“Qué te
hace tan fuerte. Se quedó pensativo. El deseo dijo. El deseo de vida”.
El sol acaba de dejar sobre la estantería de mis libros su último grito agónico, una mancha de rojo fuego ha encendido la cabaña por unos pocos segundos y enseguida se ha extinguido. Escucho La Pasión según San Mateo de Bach. Una lejana reminiscencia brota en mi memoria. Pirineos. Llevaba caminando un mes desde el golfo de Vizcaya y la música llegaba a mi alma de solitario con una suerte de honda emoción. Ahora recreo aquella circunstancia.
Acabo de terminar el libro de Anne Carson, La belleza del marido. “¿Qué te hace tan fuerte…? El deseo de vida”, afirman los versos de Carson. Cristo ha muerto entre las montañas del Pirineo y su muerte penetra la voluntad del caminante. La muerte cruza con su guadaña el plano alto de una película de Bergman, juega al ajedrez con Antonius Block, el personaje de Max von Sydow mientras allá abajo el espeso bosque de la Garrotxa se va cubriendo con las sombras del crepúsculo. Frente al tablero de ajedrez el deseo se enfrenta a la muerte. No hay dramatismo en el alma del caminante, sólo la profunda y afilada sensación de la vida que corre por sus entrañas penetraba su ánimo.
Y llega la noche y la hora del cine y decido hacer un paréntesis con Kore-eda y elijo Amal, que me recomendó ayer Santiago. La presentación que se hace en su app RTVE dice textualmente: “Amal, profesora, anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y la libertad de expresión”. Me admiro de que al responsable encargado de este breve texto no se le haya caído la cara de vergüenza haciendo este falso resumen. El tema real de la película no tiene absolutamente nada que ver con la pasión por la lectura, que parece ser el gancho con que se quiere atraer al posible espectador, sino el fanatismo, la libertad de expresión y el valor de defender las propias convicciones frente a la presión del entorno. Aquí se impondrían dos reflexiones diferentes, la que apunta a la manipulación del posible lector con falsas pistas y por otra parte a la reflexión sobre la propia película.
Al margen de ambas lo primero que me llamo la atención en la película es la visión que se da de una clase de alumnos de los últimos cursos de secundaria, algo que ya atrajo mi interés en una película reciente que no terminé de ver, Another Round, donde una clase de instituto era una exhibición de chulería y de comportarse como si los alumnos estuvieran en la barra de un bar (menos en la de hoy). Sólo constatar el vértigo que me da pensar en que pudiera tocarme a mí dar una clase en situaciones similares.
La reflexión que corresponde al fundamentalismo, me la ahorro por sobradamente conocida; sólo pensar en ello y cómo se representa en la película, me produce dolor de cabeza. Tomar en una película o en una obra de teatro, como hace Shakespeare en Lear u Otelo, a los malos como extremadamente malísimos, siempre fue un recurso argumental que aseguraba un excelente fondo dramático. El término que define esta situación es catarsis, es decir la purificación o liberación emocional que experimenta el espectador contemplando ciertas películas u obras de teatro; éste contempla un sufrimiento que no está viviendo en su propia carne, pero que le permite experimentar intensamente parecidas emociones. En el film, la indignación que sufrimos viviendo el fanatismo de unos fundamentalistas surge de una disposición y un concepto de la injusticia y la realidad que en nuestra cultura ha ido evolucionando desde el primitivismo de pasados siglos hasta una situación general en la que el sentido de la convivencia y el respeto por las ideas de los demás han permeando en el corpus social. A la sociedad le cuesta horrores cambiar de registro e ir encontrando a lo largo del tiempo un entorno de respeto y entendimiento. En ello se está todavía, por ejemplo, con el feminismo. Y no está tan lejos el hecho de que el color de la piel supusiera un elemento de discriminación. En esa tesitura de lucha y agiornamento se sitúa Amal. Blancos contra negros, fundamentalistas contra la libertad, hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, ricos y acaudalados contra la gente corriente, capitalismo contra socialismo.
De momento en la película no hay síntesis que valga, el director nos niega ese final feliz que todos deseamos. Fílmicamente es un acierto la muerte de la protagonista que intenta con todas sus fuerzas conciliar ideas, pero a la que el guionista, en un golpe inesperado, hace morir en manos del fanatismo. Algo se ha hecho a lo largo de la película, pero todavía es insuficiente porque el fanatismo y su capacidad se destrucción siguen latente en la sociedad. Y me despido recordando como jóvenes de la extrema derecha irrumpieron violentamente días atrás en la acampada se Sol, un dato más de cómo el cuerpo social engendra en sus entrañas enfermedades irreconciliables con la convivencia y la libertad.

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