viernes, 2 de octubre de 2026

Tengo que ver a una chica… El indomable Will Hunting



Hospital Montepríncipe, 2 de octubre de 2026

La película es una hipótesis de trabajo bastante poco creíble, pero funciona de parecida manera a como funciona en Shakespeare la ingenuidad de Otelo o la condena de Cordelia por el rey Lear. Una hipérbole que nos vuelve a poner, como en Mi obra maestra, entre la utilidad monetaria, científica, o cualséase otra, en este caso, y la gratuidad de los actos humanos y los afectos. Buena película que navega entre los entresijos de una sociedad que descansa sobre supuestos falsos contaminados por el prestigio, el poder o el dinero.

Will, el protagonista, es un joven de excepcional capacidad intelectual que es captado por un catedrático con la intención de hacer de él una celebridad académica capaz de superar a cualquier otro aventajado investigador del momento. Will es un joven salido de un entorno social y económico bajo que en cierto modo desprecia ese statu quo de una clase social de la que se siente lejano. La complejidad del film, altamente recomendable, no puede expresarse en unas pocas líneas. Tras un largo debate en que un psiquiatra de reconocida nombradía logra empatizar con Will, éste finalmente llega a la conclusión de que no le interesa la investigación ni los oropeles derivados de ésta y decide dejar atrás este mundo universitario para ir en busca de su chica. Una larga secuencia en la que vemos alejarse su automóvil camino de California da por terminado el film. Una escena similar daba por acabada la película en Umberto D días atrás con el protagonista alejándose mientras el perrito hacía cabriolas.

La felicidad estaba en otra parte. Aplaudido descubrimiento que en el laberinto de las pasiones y deseos humanos tan difícil es de comprender.

Molestan en el film los típicos personajes listillos, el pretendído desparpajo tan presente en la filmografia norteamericana última de los jovencitos recién salidos del cascarón, esa chulería que tantas veces vemos en el cine de aquel país, pero bueno, se entiende que siendo pan de cada día por aquellos lares puede ser una marca de ese pueblo que da productos bañados por la mentalidad de la suficiencia, esa idiosincrasia norteamericana a que tan acostumbrados nos tiene Hollywood. Soberbia de baja estofa que parece ser una dominante de la sociedad norteamericana. Esa arrogancia en el trato con el resto de la humanidad, EE. UU. versus Irán, Cuba, Venezuela, tantos países que son tratados como serviles criados de los intereses norteamericanos. Me pregunto si sociológicamente no cabría extrapolar estos comportamientos que tantas veces vemos sin más, chulería monda y lironda, en personas como ese estúpido aspirante a emperador que otros tantos estúpidos votantes han convertido en inquilino de la Casa Blanca; extrapolar esos comportamientos, decía, a una buena parte de la sociedad de ese país. A veces tengo la impresión de que la chulería, la soberbia, el engreimiento forman parte de la idiosincrasia de E.E.U.U.; y cuento, para no faltar a la verdad, con que viajé no hace mucho algo más de dos meses por Alaska y Canadá y puedo asegurar que nos encontramos gente amable por todos los lados. Nunca observé en aquellos ciudadanos ese desparpajo chulo que nos transmite cierto cine de allá y parte de su clase política. Tengo para mí que desde Hirosima y Nagasaki los norteamericanos han asumido que ellos son no sólo los árbitros del mundo sino también los detentores del poder. Miremos si no al payaso de Trump y a sus megalomanías, un retrato que probablemente asume una parte considerable de la población de aquel país.

Se cumple en la película ese dicho de que no sólo de pan vive el hombre. Will, tan joven, necesita de la humanidad de un inteligente psiquiatra con el que termina amistándose, para ir superando el sarampión de la suficiencia que le ha sobrevenido con su capacidad intelectual; necesita trascender sus conocimientos, tan prolijos, para encontrar las razones de esa vida que existe al margen del saber, del prestigio y las convenciones corrientes del mundo en que vive. El duro y complejo encuentro entre el psiquiatra, interpretado por Robin Williams, con el que  Will establece una relación especialmente importante, poco a poco consigue de Will que éste deje de esconderse detrás de su inteligencia y se enfrente a su propia vida.

Desde el automóvil alejándose en la distancia yo podría imaginarle sonriendo para sí y pensando, a la puta mierda este mundo de imbéciles y sus aspiraciones, para enseguida cambiar de registro y pasar una buena parte del viaje pensando en su chica.

 

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