| Alguno de mis antiguos alumnos abriéndose paso en los rudimentos de la Literatura |
El Chorrillo, 24 de diciembre de 2022
La una
de la mañana. Baja Victoria a la cabaña un rato para sentarse junto al fuego de
la chimenea y la escucho hablarme entusiasmada de la ópera que acaba de ver, Norma,
de Bellini y me da cierta envidia ese entusiasmo con el que se asoma desde hace tantos años a la ópera.
La he acompañado algunas veces, pero sólo en raras ocasiones he llegado a
alcanzar ese placer que encuentro en ella. Recuerdo aquellos años jóvenes que
relata Bergman en La linterna mágica, cuando un grupo de adeptos a la
ópera se reunían en torno a viejos discos de vinilo para hacer de una tarde o
una noche un círculo encantado en donde Wagner, Verdi, Mozart, Puccini,
ocupaban los sentidos sedientos de aquellos jóvenes.
También
nosotros tuvimos algunos momentos muy especiales, una noche en San José, en
Costa Rica escuchando de rodillas Tosca, de Puccini desde un palco abarrotado,
u otra noche en el Real con Carmen o con El anillo del nibelungo,
pero por ahí me quedé, y de eso hace muchos años. Ahora los entusiasmos me
vienen en diferido y se me ocurre pensar que son tantas las opciones que
tenemos, tanto que oír, que ver, que degustar, que experimentar y sentir que
por fuerza terminamos siendo presa de una sensación que habla de nuestra
tremenda limitación. Hoy, un amigo al que he regalado una copia digital de mi
biblioteca, cerca de ochenta mil títulos, me decía que necesitaría 1500 años de
vida para leérsela por entero. Si a esos 1500 años le añadimos el tiempo que
dedicar a la música, al cine, a las pequeñas pasiones y sueños que uno lleva
consigo, probablemente necesitaríamos otros mil quinientos años. Con tres mil
años de vida ya podríamos estar un poco al tanto de lo que ha producido de
hermoso el hombre desde los tiempos de Altamira y Lascaux.
Así
las cosas, cuando contemplo hacia donde se dirigen las miradas de una mayoría
de lectores, esos miles y miles de libros actuales que salen a la calle cada
día, siempre me asalta ese curioso interrogante que quisiera saber la razón de
tal elección. Incluso pienso en los que puedan leer este humilde blog. A todos
se les podría preguntar, oye, ¿pero por qué pierdes el tiempo en estas
paparruchas cuando tienes ahí a la vuelta de la esquina miles de libros de una
calidad infinitamente mayor? ¿Por qué leemos tantos libros de esos que pueblan
las novedades de las librerías? Para defenderse de esta posibilidad
Schopenhauer decía no leer ningún libro que
hubiera sido publicado después de los últimos cincuenta años. Probablemente
exageraba porque en medio siglo algún libro de extremo valor habría, pero
también era cierto que los libros con muchos años tras de sí han pasado ya por
el filtro selectivo que va dejando en el anonimato las obras de menor calidad y
especialmente ese rastro de novedades que hace que tan difícil sea encontrar
entre ellas esa pepita de oro que todos buscamos.
Yo
necesito tener a mano siempre libros como El canon occidental, de Harold
Bloom o Costas Extrañas, de Coetzee
para elegir las más de mis lecturas de tiempos anteriores al presente escenario
editorial, una tarea que creo imprescindible para usar de mi tiempo lo mejor
que pueda. También están las opiniones y experiencias de amigos o referencias
en revistas o en la prensa, que uso de tanto en tanto, pero me sucede con
frecuencia que, salido de la lectura de algún libro de publicación reciente,
cuando vuelvo a tomar en mis manos algo de la literatura canónica, ahora Roa
Bastos, alguna tragedia griega, un Tristan Shandi, releo alguna obra de
Shakespeare, Cervantes, los clásicos rusos, la literatura francesa del siglo
XIX, o la mejor literatura inglesa de las dos últimas centurias, la impresión
que tengo es de haber estado perdiendo el tiempo anteriormente.
Si no
se trata de una carrera por estar al día en lo que sale al mercado del libro,
sino de elegir aquello que más va a suscitar nuestro placer ¿a qué dedicar
tanto tiempo a las novedades de los últimos años? Quizás si tuviéramos a
nuestra disposición esos tres mil años de vida de que hablaba más arriba
pudiera contemplarse la cosa de diferente modo.
Mi
resignación a no entrar en el mundo de la ópera y que me quede tan sólo con lo
más selecto de ellas, con una colección de arias, con algunos cantantes y obras
específicas, se ve a veces quebrada por el deseo de Victoria de que escuchemos
algo juntos, momentos en que acaso en mí resucita mi sensibilidad musical, pero
el resto es ese carril familiar por el que circula la vida de uno, las rutinas
establecidas de los gustos personales que, al disponer de un tiempo limitado,
termina por escoger un modus vivendi en donde se arraciman unas pocas
aficiones, alguna pequeña pasión, una música, un cine específico. “Lo otro”,
con ser todo lo interesante que se quiera no hay manera de meterlo ni en los
hábitos ni en las ganas de uno. La idea me recuerda al trabajo que me cuesta
meter mi saco de dormir de invierno en su bolsa. Por mucho que quisiera meter algo
más, unos guantes, unos patucos, todo el esfuerzo sería imposible. Mi cabeza se
parece mucho a esa bolsa del saco de dormir, de ahí esa necesidad de
seleccionar los estímulos a la medida de mi capacidad.
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| En la pequeñez de mi cabaña, mis mejores compañeros de viaje. |

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