lunes, 5 de octubre de 2026

Still walking



(Para poner en contexto la primera parte de este post, aquí)

No te quepa la menor duda de que, y precisamente por la preciosa situación de mano sobre mano en la que estoy, vaya a abandonar la caña de pescar en este estado tan favorable, además, en que  se me ofrece a pedir de boca tanto tiempo para haraganear entre las ideas. No entiendo del todo lo que me sucede, pero la realidad ésta, la necesidad de comprender (ya cité en una ocasión a Bernhard Schlink y su novela El lector; existe una buena versión cinematográfica) me obliga a aprovechar todas las oportunidades para seguir pescando aquí y allá en los caladeros de la realidad alguna que otra pieza.

“El crecimiento económico de China no demuestra que el sistema de partido único sea superior al pluralismo democrático…” Y como tantas veces, la pregunta: ¿superior a qué? Ni superior ni inferior, acaso, aquello que mantenía Deng Xiaoping: «No importa que el gato sea blanco o negro; mientras cace ratones, es un buen gato».

“Una cosa es la influencia de una obra filosófica y otra, muy distinta, la aplicación de una doctrina desde el poder del Estado…”. ¿Va a resultar que Marx era “un filósofo” y que nada tenían que ver Marx y Engels con la profunda transformación económica y social que sufrió el mundo tras la exposición de su “filosofía”? Nuestro mundo sigue debatiéndose entre la codicia y el bien general; esa es la realidad única y ante la cual nuestro sistema económico hace frente idiotizando de una manera u otra al personal. Después de eso podemos hablar todo lo que queramos, pero la gente, que no es idiota, y a la que de vez en cuando se le hinchan las pelotas pese a que andamos adormilados por la vida, caso de la acampada de Sol, con filosofía o sin ella (cuando el agua le llegue al cuello, o cuando las barbas de tu vecino etcétera…) seguirá sufriendo las consecuencias de, sí, la filosofía capitalista.

Debate concluido, si quieres, «eppur la Terra si muove!» que dijera Galileo después de abjurar de su afirmación de que la Tierra se movía. La realidad es la que es pese a que nos quieran hacer comulgar con ruedas de molino.

 

Y sin embargo, diría parodiando a Galileo, seguimos caminando, Still walking, precisamente la película que vi anoche. La vida continúa, eso parece ser el mensaje del film (Hirokazu Kore-eda, 2008). Anduve despistado durante un buen rato. No sucedía nada en especial en el film, la cámara se mueve en torno a la cocina, un encuentro familiar para conmemorar la muerte de un hijo pero en la que poco a poco de manera ambigua va apareciendo la vida interior que recorre a los miembros de una familia. Como miembro de una familia, como padre, la película me cuestiona. La vida familiar está hecha de cosas insignificantes que, después de la muerte, en la película, se convierten en recuerdos enormes; y que antes de ella con el tiempo pueden adquirir la curiosa consistencia de un tiempo remoto donde las anécdotas de unos y otros miembros sirven de tema continuado en las conversaciones familiares, pero donde sin embargo pueden seguir ocultas en estado latente las fricciones que la convivencia, los desencuentros o el reparto de la tarta del afecto han permeado hacia el subconsciente de los componentes familiares. Y pese a todo esto, el afecto refluyendo por los intersticios de la convivencia, obliga a sus componentes a seguir caminando, seguir queriéndose, seguir viviendo en medio de las controversias. En esas largas secuencias del principio del film en que uno se pregunta en qué puedan parar tantos detalles cotidianos y aparentemente nimios, Kore-eda en realidad utiliza la comida como una forma de amor familiar en donde, al mismo tiempo, esa misma cocina resulta ser el espacio donde los resentimientos se hacen presentes.

La madre no dice necesariamente «te quiero»: Cocina. Y escribo esto y me sonrío porque en mi familia fue un hecho recurrente el que yo, más bien poco dado a manifestar mi afecto de palabra, digámoslo así, me tropezara frecuentemente, especialmente con alguno de mis hijos, con la particularidad de que ellos utilizaran con cierta profusión el “te quiero”, lo que a mí me pareció siempre un innecesario decir, una sobreabundancia que algo me molestaba. Me chirriaba por dentro, quizás fuera simple rubor por mi parte, como quien expresa una verdad muy personal reservada a un espacio más íntimo; me chirriaba por dentro decía, tener que nombrar lo evidente. Me encontraba en parecida situación a la de la madre de la película que preparando los platos, sirviendo, insistiendo, recordando lo que le gusta a cada uno, no está diciendo otra cosa que “te quiero”. Por otra parte y esto me parece grandioso, la incapacidad del hijo, quizás ese rubor al que me refería más arriba, para expresar afecto es precisamente una de las formas en que la película representa el afecto. No le gusta a mi rubor una sociedad que necesita decir te quiero cuando ese cariño y ese afecto tiene otros medios más efectivos y reales de transmitir ese “te quiero”.

 

 


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