jueves, 1 de octubre de 2026

Esta tarde, tojunto: buen provecho



Hospital Montepríncipe, 1 de octubre de 2026

El tiempo, sí, ese que estoy encontrando en el hospital mientras mi cuerpo, mi cabeza, mi mente se van haciendo de nuevo a la lectura, la escritura, el cine, la música, a los pajaritos que vienen a comer el pan que les dejo en el alfeizar de la ventana. Tiempo dilatado, apacible, sin obligaciones que cumplir por donde empiezan a correr al margen del motivo que me tiene aquí, un chorro de inquietudes que hace tiempo me habían abandonado. Aquí, la lucha contra los imponderables del mundo que vivimos, aunque desde la comodidad de un sillón, se hace prima hermana del placer de contemplar la realidad, la lluvia en los cristales, te recuerdo Amanda, la calle mojada, la lluvia en el pelo…, la esperanza de encontrarme con autores que tratan de llevar luz a una adocenada sociedad que ha olvidado los criterios universales que llevan a una discreta felicidad y que han sustituido por soeces aspiraciones económicas. Un tojunto que como ese guiso tradicional de Castilla-La Mancha que hace las delicias de los gourmets. Y acaso por extensión la de los que gustan de asomarse a la realidad con cierto sentido crítico.

Tojunto es como en ocasiones se presenta la realidad ante la mente perpleja que trata de comprender, esa profundísima aspiración del ser humano, el mundo en el que transcurre su existencia. En ocasiones del hecho de verse recluido en una habitación durante días, como es mi caso, resulta la posibilidad de, primero, encontrarte en íntima relación contigo mismo, y en segundo lugar con la posibilidad de tropezarte, en este remanso en donde el tiempo se ralentiza, con asuntos humanos y porqués que como en los niños chicos alientan esa innata curiosidad que alimenta nuestras vidas.

Stefan Zweig en La lucha contra el demonio analiza esa situación, habla de Hölderlin, en que el autor absorbido por su trabajo, poesía, música, investigación, ausente de sí en el proceso creativo, pierde contacto con el tiempo y con lo que le rodea. Esa ausencia de la sensación de transcurrir el tiempo parece que viniera a visitarme estos últimos días de hospital en que el día, con no salir apenas de la habitación, se me hace extremadamente corto, algo que tiene que ver con ese tojunto que encabeza mi escritura y que me mantiene ocupado de la mañana hasta la hora de dormir cuando ya me he despachado con una película que tiene mucho, aparte del placer estético, de ese continuo que es repasar, cuestionar, destripar la realidad, vieja afición que ya muchos niños después del día de Reyes ponen en acción destripando sus juguetes para ver qué se esconde dentro de sus mecanismos; que tiene mucho, decía, de solazarse en la complejidad de la realidad con la actitud de aquel que usa la exprimidora para prepararse un zumo de naranja.

Son las cinco de la tarde y llevo todo el día metido de cabeza, sin que apenas note el paso del tiempo, en las fauces de esa ballena que encabeza a mi post de esta mañana y que como me descuide se va a tragar todas las horas de este primero de octubre. Así que voy a pausar esta breve hemorragia de palabras y me voy a ir a subir y bajar escaleras y a darme un paseo por el recinto hospitalario.

 

Algo más de media hora de subir y bajar escaleras, un zumo de naranja traído por una muchachita encantadora. Ahora Sonata para piano no. 5 de Beethoven. El sol entra casi rasante por la ventana de mi habitación. Necesitaría dos vidas, una para vivirla y otra para narrarla. Soy discretamente feliz escuchando esta música de siempre. No soy realmente asiduo a la música ni mucho menos la domino como nuestra entrañable Malela, pero creo que me bastaría un no muy abundante repertorio para en momentos importantes de la vida reconciliarme con el mundo a través de la música. Esta tarde me produce un placer infinito escuchar esta conocida sonata. Podré recordar esta tarde como un momento en que fui feliz escuchando una sonata de Beethoven. Ta, Tarara ra… el violín tañendo al ritmo suave y ondulante de una barquichuela balanceándose entre las olas. Desde la lejana audición de mi primera música con mi abuelo Arsenio, ese reducido repertorio que él tenía encerrado en antiguos discos de vinilo, La urraca ladrona, la Sexta Sinfonía de Beethoven, arias de Verdi, Brahms, los coros de Nabucco, mi repertorio ha aumentado, pero tampoco excesivamente. Soy asiduo a Bach, Couperin, a Liszt, a Händel y a unos pocos más, pero reconozco que necesito un especial estado de ánimo para convertirme en una esponja.

En vez de Tojunto podría haber titulado este post como aquel librito de Julio Cortazar, La vuelta al día en ochenta mundos, que no es tal pero que cerrando los ojos en este tiempo sin tiempo que es la tarde permite trasladarme a cualquier lugar de la geografía y las ideas.


2 comentarios:

  1. Lo del "tojunto" me ha llamado especialmente la atención. Quizá porque, salvando las distancias, me recuerda a algo que vengo planteando desde hace mucho tiempo: la necesidad de que progresismo y conservadurismo entierren su grosera relación a cara de perro e intenten convivir y regularse mutuamente dentro de la democracia, evitando así que nuevas fuerzas políticas muy peligrosas usurpen el lugar que ellas ocupan, de lo que serían, sin lugar a dudas, ambas responsables. Esta sería una regulación sin que ninguna de las dos posiciones pretenda convertirse en la explicación completa de la realidad.
    No sé si tu "tojunto" va por ahí o si le das otro sentido, pero prefiero señalar la coincidencia antes que dejarla en una intuición que pueda dar lugar a equívocos.

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    1. Sí, algo de eso me rondaba por la cabeza, sólo que la posible síntesis entre esas dos posturas necesitaría una revolución en un mundo gaseado por aquellos que llevan las riendas del mundo. Necesitaríamos miles de acampadas como las de Sol para atender a aquella pancarta de los tiempos del 15M que rezaba: "Estamos dormidos y despertamos".
      No sé si conoces el libro que citaba, creo, ayer, de Mark Fisher. Días atrás El País incluía un artículo que encabezaba asi: "Por qué la IA más potente del mundo está obsesionada con Mark Fisher, el filósofo anticapitalista más influyente del siglo". Una contribución más para resolver ese planteamiento que haces en tu comentario.
      Acabo de subir un post que roza este planteamiento a partir de la película "El indomable Will Hunting", que lo hace precisamente no desde el plano de las concepciones ideológicas que tú bien expresas, sino del puro sentir personal. Salir de las marras del sistema que nos ahoga y pretende decirnos que no hay otras opciones, para atender al corazón. La película termina dando el protagonista la espalda a un porvenir "brillantisimo" para largarse con su chica. En los caminos de la vida existen muchas "atractivas" trampas. Will logra al fin soltearlas con la ayuda de un psiquiatra (Robert Williams).

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