1/09/2026
Ni apunto yo tan alto ni estoy preparado para ello (contesto al comentario de Enrique al post Incertidumbre); vaya ello por delante para que no se malinterprete lo que escribo. Si hubiera querido leer a Heisenberg probablemente no habría entendido casi nada. Creo que no se me concedieron suficientes talentos para ello. De ahí que me sorprenda con frecuencia a mí mismo ejerciendo el atrevimiento de escribir mucho de lo que escribo. La cita de Pamuk que dice que nuestro deseo en realidad es pintar/escribir algo que conocemos del todo, sino algo desconocido y en penumbra, ilustra acaso el sentido de alguno de mis posts. Y moverse en ese ámbito, por mucho que tenga de exploración, genera incertidumbre, incertidumbre entendida a pie de calle. La incertidumbre de quien se mueve en la oscuridad y apunta con el extremo de su bastón de ciego aquí o allá en una habitación, aquí o allá de la realidad que vive. A mí a veces se me cuelan certezas en el cerebro y me digo que tanto católicos como hindúes o mahometanos viven en la inopia y confunden sus deseos personales de pervivencia con hipotéticos dioses; cosas de niños chicos que durante toda la vida sueñan con un caballo de cartón. Eso o que prefieren vivir en la inopia, calentitos junto al radiador en invierno y a la vera de un ventilador en verano.
Pero que se me cuelen cerezas (jaja… mira por donde mis dedos… Y casi por casualidad, me viene a la memoria aquella película, El sabor de las cerezas (Kiarostami). Aquel hombre que no encuentra sentido a la vida y coge una soga, se va al campo, se sube a un cerezo con la intención evidente de dar por terminada su vida, y estando arriba se da de narices con unas cerezas; las prueba, ¡están deliciosas! Así pasa un rato desayunándose cereza tras cereza hasta que llega un momento en que se pregunta qué hace allí. Recoge entonces unas cuantas cerezas más, se echa la soga al hombro, baja del árbol y se dirige satisfecho a su casa); que se me cuelen certezas, quería decir, no implica un alto grado de seguridad, de certeza, por mi parte, especialmente cuando miro el mundo en que vivo, no las leyes físicas evidentemente, sino los derroteros que toma la sociedad en general, cuando contemplo qué mueve el mundo, qué mueve al señor Elon Musk o al payaso de Trump y me pregunto pa qué. ¿Quiénes son los imbéciles, ellos, yo? ¿Quién tiene la verdad? Por fuerza la incertidumbre me visita, no puede ser que tantos, tantos y tan importantes sean todos ellos unos memos de narices, imbéciles sin remedio. Y entonces me entra la duda, ¿no seré yo, un listillo más entre tantos, el que esté equivocado? ¿Incertidumbre, falsa humildad por no decir que aquí el que tiene razón es un servidor?
No sé si muchas de las grandes personalidades políticas o económicas, por ejemplo, de nuestro mundo son unos auténticos gilipollas que han nacido ayer mismo y no se enteran de que se van a morir mañana o pasado mañana o si realmente son unos genios cuyo cerebro trastocado les convierte en iluminados a los que un simple mortal le es imposible comprender. La verdad no es patrimonio de nadie en concreto, pero sí merecería la pena esbozar qué en una filosofía de la vida produce bienestar, estar a gusto con uno mismo, con los demás, con los gatos que corretean por la casa, ante la perspectiva de que el camino termina entre el perejil.
Como se ve mi pensamiento científico es totalmente nulo, más, casi todo eso que descubrimos, la alta tecnología, en definitiva en definitiva se me parece con frecuencia un puro entretenimiento. Y quizás, y esto sí es importante, llegado el caso, como fue el mío hace unos meses, ante la incertidumbre de que mi corazón colapsara, ¿en qué queda el mundo y sus bondades? Sí, evidentemente para mí –y para todo bicho viviente de este planeta– que soy/somos en definitiva la razón de ser tanto de nuestra existencia como la del entero universo.
El atrevimiento de juntar palabras y tener además la desfachatez de subirlas a la pizarra de lo público. Divertimento no más, acaso, le diría al amigo Muñiz…
Una urraca pasea por el césped frente a mi ventana, estirada, como señorita de postín mira a un lado a otro como quien camina por una pasarela de moda. No es frecuente, pero sí, ella también es una visitadora del comedero de los pájaros frente a mi ventana. Escribir, contemplar la mañana, dar de comer a los pájaros y ahora mismo, allá voy, arreglar un asunto de cables en la parcela, así que me voy al tajo. Gracias, Enrique, por tu comentario.

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