Hospital Montepríncipe, 11 de septiembre de 2026
Un delicioso sol de invierno entra por los ventanales de mi
habitación de hospital. Buen acompañamiento para mi ánimo. Estoy a pleno sol. Me
he puesto una toalla de sombrero y cuando entra alguna enfermera le digo, mira,
hoy estoy en Benidorm. Quizá no sea más que eso: ponerse una toalla en la
cabeza y decidir que, por un momento, aquello no es un hospital sino Benidorm.
Algo parecido a lo que aprendí leyendo El Principito: que las cosas no
siempre son lo que parecen, y que a veces basta con mirarlas de otra manera. Algo
que hoy me sucede desde que me desperté.
Quizás, pienso, echando mano de esta magnífica herramienta
que es la escritura, lo mismo arreglo una parte de mi vida echándole paciencia.
Hace un momento han entrado a buscarme una vía nueva para el antibiótico y viendo al estudiante tanteándome el brazo
buscando una vena, me ha salido decirles que cuánto tiempo empleamos en la vida en aprender; prácticamente toda la
vida, me contesta Irene, la enfermera que me atiende de día. Y qué verdad es.
En ello estaba hace un rato cuando tomando nota de mi transición emocional de
hoy, en que parece que mi ser interior empezaba a pactar con mi cuerpo actual, que
empezaba a comprender no yo, sino ese ser interior que rige los destinos de las
personas, lo necesario que es que definitivamente empiece a sustituir mis expectativas
de futuro, caminatas, viajes y demás. La aceptación no es rendición, me digo (qué
remedio); es cambiar la estrategia para construir con “lo que va quedando”, más
o menos como aquel violinista que mencioné alguna vez que habiéndosele roto una
cuerda durante la ejecución de un concierto, manda parar a la orquesta para que
el director vuelva a comenzar el movimiento interrumpido. Termina el concierto
con una cuerda menos. Cuando finaliza el mismo, se dirige al público y dice más
o menos que como la vida misma, hay que seguir tocando con lo que va quedando.
A ello el auditorio, todo en pie, irrumpe con una ovación. Ahora mismito en mi
teléfono acabo de ver un aviso de mi amigo Carlos Soria, el mejor ejemplo que
conozco de ese “seguir tocando con lo que va quedando”. Voy a ver qué dice.
Copio su guasap (con tu permiso, Carlos), porque es lo más oportuno que podía
haberme llegado a las manos en este momento: ¡Grande Carlos! ¡Qué gran ejemplo
el suyo a los 86 años! Aquí el texto: “Alberto, hay que seguir empujando el
carro, creo que lo necesitamos, creo que es mucho mejor empujarlo junto a un
amigo , pero seguir empujando, si es necesario haciendo más descansos pero
SEGUIR EMPUJANDO, es mucho más agradable en compañía de un buen amigo, pero
cada vez es más difícil, pero SEGUIR EMPUJANDO es absolutamente necesario para
sentirnos vivos, somos gente dura que ha vivido siempre luchando por ser
felices y hacer lo que más nos gusta, los años nos aprietan, pero YA APRENDIMOS
A defendernos. Un fuerte abrazo”. Y necesariamente tengo que hacer una pausa en
mi relato para volver a elogiar su persona y lo que su fuerza aporta a mi ánimo.
Escribí docenas de veces sobre Carlos desde ya hace tiempos. Un buen escritor
debería recoger su historia personal, pero no tanto sus tantas escalada en todo
el mundo; debería intentar meterse dentro de él y buscar en los recovecos de su
alma el desarrollo de sus pasiones, la fuerza, su profunda conexión con la
Naturaleza y especialmente con las montañas, alguien que supiera indagar en el
interior de su espíritu para tratar de encontrar los mecanismos que mueven su
voluntad, cosas que probablemente él desconoce, cosas que suceden cuando uno no
es que tenga precisamente pasiones, sino que son las pasiones las que como
lapas se agarran al alma y lo llevan a uno mucho más allá de lo concebible.
En fin, continuemos con el asunto comenzando. Estaba con el
verbo “aprender”. ¿Y sí, quién lo diría?, lo mucho que todavía tiene uno que
aprender después de tánto bregar por la vida. Transcurrió un buen rato desde
que comencé la escritura y ahora un delicioso sol de otoño entra por la ventana.
Seguro que ya lo he dicho, pero no importa. No sólo me vienen a la cabeza las
ideas, también las sensaciones andan por aquí envolviendo mi ánimo, el sol, la
habitación, en esta ocasión una verdadera suite, el recuerdo de mi hermana, del
doctor Ramos, un hombre joven empático y
competente, de Victoria, la cercanía de mis hijos; todo ello me envuelve como
una acogedora nube de calor en pleno invierno.
