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| Atacama 2008. Victoria |
Hospital Montepríncipe, 27 de septiembre de 2026
A veces las palabras no son otra cosa que aquello que se
escapa por las rendijas del silencio. Se produce una sobrepresión interior y el
alma, ahíta de la necesidad de expresarse, de gritar a veces, de susurrar su
soledad, porque solos estamos en definitiva en medio de los ecos del universo, irrumpe
aquí y allá con palabras aproximadas y razonamientos improvisados.
Mañana de otoño. “Ha cambiado la luz: esto es septiembre”.
(Carlos Marzal). Hoy amaneció Otoño acompañado de Nostalgia. La vista en el
horizonte, la mañana gris, la lluvia en el pelo (… te recuerdo Amanda), el
silencio del fin de semana.
A poco que nos
descuidemos este blog se convierte en un atemperado diálogo entre dos amigos. Al
amigo Enrique leer unos cientos de palabras le hacen pensar que hay Dios y que tiene
alma. Quién sabe, me digo, si algún dios podría templar las inquietudes del
alma, este leve desasosiego que se cuela esta mañana por mi ánimo. Dioses
en cuyo hombro apoyar nuestro cansancio e inquietud. Inquietud no exenta en ocasiones del hervor de apacibles aguas burbujeando en la poza
termal de un géiser. Lo contemplamos Victoria y yo una madrugada en el altiplano
andino de Atacama. Apenas el cielo se había tintado de malva y el gorgoteo de
los géiseres rompía monótono el silencio de la madrugada andina. Hubiera sido
lindo imaginar allí la existencia de Dios presidiendo el silencio de los
géiseres despertando a la mañana. Pero, una lástima, no hay dioses que valgan.
Aquella macana de los dioses ya no puede aliviar la soledad del alma que debe arrostrar
la existencia con la entereza de quien está dispuesto a vivirla dentro de una
fenomenal diversidad en donde el dolor y la alegría se confunden y se mezclan en
la distancia (Khalil Gibran).
Despertar es un buen término para expresar cómo el alma responde
a determinados estímulos, las palabras de un amigo, un párrafo de un libro, la
secuencia de una película, un cuadro. Si esto es un aviso de nuestro próximo
futuro, escribe Enrique, Dios, el alma, nuestras intuiciones, adensando nuestro
discurrir vital, bienvenidos sean. Amén.
Anoche vi Mi obra maestra, el cruce de dos mundos
irreconciliables, el artista que trata de extraer el tuétano de la resbaladiza
e inasible realidad y el de aquellos cuyo objetivo último es forrarse, aquellos
que hacen del arte un comercio utilizando una verborrea fabricada expresamente para
la adinerada élite entre la que vegetan. La capacidad de desvelar una realidad
que permanece oculta a los demás, el caso del artista de Mi obra maestra, se
transforma en los clientes que adquieren arte en un soez mecanismo de inversión.
La perversión de ese “despertar”, estímulo, placer, que puede encerrar una obra
maestra, al convertirla en mera mercancía, con ser moneda común, no deja por
eso de ser una putada. El artista de la peli, una vez resucitado, había simulado
su muerte durante un tiempo, subasta una parte de su obra entre gente corriente.
Las pujas comienzan en diez o veinte dólares y las obras terminan adjudicadas en
no más de treinta dólares. Mientras tanto en el mercado las obras han adquirido
un precio astronómico debido a su “muerte”. Digamos que se trata de un sencillo
guiño del guionista de cara a mostrar escuetamente que la cosa no pasa de ser una
diversión en donde las convenciones, la pasta, los medios de comunicación y la crítica
más o menos manipulada juegan a los bolos.
Ante todo esto ¿qué mejor que sonreír y guardar, sí, también
silencio?

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