en esperar que las ideas y las palabras desciendan hasta las yemas de tus dedos, me llega un correo. Cambio de pantalla, lo abro y es un comentario a mi post de ayer del amigo Enrique. Sólo leo las primeras líneas: “En mis creencias más asentadas está aquella que reza que no se puede poner sujeción al viento, porque él es una de las pocas cosas auténticamente libres”. Curiosa sintonía, amigo viento. Es cierto, no se puede poner puertas al viento, ya lo dice aquel adagio popular. No sé lo que viene a continuación en el comentario. Luego lo veo, no se me vaya a cortar la leche.

Constato que mis recuerdos y consideraciones están hondamente marcados por mis tantos años de dedicación a la montaña, que todo eso que plantea Butler, dar cuenta de sí mismo, en su libro está muy bien, la influencia del ambiente y la sociedad en la conformación de tu persona, está bien, que acaso ese su pensamiento y su escritura probablemente es lo que para mí es o pudo ser mi relación con la naturaleza, lo que no invalida su pensamiento pero sí pone un toque de atención sobre la influencia que tu propia vida deposita en lo que escribes. Butler, habiendo dedicado su vida a la filosofía vive marcada por su pensamiento y sus ideas que pueden ser todo lo objetivas que se quieran pero que consideradas como una tarta y poniendo junto a ella mi propia experiencia y considerando el peso de ambas entiendo que el valor de su pensamiento, pensado desde el punto de vista vital, y dada la fuerza de las vivencias, lo que me hace pensar es que el valor del pensamiento, sin ser excluyente, al ser puesto sobre la mesa frente al valor de las vivencias, aunque esto sea mezclar churras con merinas, repito, desde el punto de vista vital, el valor de las vivencias personales anula, o mejor se sobrepone, en cierto modo a la brillantez del discurso filosófico. Cierto que desentrañar la realidad e investigar sobre nuestro ser y conducta es vital, y ello nos debería conducir a lecturas que nos ayudarán a comprender el mundo en que vivimos, sin embargo entre un filósofo y un amante de la naturaleza, sus facetas, quiero decir, es natural que yo me incline por este último. No se trata de poner en relación estas dos posturas en este caso sino simplemente considerar el peso que cada una tiene en nosotros. El filósofo vive encerrado en sus ideas, ellas pueden ocupar una parte considerable de su persona y su vida, mientras que en el acérrimo amante de los bosques y las montañas la naturaleza, al margen de consideraciones académicas, recibe por completo nuestro empeño y actividad. En este punto el amigo Álvaro, uno de esos buenos lectores que conozco, y ahora ya que he vuelto al Facebook, diría que todo esto no son más que pajas mentales. Y probablemente tenga razón pero no en el sentido en que él lo diría, sino en aquel otro en que, como todo el mundo experimenta, las pajas son un excelente modo de relacionarnos con nosotros mismos.

Sí, no pongamos vallas al viento, y no sólo lo digo por lo de las pajas, que aquí podríamos volver a enrollarnos con asuntos tan interesantes como la libertad y las constantes barricadas que intentan mediatizarlas.

Viento. Es mediodía. Todavía en la cama. No, si aún voy a tener que agradecer esta inmovilidad impuesta que tanto me predispone a la vagancia, vagancia física, se entiende, que no hay mejor modo de despabilar la materia gris del cerebro que no tener apenas nada que hacer durante todo el día.

Hay verdades que sólo le sobrevienen a uno en el tendido supino de una mañana de viento. Y me voy por un instante a mis montañas, a esas jornadas en que durante un par de días me veía obligado a permanecer dentro del saco de dormir bajo la tienda mientras el viento y la lluvia se convertían en los señores del lugar. Días de aparente incomodidad pero que ocupan en el recuerdo ese preciado lugar que destinamos a los mejores ratos de nuestra vida. En la película de Kore-eda After Life los muertos tienen que elegir el momento más significativo de sus vidas, después de lo cual pasan a otra fase en que el resto de los recuerdos se borra. Sólo dos personajes se resisten a ello, se niegan a desprenderse del conjunto que fue su existencia. Yo estaría entre estos últimos, pero ciertamente a la cabeza de mis recuerdos estarían noches de ventisca arrebujado en la soledad de mi saco de dormir en las cumbres de los Carpetanos o en el pico el Lobo, por poner un ejemplo.

Allá donde hemos dejado lo mejor de nuestras vidas, donde yace nuestro corazón, no en un hecho concreto sino en una forma de vida, es lo que nos define en gran parte como personas.

 

 

 

 

 

 

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