El haberme sobrepuesto esta mañana al desánimo ha insuflado
en mi una suerte de fuerza que reforzada por el recuerdo de las personas que
quiero, el personal que me atiende, el amigo Carlos y el agradable entorno del
hospital, están haciendo de esta jornada un bendito hito en mi camino. Las
expectativas de quirófano no son halagüeñas debido a una reciente arritmia,
pero esta iniciada adaptación está actuando sobre mí como un balsámico. Esa
flexibilidad que estoy recuperando hacia lo que se me viene encima, responde de
alguna manera a esa necesidad que invoca Carlos, Victoria, mi familia o el amigo
Enrique Muñiz, que se mueven también en sus comentarios en esa línea, de asumir
las circunstancias sin bajar la guardia. Gracias especiales a todos ellos debo dar
porque siendo un servidor un cabezota me está costando bastante digerir la situación.
En fin, se hace camino al andar.
ResponderEliminarNo hay necesariamente una decisión que tomar entre aceptación y rebeldía. A determinada altura de la vida, los hechos dejan de ser una anomalía contra la que haya que posicionarse y pasan a formar parte, sencillamente, de la realidad que nos corresponde vivir.
A punto de cumplir ocho décadas, las pérdidas de capacidad, los cambios físicos, las limitaciones o la modificación de las expectativas no son una derrota que haya que aceptar ni una adversidad contra la que rebelarse. Son hechos que se incorporan a la propia biografía, porque el tiempo consumido forma parte de ella. La importancia de los acontecimientos que configuran nuestra vida está en proporción directa con el consumo de la misma: cuanta más hemos consumido, menos sentido tiene interpretar cada cambio en nuestras posibilidades como una ruptura con la etapa anterior.
Podemos haber tenido una existencia extraordinariamente intensa o aparentemente modesta; haber viajado, escalado montañas, creado una familia, escrito libros o, simplemente, trabajado y cuidado de los nuestros. Sin embargo, llegado este punto, el balance no establece una jerarquía entre las personas. Cada cual ha tomado sus decisiones con las circunstancias, conocimientos, deseos y oportunidades que tuvo. Tras casi ochenta años, todos somos, esencialmente, personas mayores que hemos llegado hasta donde nos ha sido posible.
Ya estaba escrito en el libro de instrucciones de nuestra vida: envejecer no es un acontecimiento excepcional que nos haya sobrevenido por sorpresa, sino una de las premisas fundamentales de la obra que empezamos a leer el día que nacimos. Lo excepcional no es envejecer; lo excepcional es haber llegado hasta aquí. Si miramos atrás, veremos la cantidad de amigos que se han quedado en el camino.
No hay nada que aceptar, sino un hecho que constatar: hemos consumido aproximadamente ocho décadas y seguimos con el libro abierto por una página que muchos de los que conocimos no pudieron alcanzar. Esto simplemente introduce una proporción: lo que nos ocurre ahora es una parte de la historia, no la trama entera.
El verdadero patrimonio que hay que preservar a estas alturas tal vez no sea la capacidad de hacer, sino la de comprender. Las montañas que ya no podamos subir, los kilómetros que no caminemos, los viajes descartados e incluso las expectativas que desaparezcan son pérdidas reales. Sin embargo, mientras se pueda pensar por uno mismo, entender lo que sucede, hacerse preguntas, distinguir entre una cosa y otra y tomar decisiones propias, se conserva lo esencial de la autonomía. Quizá una de las últimas enseñanzas del tiempo sea esta: el cuerpo va perdiendo posibilidades antes de que la inteligencia tenga necesariamente que perderlas. Las limitaciones físicas pueden obligarnos a cambiar de camino, pero perder el gobierno intelectual de nuestra vida sería algo muy distinto.
A casi ocho décadas, la verdadera fortuna tal vez no sea poder hacer todo aquello que hicimos, sino seguir mirando lo que nos ocurre con nuestros propios ojos y pensando con nuestra propia cabeza. Y entonces sí: haber llegado hasta aquí es excepcional. Lo demás -lo que todavía podamos hacer- viene después.
Todo en la vida se transforma y nosotros no somos una excepción. Cambia el cuerpo, las capacidades, los deseos, las relaciones, las expectativas y hasta nuestra manera de interpretar lo que nos sucede. No estamos ante una anomalía: somos parte de esa transformación. Nacemos, crecemos, nos transformamos, envejeceremos y, finalmente, dejamos de estar. El libro de instrucciones no se ha equivocado.
Lo que sí podemos hacer, mientras conservemos la capacidad de pensar por nosotros mismos, es leer cada página con la mayor lucidez posible. Y quizá sea esa, a estas alturas, una de las pocas cosas verdaderamente nuestras: no decidir qué va a hacer el tiempo con nosotros, sino seguir siendo capaces de comprender lo que está haciendo el tiempo con nuestra vida.
Hoy parece día de otoño en el hospital, esa suavidad del sol que tanto se agradece. Como otras veces tu comentario propicio un buen rato de lectura por mi parte.
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