El Chorrillo, 28 de octubre de 2026
Aunque nos muramos y esas cosas y seamos eso, una chispa en la historia del universo, la verdad es que la cosa está bien, habrá sido bonito pasar sobre la historia de este planeta y haber vivido codo con codo un ratito entre los otros sapiens, las plantas, el aire, los pájaros. Si hubiera un lugar desde donde recordar el pasado, de cuando éramos esa miaja de polvo sobre un pedazo de tierra que gira eternamente en un hueco del Universo y pudiéramos sentarnos abrazados sobre las rodillas contemplando el lejano pasado de nuestras vidas, creo que lo que me surgiría sería una sonrisa de gusto, especialmente por no haber hecho el idiota. Sí, lo que tengo en memoria es aquella afirmación de Neruda cuando le dio por escribir el libro de su vida. ¡Qué pena!, ¿verdad? Llegar a un día semejante y descubrir que en la única oportunidad que te han dado para vivir te has comportado como un solemne idiota.
Vino Victoria a la cabaña, eran las once de la mañana, pensando que lo mismo me había dado un patatús, pero no, estaba simplemente mirando a las musarañas, que es una de las actividades humanas más gratas y provechosa. Y qué pena, sí; pienso en el desperdicio de vida en tantos empeños, fuegos de artificio, en que se embarcan algunos porque teniendo unas narices excesivamente grandes no les alcanzan los ojos para ver un poco más allá. Pobrecitos ellos que ni siquiera serán merecedores de un trocito de satisfacción cuando miren en retrospectiva sus inútiles y estúpidas huellas sobre el perejil. Algunos, más tontos no pueden ser, se consolarán diciendo que les quiten lo bailao mientras miran el desierto que tienen a sus espaldas. Demasiado sádicos aquellos, incluido el Jesús de Nazaret, que destinaban al fuego eterno a aquellos que habían confundido en vida el culo con las témporas.
Bienvenido al desierto de lo real es un libro de Žižek que toma la frase para explorar qué ocurre cuando la realidad irrumpe y hace añicos las imágenes tranquilizadoras con las que la sustituimos. Esa realidad que empiezas a barruntar nada más morirte y que como en algunos personajes de Kore-eda en After life, no encuentras más que el detritus de tus aspiraciones económicas y de poder.
Pero bueno, que todavía no nos hemos muertos, que lo único que sucede es que de tanto en tanto uno se despierte lúcido, no digo se levante, que cuando eso sucede se me corta la leche, y que por tanto hay que aprovechar esos momentos de lucidez antes de que desaparezcan por los imbornales de la actividad mañanera. Y no existe mejor manera para ello que contemplar la vida en perspectiva, que es como se debe contemplar un bosque, nunca metido entre los árboles. Y yo, aunque todavía no me he muerto, a Dios gracias, esta mañana me desperté con esa idea de Kore-eda de muerto estando vivo y con ello trato de hacer un post, que es una de las cosas de este periodo de entre salud y salud, que Dios me oiga, de la que más saco provecho últimamente.
Para Žižek el hombre sucker es el pardillo, el ingenuo, el que cree en la neutralidad del mercado, de los medios o de la democracia formal; es el hombre que vive protegido en una burbuja de bienestar. Entre el hombre sucker y el lumpenbourgeoisie (con que Zizet denomina a los oligarcas contemporáneos) bailamos el tango de la existencia los que ni siendo lo uno ni lo otro tratamos de comprender qué coño es esto de la vida y en qué consiste. Y para obrar en consecuencia de lo que esa vida sea. Y es en ese punto en donde tantas veces recalan mis reflexiones con las que como buen ciego trato de orientarme de manera similar a cómo éste tienta la realidad en la que se mueve con la punta de su bastón. Existe una paradoja de origen indio en donde varios ciegos intentan averiguar cómo es un elefante palpándolo. Uno toca un lateral y cree que es una pared; otro agarra la trompa y piensa que es una serpiente; otro palpa una pata y la compara con el tronco de un árbol. Todos están convencidos de que conocen el animal. Algo así sucede con la realidad donde una persona cuya vida gira exclusivamente en torno al dinero puede llegar a interpretar toda la realidad desde esa perspectiva; algo parecido sucedería con el poder y con muchas de nuestras pasiones. Volveríamos a aquella consideración de que los árboles no nos dejan ver el bosque.
Al final de todo se me ocurre que mejor que esperar a morirnos para poder ver nuestras vidas en toda su perspectiva, sería que nos quitáramos la venda de los ojos y que en vida hiciéramos un continuado ejercicio de comprensión que pusiera en contexto nuestras creencias, por la película de anoche, Amal; nuestro modo de entender la vida, Un asunto de familia; nuestro débito con los otros, Nebraska; nuestra relación con el planeta, Wall-E (que querría ver esta noche).
La una del mediodía. Hora de levantarse.

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