Hospital San Francisco de Asís, 15 de octubre de 2026
Bueno, pues sucede que como se suele ver con frecuencia en
este blog la vida, con todos los altibajos que se quiera, demasiados en
ocasiones, termina siendo hermosa cuando la mirada, suave como el vuelo de la paloma, se tiende sobre la gente
que nos rodea con la disposición de quien está a gusto en la vida, pues eso, a mal
tiempo buena cara. Escribo desde la cama del hospital, que abandonaré mañana por
la mañana para irme definitivamente a casa.
Existen ocasiones en que sobran motivos para estar
agradecido a la gente que te rodea, enfermeras, cirujanos, la simple señora que
te sirve la cena. Yo tengo que acusarme con frecuencia de estar enfadado con el
mundo; no es que sea injusto, es que las posibilidades del lenguaje para intentar
no generalizar son limitadas, tendríamos que poner en nuestras afirmaciones tal
grado de matices y excepciones que harían excesivamente largo nuestro discurso.
Y sí, vivimos unos tiempos en que si vas más allá de las pocas palabras del
Twitter, no te lee ni Dios. El camino termina entre el perejil, como dice aquel
adagio oriental, así que nada de prisas parece ser la consecuencia; pero aquí
en Occidente las cosas no funcionan así, aquí el camino es una carrera de
marica el último para llegar a no se sabe dónde porque no tenemos tiempo para preguntárnoslo
ni para buscar la respuesta adecuada.
Es el caso que ralentizándose la vida como se me ralentiza
últimamente a la espera de que mi cuerpo pueda normalizarse totalmente, siento,
por ejemplo, un rebrote de mi empatía hacia la gente que me rodea, no sólo aquí,
sino también en la calle y en los transportes públicos, que no siendo nada
común en mí, me anima a salir de mi aislamiento y echar una mirada menos
crítica a lo que me rodea. Y por cierto no olvido a los amigos de las redes
sociales con los que, alegría me ha dado, me he vuelto a encontrar desde hace unos
días.
Los tímidos y solitarios con nuestras pequeñas extravagancias
podemos crear malentendidos a nuestro alrededor con nuestra aparente distancia,
sin embargo es un hecho que la distancia no es tal. Lo noto yo especialmente esta
temporada en que aislado por razones de enfermedad o por un ánimo poco propicio,
cuando de algún modo termino por acercarme a los otros, amigos, conocidos, me encuentro
con un calorcito humano que me reconforta.
Hoy antes de ir al hospital quise pasarme por Sol. Quizás eso
tenga que ver también con mi estado de ánimo. Sentirte junto a la gente, aunque
sea esta vez de un modo tan de espectador, te hace sentir esa realidad de que el
mundo no es una pura mierda. La solidaridad de la gente actúa sobre el ánimo como
los catalizadores en las reacciones químicas. La acampada de Sol actúa por tanto
cómo catalizador de agrupamiento de voluntades. No creó la solidaridad, que ya
estaba ahí, escondida en tantas personas, sin encontrar el modo de
manifestarse. Lo que hizo fue activar esa solidaridad latente, ponerla en
contacto consigo misma, permitir que quienes se sentían solos descubrieran que
no lo estaban. Y parece una paradoja que sintiéndonos tan pesimistas en este mundo
en donde la voracidad del sistema económico la llegamos a introyectar hasta el punto
de hacernos pensar que no existe ninguna otra alternativa, el resurgir desde las
entrañas de la sociedad esta acampada y las manifestaciones que la acompañan, nos
parezca un milagro.
Desde mi propia situación personal la acampada de Sol cabría
compararla con ese mi propio “descubrimiento” que me proporcionaba hoy la gente
con la que me cruzaba. Sentado plácidamente en el metro miraba enfrente; me encontré
con un hombre que tenía una sonrisa que le ocupaba toda la cara. No, no miraba ningún
teléfono. Seguramente estaba del todo metido en la amabilidad de un recuerdo. Sin
embargo no paraba ahí el espectáculo porque a nuestra derecha teníamos sentada a
una joven cuya sonrisa leyendo lo que que aparecía en la app del guasap era tan
encantadora, tan de una persona tan enteramente feliz que era capaz de contagiar
su felicidad a los que la estábamos contemplando. Su felicidad la dejaba fuera de
sí en la entera compañía de la experiencia que estaba viviendo.
Encantador encontrarte en un simple y rutinario viaje del metro
con esa pizca de felicidad que rezuman otras personas. Placeres hay en la vida que
me vuelven a recordar algunas secuencias de la película que vi ayer, After Life,
en que a personas fallecidas, tras la muerte les piden que expresen el momento
más dichoso de su vida. El resultado iluminaba realidades del hombre que en trato
diario acaso pasarían inadvertidas, asuntos de una sencillez que sin embargo quedan
grabados en el alma que se sincera como hechos, como sucedía en la película, para
pasar toda la eternidad reviviéndolos. En
el film el resto de los recuerdos quedan borrados para siempre. Sí, El dios de
las pequeñas cosas (Arundhati Roy). Quizás fuera ese dios precisamente el que
me ha estado visitando durante todo el día, incluido ese de las pequeñas bromas
que he cruzado con el urólogo esta tarde tras la operación.

Me alegra verte tan bien (y joven!) ycon ganas de escribir
ResponderEliminarBuenos días. Gracias, Marga. Esta mañana me voy para casa.
EliminarTe deseo una pronta recuperación y, que éste sea el fin de un capítulo para olvidar y para comenzar una nueva etapa de felicidad. Un abrazo que te cure.
ResponderEliminarGracias, Marga. Nos vemos
EliminarMucha suerte y mucho cuidado en escalar esta montaña de tu salud. Y gracias por volver a compartir con nosotros tus vivencias en tu blog. Estas "pequeñas cosas" nos iluminan a todos.
ResponderEliminarGracias, Teresa, a ver cuando me da el ánimo y la salud para haceros una visita, a vosotros y así esas hermosas montañas junto a las que habéis construido vuestro hogar.
EliminarAlberto te deseo una buena vuelta a la salud física, la mental la mantienes y me alegra esta reflexión de reivindicación sobre la felicidad cotidiana, que junto a la amabilidad y la esperanza siempre he considerado como profundamente revolucionarias.
ResponderEliminarGracias, Pedro. No soy de las personas, como decías, que haya puesto todos los huevos en la misma cesta, pero temor me da que no pueda retomar mis antiguos "vicio" montanos. Si ves a Eduardo salúdale de mi parte. He intercambiado algún mail con él, pero no quiero ser pesado. Le tengo mucho cariño y es tan mayor...
EliminarMucha suerte en el posoperatorio.
ResponderEliminarGracias, Enrique
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