(Para poner en contexto la primera parte de este post, aquí)
No te quepa la menor duda de que, y precisamente por la
preciosa situación de mano sobre mano en la que estoy, vaya a abandonar la caña
de pescar en este estado tan favorable, además, en que se me ofrece a pedir de boca tanto tiempo
para haraganear entre las ideas. No entiendo del todo lo que me sucede, pero la
realidad ésta, la necesidad de comprender (ya cité en una ocasión a Bernhard
Schlink y su novela El lector; existe una buena versión cinematográfica)
me obliga a aprovechar todas las oportunidades para seguir pescando aquí y allá
en los caladeros de la realidad alguna que otra pieza.
“El crecimiento económico de China no demuestra que el
sistema de partido único sea superior al pluralismo democrático…” Y como tantas
veces, la pregunta: ¿superior a qué? Ni superior ni inferior, acaso, aquello que
mantenía Deng Xiaoping: «No importa que el gato sea blanco o negro; mientras
cace ratones, es un buen gato».
“Una cosa es la influencia de una obra filosófica y otra,
muy distinta, la aplicación de una doctrina desde el poder del Estado…”. ¿Va a
resultar que Marx era “un filósofo” y que nada tenían que ver Marx y Engels con
la profunda transformación económica y social que sufrió el mundo tras la
exposición de su “filosofía”? Nuestro mundo sigue debatiéndose entre la codicia
y el bien general; esa es la realidad única y ante la cual nuestro sistema
económico hace frente idiotizando de una manera u otra al personal. Después de
eso podemos hablar todo lo que queramos, pero la gente, que no es idiota, y a
la que de vez en cuando se le hinchan las pelotas pese a que andamos adormilados
por la vida, caso de la acampada de Sol, con filosofía o sin ella (cuando el
agua le llegue al cuello, o cuando las barbas de tu vecino etcétera…) seguirá
sufriendo las consecuencias de, sí, la filosofía capitalista.
Debate concluido, si quieres, «eppur la Terra si muove!» que
dijera Galileo después de abjurar de su afirmación de que la Tierra se movía.
La realidad es la que es pese a que nos quieran hacer comulgar con ruedas de
molino.
Y sin embargo, diría parodiando a Galileo, seguimos
caminando, Still walking, precisamente la película que vi anoche. La
vida continúa, eso parece ser el mensaje del film (Hirokazu Kore-eda, 2008).
Anduve despistado durante un buen rato. No sucedía nada en especial en el film,
la cámara se mueve en torno a la cocina, un encuentro familiar para conmemorar
la muerte de un hijo pero en la que poco a poco de manera ambigua va
apareciendo la vida interior que recorre a los miembros de una familia. Como
miembro de una familia, como padre, la película me cuestiona. La vida familiar
está hecha de cosas insignificantes que, después de la muerte, en la película, se
convierten en recuerdos enormes; y que antes de ella con el tiempo pueden adquirir
la curiosa consistencia de un tiempo remoto donde las anécdotas de unos y otros
miembros sirven de tema continuado en las conversaciones familiares, pero donde
sin embargo pueden seguir ocultas en estado latente las fricciones que la
convivencia, los desencuentros o el reparto de la tarta del afecto han permeado
hacia el subconsciente de los componentes familiares. Y pese a todo esto, el
afecto refluyendo por los intersticios de la convivencia, obliga a sus
componentes a seguir caminando, seguir queriéndose, seguir viviendo en medio de
las controversias. En esas largas secuencias del principio del film en que uno
se pregunta en qué puedan parar tantos detalles cotidianos y aparentemente nimios,
Kore-eda en realidad utiliza la comida como una forma de amor familiar en donde,
al mismo tiempo, esa misma cocina resulta ser el espacio donde los
resentimientos se hacen presentes.
La madre no dice necesariamente «te quiero»: Cocina. Y
escribo esto y me sonrío porque en mi familia fue un hecho recurrente el que
yo, más bien poco dado a manifestar mi afecto de palabra, digámoslo así, me tropezara
frecuentemente, especialmente con alguno de mis hijos, con la particularidad de
que ellos utilizaran con cierta profusión el “te quiero”, lo que a mí me
pareció siempre un innecesario decir, una sobreabundancia que algo me molestaba.
Me chirriaba por dentro, quizás fuera simple rubor por mi parte, como quien expresa
una verdad muy personal reservada a un espacio más íntimo; me chirriaba por dentro
decía, tener que nombrar lo evidente. Me encontraba en parecida situación a la
de la madre de la película que preparando los platos, sirviendo, insistiendo, recordando
lo que le gusta a cada uno, no está diciendo otra cosa que “te quiero”. Por otra
parte y esto me parece grandioso, la incapacidad del hijo, quizás ese rubor al que
me refería más arriba, para expresar afecto es precisamente una de las formas
en que la película representa el afecto. No le gusta a mi rubor una sociedad que
necesita decir te quiero cuando ese cariño y ese afecto tiene otros medios más efectivos
y reales de transmitir ese “te quiero”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario