lunes, 26 de diciembre de 2022

¿Nos vemos…?

 

Atardecer en Peñalara


El Chorrillo, 27 de diciembre de 2022

 

En una ocasión Laure me tiró en las redes la indirecta de que era poco sociable, aunque añadía muy amablemente, para mitigar el aserto, un pero diciendo que no obstante era buena persona. Me encantó aquello, que consideraba una ironía, porque veía lo fácil que es confundir el que le guste a uno la soledad con la insociabilidad. Me he acordado de esto porque anoche al calor de una larga y agradable jornada familiar después de las restricciones de reunión en las últimas navidades por la pandemia, se me ocurrió que teniendo tantos amigos repartidos por el espacio cibernético, que es como si estuvieran en la luna o en la Antártida, porque parece que nunca fuera a ser posible estrechar un abrazo o encontrarse para tomar una cerveza o hincar el diente a un asado junto a la barbacoa; parece, digo, para echar abajo esta suposición, que a lo mejor un día nos poníamos unos cuantos de acuerdo y hasta éramos capaces de celebrar la amistad o nuestras afecciones montanas porque descubrimos que a fin de cuentas para vernos no vamos a necesitar de ningún cohete espacial, que hasta con una bicicleta podríamos acercarnos a un lugar de encuentro. Vamos, que pese a las palabras de Laure, puestos a reunirnos para comer y a derrochar una larga charla o lo que de tercie, a ser social en sus palabras, con amigos, incluso con aquellos a los que no conozco más que por esos intercambios de comentarios y megustas, dispuestísimo me encontraría.

De hecho ayer hasta escribí unas líneas para proponer una cosa así a algunos amigos, nota que cuando me desperté a la mañana siguiente no me atreví a mandar. ¿Rubor? ¿Quizás porque no me pareciera conveniente? No lo sé.

El pasado invierno, ya entrada la tarde preparaba yo mi vivac en la cumbre de Peñalara cuando repentinamente vi aparecer por la embocadura de una de las canales heladas a un hombre solitario que armado de piolet y crampones superaba las últimas pendientes que llevan a la cima. Su nombre era J. Charlamos un poco, me permitió hacerle unas fotos a contraluz de un crepúsculo bañado en oro, hablamos sobre unas lentejas que le estaba esperando en su casa de Galapagar y que si no marchaba pronto se le iban a enfriar, nos extendimos sobre un par de cosas más y después, visto y no visto, desapareció camino de Dos hermanas. Hoy, después de un año volví a encontrármele en la corrala del Feisbuk. No frecuenta la red pero ahí estaba recordándome aquella ocasión, aquellos minutos en que dos personas desconocidas, pero cuya afición por la montaña, la aventura y la atracción que ejerce un atardecer por las alturas, se encuentran y sin más pueden pegar la hebra en torno a lo divino o lo humano y encontrarse realmente bien ovillados al calor de una conversación. Ya se sabe que los caminos del Señor son inescrutables, pero estas cosas suceden y pena sería desperdiciarlas, y peor aún cuando la relación a través de las redes a veces se hace continuada.

¿Por qué será que hay ocasiones en que coincides con alguien desconocido y a los pocos minutos estás seguro de que va a ser una ocasión perdida si no prolongas de algún modo el encuentro, su posibilidad posterior?

Ni de coña quiero perorar sobre las bondades de esto o lo otro, porque es obvio que en todo quisqui existe esa tendencia a celebrar la vida o la amistad en compañía de los otros. Sólo que da la impresión de que no fuera sencillo descender desde el mundo virtual al mundo físico, es decir abandonar por una vez la vía del megusta y del comentario precipitado para encontrarse frente a frente como en otros tiempos con las personas con las que compartes un saco de aficiones, gustos, amistad, esas cosas.

Esta noche después de leer el mensaje de J y recordar aquel rato frente al atardecer en la cumbre de Peñalara, volví a acordarme de aquella nota que deseché ayer. No, no la voy a mandar, pero en su lugar voy a lanzar desde aquí el mensaje, mensaje implícito en estas líneas, lo voy a depositar dentro de una botella y lo voy a echar a las aguas marinas del Feisbuk. Si alguno recoge el mensaje y a vuelta de correo hay respuestas quizás ese asado, esas cervezas y ese reencuentro fuera de la virtualidad pueda tener lugar.

Afinidades y simpatías comunes bien merecen una oportunidad

Al agua va… 


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