| Atardecer en Peñalara |
El Chorrillo, 27 de diciembre de 2022
En una
ocasión Laure me tiró en las redes la indirecta de que era poco sociable,
aunque añadía muy amablemente, para mitigar el aserto, un pero diciendo que no
obstante era buena persona. Me encantó aquello, que consideraba una ironía, porque
veía lo fácil que es confundir el que le guste a uno la soledad con la
insociabilidad. Me he acordado de esto porque anoche al calor de una larga y
agradable jornada familiar después de las restricciones de reunión en las
últimas navidades por la pandemia, se me ocurrió que teniendo tantos amigos
repartidos por el espacio cibernético, que es como si estuvieran en la luna o
en
De
hecho ayer hasta escribí unas líneas para proponer una cosa así a algunos
amigos, nota que cuando me desperté a la mañana siguiente no me atreví a
mandar. ¿Rubor? ¿Quizás porque no me pareciera conveniente? No lo sé.
El
pasado invierno, ya entrada la tarde preparaba yo mi vivac en la cumbre de
Peñalara cuando repentinamente vi aparecer por la embocadura de una de las
canales heladas a un hombre solitario que armado de piolet y crampones superaba
las últimas pendientes que llevan a la cima. Su nombre era J. Charlamos un
poco, me permitió hacerle unas fotos a contraluz de un crepúsculo bañado en
oro, hablamos sobre unas lentejas que le estaba esperando en su casa de
Galapagar y que si no marchaba pronto se le iban a enfriar, nos extendimos
sobre un par de cosas más y después, visto y no visto, desapareció camino de Dos
hermanas. Hoy, después de un año volví a encontrármele en la corrala del
Feisbuk. No frecuenta la red pero ahí estaba recordándome aquella ocasión,
aquellos minutos en que dos personas desconocidas, pero cuya afición por la
montaña, la aventura y la atracción que ejerce un atardecer por las alturas,
se encuentran y sin más pueden pegar la hebra en torno a lo divino o lo humano y
encontrarse realmente bien ovillados al calor de una conversación. Ya se sabe
que los caminos del Señor son inescrutables, pero estas cosas suceden y pena
sería desperdiciarlas, y peor aún cuando la relación a través de las redes a
veces se hace continuada.
¿Por
qué será que hay ocasiones en que coincides con alguien desconocido y a los pocos
minutos estás seguro de que va a ser una ocasión perdida si no prolongas de
algún modo el encuentro, su posibilidad posterior?
Ni de
coña quiero perorar sobre las bondades de esto o lo otro, porque es obvio que en
todo quisqui existe esa tendencia a celebrar la vida o la amistad en compañía
de los otros. Sólo que da la impresión de que no fuera sencillo descender desde
el mundo virtual al mundo físico, es decir abandonar por una vez la vía del
megusta y del comentario precipitado para encontrarse frente a frente como en
otros tiempos con las personas con las que compartes un saco de aficiones,
gustos, amistad, esas cosas.
Esta
noche después de leer el mensaje de J y recordar aquel rato frente al atardecer
en la cumbre de Peñalara, volví a acordarme de aquella nota que deseché ayer.
No, no la voy a mandar, pero en su lugar voy a lanzar desde aquí el mensaje,
mensaje implícito en estas líneas, lo voy a depositar dentro de una botella y
lo voy a echar a las aguas marinas del Feisbuk. Si alguno recoge el mensaje y a
vuelta de correo hay respuestas quizás ese asado, esas cervezas y ese reencuentro
fuera de la virtualidad pueda tener lugar.
Afinidades
y simpatías comunes bien merecen una oportunidad
Al agua
va…
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