jueves, 1 de octubre de 2026

¿No hay alternativa a la voracidad de las "ballenas"?

 


Hospital Montepríncipe, 1 de octubre de 2026

Interesantísimo lo que planteas, Enrique Muñiz, esta mañana. Por partes. Empiezo por el final.

La vida es muy corta y cuando se murió mi madre de cáncer en nuestra casa, Victoria y yo reflexionamos largamente sobre estas cosas. A dos años de mi jubilación (tenía la posibilidad de hacerlo a los 60 o a los 65 años) elegimos vivir con menos ingresos. Y no esperé siquiera a los 60. A los 58 solicité dos años de permiso sin sueldo con la disculpa de cuidar a mi padre, que no lo necesitaba, y Victoria y yo nos fuimos de viaje por el mundo durante 6 meses. A la vuelta ella se reintegró al trabajo y un poco más tarde yo me marché a vagar por Asia otro medio año. Cuando llegó el verano y sus vacaciones ella se reunió conmigo en Sudáfrica.

Mi confrontación con la realidad de la escuela, algún choque con los inspectores que no gustaban de mi pedagogía tan distinta al uso, motivaron, entre otras cosas, que saliera pitando de la escuela para saciar otras necesidades que me apremiaban, la aventura, el gitaneo por el ancho mundo.

Se juntaron unas cosas con otras y ahí entró en juego tu interrogante del penúltimo párrafo.

Te cuento una anécdota. En mi clase, tercero de EGB, había montado, con la contribución de los padres, era el año 86 u 87, un tiempo en que un pequeño ordenador, Spectrum, empezó a comercializarse, había montado un pequeño centro informático. Los viernes jugábamos al ajedrez con un equipo que había conseguido de la Federación, muchos tableros y un panel magnético junto a la pizarra. Otro dato: tenía cerca de cincuenta alumnos. Reuní a los padres y ellos armaron la marimorena en la Inspección. Días después el inspector llamó a las puertas de mi aula. Fue una reunión larga. La conclusión: que él podía instalarme a mí y a los alumnos, si lo que quería era una ratio adecuada, en los pasillos del colegio. Un chulo, vamos. Un mes después se desdobló la clase y me quedé con veintitantos. No le volví a ver hasta un mes más tarde. Se presentó en el aula un viernes en que yo estaba jugando al ajedrez una simultánea con todos mis alumnos. Hizo de tripas corazón y él mismo jugó con mis alumnos. A partir de entonces cada vez que aparecía por el colegio subía a mi aula y charlábamos un rato. Al final del curso elaboré un libro con los mejores textos de mis alumnos. El señor Muñiz, así se apellidaba el inspector :-) se interesó tanto por mis clases y procedimientos que al final del curso me pidió que le vendiera uno. Digamos que la burocracia terminó rindiéndose a la evidencia de que cabía una esperanza para una escuela progresista.

“Entramado de protocolos”, escribes, desidia, ningún interés por contribuir al enriquecimiento y educación de los alumnos. La inspección una puta mierda. La escuela ya empezaba a entrar entonces en unos niveles de burocratización que absorbía las pocas ganas que en un profesorado mayor y cansado, en mi colegio, dejaba disponible para sus alumnos.

Ayer empecé un interesante libro que habla de estas cosas (Realismo capitalista, ¿no hay alternativa? Mark Fisher). Fisher observa que la escuela y la universidad han ido incorporando una lógica empresarial: el alumno se convierte en cliente, el profesor en proveedor de un servicio y el conocimiento en una mercancía que debe producir resultados medibles. Lo interesante es que, para él, el problema no es solamente que se introduzcan determinadas técnicas de gestión, sino que cambia la propia manera de imaginar qué significa educar. Valga decir, la educación le importa un pimiento al sistema, lo que el capitalismo busca es eficiencia y una competencia que mantenga sus beneficios lo más altos posibles. Es decir los gilipollas de mierda que controlan el sistema jamás se van a enterar de que se van a morir y que la vida es algo más que intentar que el dinero te salga por las orejas. Y volviendo a la educación, que sería el único medio de atajar esta distopía haciendo consciente al individuo de su humanidad y su derecho a hacer de la vida un entorno de ricas experiencias, de auténticas vivencias personales, lo que nos encontramos en el sistema actual es un entramado desde que nacemos hasta que terminamos nuestra vida laboral en el que se busca a través de la educación esa sumisión al destino de que hablaba hace días citando a Unamuno. Sumisión al destino, sumisión al sistema capitalista que pretende hacer de nosotros no personas sino recursos materiales con que engordar su estúpida y desaforada rapacidad.

La lógica capitalista tiende a exigir que todo tenga una utilidad reconocible de antemano: competencia, rendimiento, resultados.

La crítica de Fisher pone sobre la mesa este interrogante: ¿qué ocurre con la educación cuando desaparece la posibilidad de pensar que el conocimiento pueda tener un valor distinto de su utilidad económica?

Ese sistema protocolario exigente al que te refieres en tu comentario es como las fauces de la ballena. Se traga todo lo que encuentra en su camino. Su sistema digestivo se encarga posteriormente de nutrir todas las terminales, en nuestro caso, del sistema capitalista.

Triste historia de sometimiento que ha conseguido que introyectemos como única salida posible esta manera de organizar la sociedad y su economía.

 


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