El Chorrillo, madrugada del 3 de noviembre de 2026
Sí, quizás habría que encontrar otros modos de expresión. Retrato de otra época, la primera vez que fuimos a China, Argentina, la huerta estos días, tantos viajes, tantos caminos y montañas. Expresar la vida. El sabor de las cerezas. Cerca de las tres de la madrugada. Acabo de terminar de ver El cuento de la princesa Kaguya. Cuando el Chromecast deja se emitir la película está programado para presentar diapositivas de una larga colección de fotografías, retratos, viajes por todo el mundo, montañas, caminos. Confieso que he vivido. Siempre esa necesidad a flor de piel. La princesa Kaguya nace de un brote de caña de bambú, ama lo que le rodea, sus amigos, las flores, los cerezos en flor, pero cuando crece su belleza la pierde, la corte, el prestigio, la pretendida boda con grandes señores, con el emperador, cuando lo que ella desea es esa vida sencilla entre los campesinos. Errores comunes…
Esta tarde leí durante un rato a Lobo Antunes, hoy parecida historia, soliloquio como de aquella novela corta que escribí, Invierno, la vida fluyendo no como una corriente salvaje, aquel libro memorable de Henry Roth, más bien con la lentitud de aguas que se acercan al estuario. Aquel, el otro, libro o historia o recuerdo que constantemente acuden a la memoria recordando que la vida es eso, fluir de sensaciones, recuerdos, deseos, la gracia de ese sol que entra por la ventana del otoño a calentar mi cuerpo.
No sé quien monologa en el relato de Antunes; es lo mismo, apenas me entero de lo que sucede en la novela, pero ya digo, es lo mismo, es el fluir de la existencia lo que me interesa, como si estuviera sentado a la orilla de un gran río y ensimismado en el fluir de la corriente fueras ajeno a lo demás. Sucedía ayer en la película que vi de madrugada, Poesía; sucedía también en Starker la película de Tarkovsy donde fluye una pequeña corriente de agua poco profunda mostrando objetos sumergidos, monedas, una jeringuilla, un arma, hojas de calendario… una secuencia enigmática y hermosa que ha sobrevivido en mi memoria al resto del argumento. La imagen del río manriqueño es un universal fijado en la mente cultural como hombres.
Leo: “faldas ajustadas pantalones que realcen su sensualidad”. Conocido es el motivo, pero quién suponemos que es el destinatario. Los distintos significados en el abanico que va desde la exposición más provocativa hasta la supresión de la importancia que pueda tener el otro, pasando por los motivos puramente estéticos que llevan a vestir de determinada manera.
Debe ser que mi tanto tiempo libre ha encontrado en esto de poder pensar la realidad un estímulo permanentemente satisfactorio, ya que cualquier cosa que en un lector corriente podría llamar la atención y como mucho invitarle a subrayar, se convierte en esta noche en objeto que termina volcándose sobre el papel en blanco, una cosa más pálida que la simple reflexión y que te obliga a seguir un hilo argumental que difícilmente es posible cuando entra en la liviandad del circuito del pensamiento.
Estoy deseando volver a levantarme a las seis de la mañana, a mis ejercicios, a despertar mi cuerpo mientras el alba levanta del campo, pero no puedo.
Ahora, más tarde, aparece Luanda en la novela de Lobo Antunes y abro el Google Maps para situar la ciudad, y descubro que esa parte de África no la conozco, que entre Senegal y Namibia mi historial viajero está en blanco, que debería conocer sin embargo si en un viaje a Tombuctú no hubiera cogido una de esas enfermedades tropicales, cuando pretendíamos, no sin temor, viajar hasta Johannesburgo. Sentado ahora en la comodidad de un otoño templado echo de menos no haber llegado a conocer otros muchos más rincones de este planeta. No, ya no hay tiempo; sin embargo sentado esta tarde frente al atardecer era grato pensar que aunque brevemente sí me ha llegado el tiempo de la jubilación para conocer la mayoría de los países del mundo. El tiempo de la vida es limitado. El conocimiento no nace sólo de los libros, me refiero al conocimiento interior, el que se alimenta del contacto con la gente y su cultura, esa suerte de certeza que dan los años, que también te dan los largos viajes por el mundo; el haber vivido codo con codo con gentes de tantas latitudes parece que te impregnase de una empatía natural, de un estar en el mundo como si lo fueras en tu propia casa. Países que visitaste en el pasado, Ucrania, Rusia, Israel, Irán, Estados Unidos o Cuba y que ahora son epicentros de dolor, hablo de las personas, y que por ello están cerca de mi ánimo; nada que ver con los fríos cálculos de la economía y la política.
Alimentar los deseos, me digo viendo pasar sobre la pantalla encima del hueco donde languidece el fuego de la noche diapositivas de más de una década. Ahora aparezco en una de ellas en algún collado de los Alpes sonriente, feliz por esa libertad que proporciona a mi alma de solitario las largas jornadas de caminar por las montañas. Las fotografías pasan aleatoriamente de un lugar a otro del mundo y del tiempo. Y me siento bien. Esta mañana me desperté pesaroso pero me repuse a lo largo del día. Ahora me da pereza marcharme a la cama. Me quedaría aquí hasta el amanecer escribiendo lo que me viniera a la mente mientras sobre la pantalla desfilan una tras otra imágenes del mundo.
Me quedaría, pero creo que me voy a la cama. Buenas noches.

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