El Chorrillo, 19 de octubre de 2026
Las once de la mañana. El viento. El viento fuerza la
entereza de los árboles, se mete entre sus ramas y ya estamos con una banda
sonora propia de una noche de misterio entre las azoteas de la Transilvania.
Cine de terror y vampiros. Auuuuu… Auuuuu… O mejor y más familiar todavía, con
mi pequeña tienda en algún collado de los Alpes, esa mi otra casa de los
veranos, en que el viento tumba peligrosamente mi tienda mientras yo disfruto
dentro del saco de dormir de ese íntimo contacto con los elementos. Podría rastrear
en el pasado escenarios de muchos colores para mañanas como éstas. Los placeres
de la memoria ahora que por una razón u otra mi movilidad queda tan reducida a
una recuperación que espero como agua de mayo.
Viento (Victor Sjöström, 1928). Esos recuerdos de
noches de cine de invierno frente a la chimenea mientras la lluvia golpea contra
los cristales. La vida discurriendo como quien habita en una torre de un
castillo medieval. El viento no como música de fondo, el viento como sangre
circulando por tus venas. Auuuuu… Tú sumergido en el líquido amniótico de un
útero, calentito, sin pensar en nada, anulado el pensamiento, sólo las
sensaciones. Y mientras espero la llegada del siguiente párrafo, porque en eso
consiste escribir, en esperar que las ideas y las palabras desciendan hasta las
yemas de tus dedos, me llega un correo. Cambio de pantalla, lo abro y es un
comentario a mi post de ayer del amigo Enrique. Sólo leo las primeras líneas:
“En mis creencias más asentadas está aquella que reza que no se puede poner
sujeción al viento, porque él es una de las pocas cosas auténticamente libres”.
Curiosa sintonía, amigo viento. Es cierto, no se puede poner puertas al viento,
ya lo dice aquel adagio popular. No sé lo que viene a continuación en el
comentario. Luego lo veo, no se me vaya a cortar la leche.
Constato que mis recuerdos y
consideraciones están hondamente marcados por mis tantos años de dedicación a
la montaña, que todo eso que plantea Butler, dar cuenta de sí mismo, en su libro está muy bien, la
influencia del ambiente y la sociedad en la conformación de tu persona, está
bien, que acaso ese su pensamiento y su escritura probablemente es lo que para
mí es o pudo ser mi relación con la naturaleza, lo que no invalida su
pensamiento pero sí pone un toque de atención sobre la influencia que tu propia
vida deposita en lo que escribes. Butler, habiendo dedicado su vida a la
filosofía vive marcada por su pensamiento y sus ideas que pueden ser todo lo
objetivas que se quieran pero que consideradas como una tarta y poniendo junto
a ella mi propia experiencia y considerando el peso de ambas entiendo que el
valor de su pensamiento, pensado desde el punto de vista vital, y dada
la fuerza de las vivencias, lo que me hace pensar es que el valor del
pensamiento, sin ser excluyente, al ser puesto sobre la mesa frente al valor de
las vivencias, aunque esto sea mezclar churras con merinas, repito, desde el
punto de vista vital, el valor de las vivencias personales anula, o mejor se sobrepone,
en cierto modo a la brillantez del discurso filosófico. Cierto que desentrañar
la realidad e investigar sobre nuestro ser y conducta es vital, y ello nos
debería conducir a lecturas que nos ayudarán a comprender el mundo en que
vivimos, sin embargo entre un filósofo y un amante de la naturaleza, sus
facetas, quiero decir, es natural que yo me incline por este último. No se
trata de poner en relación estas dos posturas en este caso sino simplemente
considerar el peso que cada una tiene en nosotros. El filósofo vive encerrado
en sus ideas, ellas pueden ocupar una parte considerable de su persona y su
vida, mientras que en el acérrimo amante de los bosques y las montañas la
naturaleza, al margen de consideraciones académicas, recibe por completo nuestro
empeño y actividad. En este punto el amigo Álvaro, uno de esos buenos lectores
que conozco, y ahora ya que he vuelto al Facebook, diría que todo esto no son
más que pajas mentales. Y probablemente tenga razón pero no en el sentido en
que él lo diría, sino en aquel otro en que, como todo el mundo experimenta, las
pajas son un excelente modo de relacionarnos con nosotros mismos.
Sí, no pongamos vallas al viento,
y no sólo lo digo por lo de las pajas, que aquí podríamos volver a enrollarnos
con asuntos tan interesantes como la libertad y las constantes barricadas que
intentan mediatizarlas.
Viento. Es mediodía. Todavía en la
cama. No, si aún voy a tener que agradecer esta inmovilidad impuesta que tanto me
predispone a la vagancia, vagancia física, se entiende, que no hay mejor modo
de despabilar la materia gris del cerebro que no tener apenas nada que hacer
durante todo el día.
Hay verdades que sólo le
sobrevienen a uno en el tendido supino de una mañana de viento. Y me voy por un
instante a mis montañas, a esas jornadas en que durante un par de días me veía
obligado a permanecer dentro del saco de dormir bajo la tienda mientras el
viento y la lluvia se convertían en los señores del lugar. Días de aparente
incomodidad pero que ocupan en el recuerdo ese preciado lugar que destinamos a
los mejores ratos de nuestra vida. En la película de Kore-eda After Life
los muertos tienen que elegir el momento más significativo de sus vidas,
después de lo cual pasan a otra fase en que el resto de los recuerdos se
borra. Sólo dos personajes se resisten a ello, se niegan a desprenderse del
conjunto que fue su existencia. Yo estaría entre estos últimos, pero
ciertamente a la cabeza de mis recuerdos estarían noches de ventisca arrebujado
en la soledad de mi saco de dormir en las cumbres de los Carpetanos o en el
pico el Lobo, por poner un ejemplo.
Allá donde hemos dejado lo mejor
de nuestras vidas, donde yace nuestro corazón, no en un hecho concreto sino en
una forma de vida, es lo que nos define en gran parte como personas.

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