Hospital HM Puerta del Sur, 27 de octubre de 2026
Me pregunto por cuales pueden ser las razones de la retracción generalizada que se observa, por ejemplo, en las redes sociales y en las conversaciones en general a entrar en materia y acercarse a los asuntos desde un punto de vista que no sea anodino. Es una pregunta que me hago con frecuencia cuando encontrándome frente a temas de interés que considero importantes para nuestra comprensión del mundo, nuestras relaciones o el tinglado económico y social en el que estamos metidos, porque pareciéndome lo más lógico del mundo, lo que me encuentro sin embargo es una sistemática huida de los posibles interlocutores ante la complejidad de los razonamientos y los posibles porqués que la realidad nos pone por delante. Atacar, evitar, dejar de lado, perseguir todo lo que no sea anodino y mediocre pareciera que fuera una consigna generalizada a la orden del día.
Por supuesto que usamos con abundancia el like o su
contrario, afirmamos o negamos, optamos
por esto o lo otro, pero ¿cuántos entran al trapo de los asuntos de una
discusión medianamente sería? El reduccionismo de la realidad a los patrones generalizados
de una consigna, un razonamiento simple, un socorrido tópico de izquierdas o
derechas parece ser el corsé en que vivimos metidos, sea porque las redes
funcionan desde la simplicidad marcada por los límites expresivos del sistema, las
pocas palabras que permite el Twitter, sea porque ir más allá de una afirmación
y algunas pocas consideraciones requieren de un ánimo del que no disponemos,
sea porque, sospecho, mucho del contenido de las redes sociales obedecen a
llenar unos huecos en un tiempo personal en que nos resistimos a hacer el
esfuerzo de razonar cuando aquello va más allá de las barricadas que nos impone
la pereza. Es claro que abierta queda la sencilla opción de la curiosidad, el
entretenimiento o el asomarse al balcón de la corrala para intercambiar
chascarrillos o conversar sobre el tiempo con los vecinos, no faltaría más.
Creo que es razonable en esta situación pensar que la pereza
manda, que pensar cuesta un huevo y que por tanto mejor que piensen otros por
nosotros. Probablemente era, ¡ay, mi memoria!, en Guerra y paz donde
Tolstoi expone en el primer capítulo una situación esclarecedora de esto que
trato de decir. Leí la novela hace tantísimos años que sólo puedo citar a
bulto. Se describen reuniones social en que el tema esencial de las
conversaciones es la política del momento. Todos hablan como descosidos, dan si
opinión, rebaten a estos y aquellos. En alguno de esos días, no recuerdo las
circunstancias, dejan de aparecer los periódicos. A partir de entonces todas
esas acalorada discusiones desaparecen y quedan sustituidas por la más ramplona
de las conversaciones. ¿Qué ha sucedido? Es muy sencillo, sin la autoridad de
los periodistas no hay cáscaras, si los presentes no han tenido la oportunidad
de leer por la mañana la prensa no hay argumentos que valgan. Aquella sociedad,
poco habituada a pensar por sí misma, necesitaba el apoyo de la prensa para tener
opiniones.
Llevado esto a nuestros días ¿Qué significado puede tener
que la pobreza de las redes sociales como elemento de comunicación sea tan lamentable?
Sí, altamente asertiva, me gusta, no me gusta, pero escasamente discursiva,
¿por qué? ¿Miedo a que los demás sepan lo que pensamos, pereza, las tomamos
como un simple entretenimiento, en cuyo caso estas podrían ser sustituidas
perfectamente por el juego de la oca o el parchís?
La liviandad que buscamos en nuestras relaciones, en nuestro
deseo de expresarnos, contradice aquella cosa vieja que debió de inaugurarse
allá por los tiempos en que se inventó el fuego y que serviría a los primeros
pobladores de la Tierra para charlar sobre sus cosas alrededor del fuego (la
réplica actual de nuestras redes sociales) y para desarrollar facultades que
hoy, a no más tardar, dado el solipsismo a que invitan las redes terminarán
dejándonos en manos de “los otros”.
Doy por supuesto que cuando más arriba me refiero a las
redes sociales es sólo un ejemplo más del modo en cómo nos relacionamos la
mayoría de los sapiens en nuestros días, repito, la mayoría. Que unos
desarrollen una capacidad mayor para expresarse o para analizar una situación
no exculpa a la generalidad, creo, de etcétera…
El antiguo público de antes, escribe Ficher, ha sido
reemplazado por el consumidor, consumidor del Facebook, de Twitter, de
opiniones ajenas. Al consumidor, arrinconado en su comodidad sólo le quedan dedos
para los likes y poco más. El camino de la menor resistencia se abre
ante nosotros como una trampa que crea hábitos y nos reduce a simples consumidores.
¡Coño!, que no me da la gana opinar, que no quiero… Y usted
tendrá toda la razón del mundo, que cada uno hace con sus pensamientos y sus opiniones
lo que le da la real gana. ¡Y viva la Pepa!... se entienda que en el mejor
sentido. Lo que en aquellos tiempos servía para darle un puntapié en el trasero
a Fernando VII en pos de la libertad, sírvanos hoy para festejar el que cada cual
pueda expresar, o dejar de hacerlo, sus opiniones cuando y como le dé la gana.

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