El Chorrillo, 6 de noviembre de 2026
Valor sentimental (Joachim Trier, 2025). Hace un par de días que vi la
película pero en mi memoria había desaparecido su argumento. Lo busqué, claro,
era eso… Algo hondo que he experimentado muchas veces y que visto desde fuera
puede llegar a confundirse con la indiferencia. Valor sentimental: Un
prestigioso director de cine regresa a la vida de sus dos hijas después
de muchos años de distanciamiento. Tras la muerte de su exmujer, pretende rodar
un film inspirado en la dolorosa historia de su familia y quiere que su hija
Nora, actriz de teatro, protagonice el film. Nora rechaza en un principio la
petición del padre.
Ambas hijas tienen la percepción de un padre despreocupado
de su familia. Su dedicación al cine ha dejado grandes lagunas en la relación
con sus hijas, algo que ellas acusan en su juventud como una visión egoísta de
un padre centrado exclusivamente en su pasión por el cine y que empuja a Nora a
declinar la participación como protagonista en la película que le ofrece su
padre cuando este le muestra el guión, y que se niega incluso a leer. Será su
hermana Agnes, quien después de haberlo leído convence a su hermana para que también
lo haga. El argumento resulta no ser otro que el relato de su propia vida
familiar y la confesión a ultranzas del fervor del padre por sus hijas y por su
familia, un amor que no fue capaz de expresar durante tantos años y que ya de
mayor explota en él irreprimible a través del guión de la película.
Nora al fin comprende a su padre. Se reconcilia con él y
accede a participar en el film. La fuerza del cariño, latente en tantas
ocasiones en el corazón de la gente, que ya expresaba días atrás citando un
libro de Penac y que mantenía que nunca sabremos hasta qué punto podemos estar
cada uno de nosotros en el sentimiento de los otros, reaparece aquí como un
homenaje a lo no dicho, al rubor, a la timidez si se quiere. Y además, es que
existen tantos modos diferentes de querer a alguien. El protagonista de la
película lo expresa construyendo un emotivo guión, otros lo hacen simplemente
con los ojos, con un pequeño gesto. Los amantes efusivos no tienen la patente
del cariño por los otros.
Las emociones. El mundo de las pasiones, los amores, los odios o el de la
simple expresión de la carroña que algunos llevan dentro es un inagotable
universo que ha llenado desde siempre la literatura y el cine. Si disfrutamos
de los libros o de las buenas películas es porque ellas nos transportan a
vivencias y experiencias más allá de nuestra propia realidad. Sentirte Otelo,
Yago, Lear o Julieta nos pone dentro de la piel de otras vidas con las que
convivimos a lo largo de la representación. En Valor sentimental hacemos
de Nora y nos sentimos confundidos por la actitud de un padre ególatra y
despegado de su familia, y poco rato después, cuando el nudo de los porqués y
los acontecimientos van rodando de secuencia en secuencia, estaremos metidos
dentro del personaje del padre y unas escenas más adelante en la hija Nora, que
comprendiendo ahora al padre producirá en nosotros una suerte de catarsis
liberadora mediante la cual el espectador parece liberarse de una presión
interior que en la película se manifiesta en un reencuentro con un afecto y un
cariño que parecían desterrados del entorno familiar hasta el mismo momento en
que las hijas llegan a comprender al padre.
Vamos ahora con la carroña. Hace un par de días me tropecé con el
encabezamiento de un artículo de El País que me llamó la atención por la
pujanza y concatenación de algunos adjetivos dirigidos a nuestra carroñera
derecha política. Ello me hizo pensar en el modo en que la hez de este país
alienta a sus borregos y a la gente de su calaña recurriendo a las emociones
elementales que corren por el alma de los humanos, un amplísimo abanico en
donde cabe lo mejor y lo peor del hombre. En mi último post hablaba del amor,
ese concepto que Sánchez ha introducido en la campaña electoral. Cabría hablar
a su vez del odio, el lema que enarbola la extrema derecha contra todos los que
no sean ellos mismos. El valor de las emociones parecen tenerlo muy en cuenta
los diseñadores de las campañas electorales tanto de derechas como de
izquierdas. Me voy a dar el gusto de citar las primeras palabras del artículo
de Antonio Gutiérrez Vergara a raíz de Óscar Puente que aparecía ayer en
El País: “El paroxismo contagioso de la carroña derechista ha obnubilado mentes
a derecha e izquierda, a opinadores e incluso a los sindicatos. Pese a su mala
fama, la fauna carroñera contribuye al equilibrio del ecosistema engullendo
despojos. Los humanos que se ceban destrozando a otros de su especie esparcen
la podredumbre e intoxican a cuantos compartimos la sociedad donde
coexistimos”. Valga decir que las emociones tanto pueden surgir de un gol
esperado como fabricadas expresamente para alimentar lo bueno y lo peor que
todos llevamos dentro. En este caso amor frente a carroña. Y digo yo que en esté
mundo tan revuelto en donde tántos no separan las narices del teléfono en todo
el día a la búsqueda de un yo succionado por los excesos de información y por
las voces de creadores de opinión ¿quiénes serán capaces de acudir con la mente
fría a las próximas elecciones tras este barrunto emocional que alimentan la
campaña en curso? ¿Quiénes serán capaces, estarán preparados más allá de las
emociones, para distinguir los gatos de las liebres, los que están contigo de
los que están contra ti?
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