3/09/2026
Estoy en el hospital. Miro a un niño chico en los brazos de su padre y la evidencia de traer un hijo al mundo se me presenta en este momento como un milagro difícil de comprender. Eso de que las pequeñas cosas de la vida cotidiana por el hecho de tenerlas delante haga que perdamos parte de nuestra perplejidad; lo extraordinario se hace cosa corriente y nos sentimos en el mundo como si todo fuera pan comido. Estas reflexiones me vienen a la cabeza mientras en el hospital espero que me llamen para la consulta del anestesista.
Quizás vivir la perplejidad ante lo que nos rodea sería un esfuerzo excesivo para nuestro cerebro, de ahí que la automatización de nuestras sensaciones, atendiendo al principio de menor gasto de energía, haga que lo extraordinario pase casi inadvertido a nuestra percepción corriente. Si tuviéramos que procesar cada pequeño encuentro con la realidad, lo mismo nuestro cerebro echaba humo. De ahí a la tendencia a pasar al automatismo va un paso. El menor gasto de energía física o mental, parece que sea un procedimiento que usa la naturaleza para ahorrar combustible. Combustible entre comillas porque efectivamente en el contexto en que lo percibo esta mañana puede perfectamente referirse a la energía que necesita el hecho de pensar. El automatismo es, en cierto sentido, la economía energética del cerebro, y pensar deliberadamente supone interrumpir esa economía, por eso pensar de verdad puede resultar cansado porque exige mantener durante un tiempo la incertidumbre, la atención y varias posibilidades abiertas.
Bonito panorama el que se me presenta mientras espero la visita al anestesista. Me digo que si el anestesista fuera un hombre curioso de estas cosas lo mismo podríamos después de la consulta tomarnos una cerveza en el bar de la esquina y seguir dándole a la manivela del organillo. Si yo hubiera llevado al anestesista sólo el informe del urólogo sin los precedentes de mi complejo historial clínico reciente, el asunto se habría ventilado como la última vez, en unos pocos minutos, pero no, la consulta fue larga. En este caso la automatización quedó a un lado para pasar a una larga reflexión y análisis de datos.
La realidad a la que tantas veces nos acercamos con un precipitado automatismo, entre otras cosas porque conducir con el piloto automático consume menos energía mental. Los automatismos no son necesariamente malos. De hecho, serían imprescindibles, sería demasié si tuviéramos que tener el cerebro en todo momento a ciento cuarenta por hora. Seguro que alguna biela terminaría saliéndose por un costado del cárter. La cuestión que se plantearía sería si somos capaces de salir del automático cuando la situación lo requiere. Y ahí, en el ocio de la espera de mi consulta, es precisamente donde yo he encontrado esta mañana la posibilidad de pensar, el pequeño intervalo entre el estímulo, ese niño, y el interrogante de su venida al mundo es, donde saliendo de la rutina del automatismo, encontró mi yo un nuevo elemento para pensar el mundo.
Podría ahora irme por peteneras y sacar algún tipo de conclusión sociológica que llevara la necesidad o no del esfuerzo de pensar al ámbito de las estadísticas, intentando colegir de ello la repercusión que los datos recogidos por ella puede tener en el ámbito político o en el de la simple vida cotidiana de los sapiens de este planeta.
Los sistemas tienden a buscar una solución que requiera el menor gasto posible para conseguir un resultado, algo que es muy útil en tantas ocasiones a fin de minimizar esfuerzos. Si tuviéramos que decidir constantemente cada detalle de nuestra vida, cómo sonarte los mocos o limpiarte el culo, seguro que nuestro cerebro terminaría por explotar saturado por tanto curro. Simone Weil en La gravedad y la gracia, en donde desarrolla la idea de la gravedad psicológica, plantea que tendemos a actuar según las fuerzas que nos dominan, la pereza, los deseos, el orgullo, el miedo o nuestras costumbres y en donde pensar sería introducir una interrupción en esa tendencia. Un punto en donde Weil introduce uno de sus conceptos principales, la atención, que sería para ella suspender el pensamiento para dejarlo vacío y disponible para nuestro pensar. Me pregunto, ¿es ese niño que observaba esta mañana el objeto de que se sirve mi atención para aproximarse a una comprensión más clara de la realidad?
Posteriormente, ya en el autobús, otro bebé llama mi atención. Inquieto mira aquí o allá desde su jaula mosquitera de carrito de bebé. Es tan chico que me lo imagino intentando organizar lo que percibe, quizás dándole sentido. Lo mismo que hago yo esta misma mañana. Y en este momento el autobús dobla hacia la calle de Alcalá y pasamos junto al complejo de la iglesia de San Manuel y San Benito que un día me propongo visitar. Su estilo neobizantino y sus torres recordando a los campaniles italianos, de repente han entrado en el campo de mi interés al punto que me digo que debería dedicar algún día a ver iglesias en Madrid. No son tiempos ya de creencias religiosas, pero tal como esta mañana ha despertado mi atención a partir de ese criajo del hospital lo mismo vuelvo a alimentarla apareciendo por alguno de los templos de Madrid. La curiosidad, un asunto que me tiene algo preocupado porque la echo mucho de menos. Creo que en general necesitamos abandonar bastante el automatismo con el que usamos de nuestra percepción para encontrarnos, como ese niño pequeño del autobús, con el mundo y sus problemas con una mirada menos cansada.
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