El Chorrillo, 19 de octubre de 2026
En el hospital y a la espera de que me
retiren la sonda del pito tras mi última intervención quirúrgica, leo a trancas
y barrancas en medio de las voces de la sala de espera abarrotada, el último comentario de Enrique. Dios, qué hombre éste (¿será pronombre o será adjetivo
este éste?, me digo), o mejor, qué cabeza. Y es que uno, yo, cuando escribe o
piensa tira tan por donde sopla el viento, que admirado queda por la ordenación
de su pensamiento.
No me quejo. Primero, que suerte tiene el
amigo Enrique con eso de levantarse sin más cuando se despierta, porque para mí
es la primera batalla que tengo que vencer cada mañana cuando suena el
despertador, que si me dejara llevar hasta la hora de comer etcétera. Se ve que
a cada cual Dios le sirve un especial paquete de disposiciones; a mí me hizo
dormilón.
Enrique habla en ocasiones tan en clave de
sobreentendido que dudo que muchos puedan, o incluso podamos, entenderlo. Habla
con tanto circunloquio del simple hecho de hacerse una paja, trayendo
subrepticiamente a Woody Allen al escenario, creo, con aquello de que la
segunda parte más importante del cuerpo es el cerebro, que me desorienta. Tan
mi racionalista amigo se refiere a las pajas, las pajas del hombre de la calle,
de los brutos como yo, en términos digamos cultistas, que llama la atención. Y
me sonrío imaginando diciéndome: creo que mis pantalones están experimentando
una sobrepresión, en lugar de dar simplemente la bienvenida a un acto de
onanismo. Sí, cosas del uso del lenguaje que acaso merecerían algunas
consideraciones para determinar por qué unos usamos
la
expresión pajas mentales –al pan, pan y al vino, vino– mientras otros prefieren
el término masturbaciones mentales.
Dice, en fin, mi amigo que “A los libros
les da sentido el escritor, y el lector lo acepta o lo desestima”. Y como estoy
en la sala de espera del Quirón y no tengo nada que hacer porque el libro que
he traído es demasiado complicado para este barullo de voces, pues voy a seguir
disintiendo, que es mejor modo de lubricar el cerebro y sacarle algo de
diversión a la ocasión, mucho mejor que hacer sudokus o crucigramas, así que
objeción número uno. ¿Seguro que a los libros les da sentido sólo el autor y
que el lector es un simple convidado de piedra? Es una vieja discusión que no
se puede despachar con una simple aseveración. Saber dónde reside el sentido de
las cosas, si en ellas mismas o en la mirada que lo contempla no es una
cuestión baladí. No son pocos los autores que cuestionan que la intención del
autor sea la autoridad definitiva que determine el significado de una obra. Y
algo que creo que es importante y que tiene que ver con el modo en que nos
acercamos a un libro y que constituye acaso el quid de nuestra afición lectora:
cuando leemos no solo tratamos de entender a sus personajes: a veces
descubrimos que, sin proponérnoslo, lo que estamos haciendo es tratar de entendernos
a nosotros mismos. Existe
una mezcla muy rica en el proceso de lectura que no podemos reducir sólo a las
intenciones del escritor o a la simple interpretación que del texto hace el
lector.
Y pienso sin más todo lo que mi vida y mi
forma de pensar e interpretar la realidad le debe a la lectura. Allá desde los
primeros años que comencé a leer libros de aventuras, tebeos, cuando empecé a
interesarme por los misterios del sexo, por la comprensión de la realidad
global, cuando mis ojos recorrían de cabo a rabo las novelas de Emilio Salgari,
o más tarde bebía de Torcuato Luca de Tena, de Dostoyevski, de Tolstoi, de
tantos… Evidentemente, como mantiene Butler, tenemos un gran débito con todo
aquello que ha rozado la epidermis de nuestro pensar, de nuestro hacer, esas
pasiones que hemos alimentado durante toda la vida.
Anoche vi Monstruo, de Kore-eda, la historia de un niño que empieza a
comportarse de manera extraña y cuya madre sospecha que un profesor le está
maltratando. Lo que parece al principio un conflicto entre una madre y un
maestro se va reconstruyendo desde distintos puntos de vista: el de la madre,
el del profesor y el de los propios niños. El film trata sobre la dificultad de
conocer la verdad cuando cada persona ve los hechos desde su propia perspectiva.
Y pienso en nuestros intercambios de impresiones, Enrique y los míos, cuando
refiriéndonos a la misma realidad, ambos sacamos conclusiones diferentes. Aunque
coincidamos en cosas, nuestras vidas y nuestros pensamientos se han conformado
en ámbitos y experiencias distintas, lo que da como resultado una visión del
mundo que obviamente no es la misma. Si el sentido de las cosas no reside cien
por cien en ellas mismas, sino en la mirada de quien las contempla,
tendremos que aceptar que la discrepancia es un elemento más de enriquecimiento
del propio entender, siempre y cuando estemos abiertos a considerar las
opiniones del otro no como una barricada a derrumbar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario