sábado, 12 de septiembre de 2026

Resistir a la ley de Murphy


Hospital Montepríncipe, 12 de septiembre de 2026 

Cuando te leo (ver comentario de Enrique aquí) me produce la sensación como si ambos observáramos la realidad desde escenarios diferentes, tú desde un helicóptero con la racionalidad de la experiencia y el conocimiento de las cosas, yo desde el centro de la vorágine del movimiento de la vida que, conociendo el curso de tus propias razones, las considera de soslayo, aunque con una discreta preocupación por aceptarlas; esa vorágine qué no habiéndose apagado del todo pese a estos meses de recuperación, permanece todavía por los recovecos del alma pidiendo clemencia. Cuando las religiones nos ofrecen como tarta de cumpleaños el cielo como recompensa a nuestras buenas obras, lo que hacen es atender al íntimo deseo de cumplir nuestras mejores expectativas tras la muerte. Creo que hay algo de razones darwinistas en esto que planteo. La búsqueda de la eterna juventud fue una aspiración ilustrada desde siempre. Pura ilusión, sí, lo sé. Rebelión contra el destino, si cabe, pero en última instancia razonable respuesta del organismo ante lo ineluctable de la vejez y la decrepitud. Don Quijote se dará mil veces de bruces con borregos, molinos de viento y se enredará accidentalmente en las faldas de Maritornes, pero no por ello cejará hasta su lecho de muerte en alimentar sus desvaríos. Si gustamos del loco de don Quijote y su relación con su amigo Sancho, es precisamente por esa síntesis necesaria que la vida nos exige. Eso nosotros que percibimos la realidad con bastante aproximación a lo que ésta pueda ser. Pero no don Quijote, que tan metido está en sus aventuras que sacarle de ellas, como pez en el agua, con nuestra red de la racionalidad sería, igual que al pez fuera del agua, darle muerte. La vida de don Quijote no tiene sentido fuera de ese mundo que su imaginación ha creado con la ayuda de los libros de caballería. Y, carajo, se me ocurre que no una cosa muy diferente me sucedió a mí y a tantos cuando alimentamos muestra temprana juventud con los libros de Rébuffat Lionel Terray, Desmaison y tantos otros. Don quijotes nosotros no a la búsqueda de desfacer entuertos sino a la búsqueda de nosotros mismos a través de la montaña. 

A todo esto se me ocurre que pese a nuestras capacidades intelectuales, algunos genes específicos quizás estén asumiendo por nosotros desde el nacimiento el papel —la lotería de la genética puede ser tan variada…— de representar en la vida el papel de don Quijote o el de Sancho. A mí en esto parece haberme tocado algo del papel del loco de don Quijote. Alonso Quijano muere precisamente cuando recupera la razón, recobra el conocimiento corriente sí, pero pierde aquello que hacía, que su vida tuviera aventura, propósito y horizonte. Sancho, en cambio, que empezó siendo el cuerdo que acompañaba al loco, acaba intentando convencer al moribundo de que siga soñando. Quizá Sancho comprende al final que vivir también consiste en inventarse alguna razón para seguir caminando. Preciosa conclusión que yo dudo que Cervantes tuviera en la cabeza y que seguramente surgió de la íntima relación con su escritura. La aventura de escribir no sería aventura si el autor tuviera en mente desde el principio el desarrollo de toda su novela. Creo que si me gusta tanto escribir tiene algo que ver con ese concepto de aventura. Comienzas, como hoy, contestando a un comentario de un amigo basado en una diferente percepción de la realidad y terminas, jaleado por la escritura, acompañando a don Quijote en sus aventuras. 

El distinto enfoque con que partimos me parece sumamente interesante, tú con la perspectiva del hombre maduro que tiene bien agarradas las razones de su existencia y del devenir, yo el diletante que juega, pese a mi larga también experiencia de vida, que juego a no enterarme de esa realidad porque todavía quiero seguir mamando de esa teta de la aventura que me alimentó tan tempranamente en la vida, ese inventarse alguna razón para seguir caminando. 

Cuando te leo me produce la sensación como si ambos observáramos la vida desde escenarios diferentes, tú desde un helicóptero a través de la racionalidad de la experiencia y el conocimiento de las cosas, yo desde el centro de la vorágine del movimiento de la vida que, conociendo el curso de tus propias razones, las considera de soslayo, aunque con una discreta preocupación por aceptarlas; esa vorágine qué no habiéndose apagado del todo pese a estos meses de recuperación, permanece todavía por los recovecos del alma pidiendo acogerse a la clemencia del cielo. Cuando las religiones nos ofrecen como tarta de cumpleaños como recompensa a nuestras buenas obras un paraíso, lo que hacen es atender al íntimo deseo de cumplir nuestras mejores expectativas tras la muerte. Creo que hay algo de razones darwinistas en esto que planteo. La búsqueda de la eterna juventud fue una aspiración ilustrada desde siempre. Pura ilusión, sí, lo sé. Rebelión contra el destino, si cabe, pero en última instancia razonable respuesta del organismo ante lo ineluctable de la vejez y la decrepitud. Don Quijote se dará mil veces de bruces con borregos, molinos de viento y se enredará accidentalmente en las faldas de Maritornes, pero no por ello cejará hasta su lecho de muerte en alimentar sus desvaríos. Si gustamos del loco de don Quijote y su relación con su amigo Sancho es precisamente por esa síntesis necesaria que la vida nos exige. Eso nosotros que percibimos la realidad con bastante aproximación a lo que ésta pueda ser. Pero no don Quijote que tan metido está en sus aventuras que sacarlo de ella como pez en el agua con nuestra red de la racionalidad sería para ambos darles muerte.

A todo esto se me ocurre que pese a nuestras capacidades intelectuales, algunos genes específicos quizás estén asumiendo por nosotros desde el nacimiento el papel —la lotería de la genética puede ser tan variada…— de representar en la vida el rol de don Quijote o el de Sancho. A mí en esto parece haberme tocado algo del papel del loco de don Quijote. 

El distinto enfoque con que partimos me parece sumamente interesante, tú con la perspectiva del hombre maduro que tiene bien agarradas las razones de su existencia y del devenir, yo el diletante que juega, pese a mi larga también experiencia de vida, que juego a no enterarme de esa realidad porque todavía quiero seguir mamando de esa teta que me alimentó tan tempranamente en la vida. 

Que los hechos dejen de ser una anomalía sobre la que haya que posicionarse y que pasen a formar parte de la realidad que nos corresponde vivir, como escribes, es tan evidente como esa necesidad que nos movió hace un par de días de llamar a una ambulancia. La realidad en algún momento termina poniéndonos en nuestro sitio. 








2 comentarios:

  1. Nuestros puntos de vista son mucho más coincidentes de lo que se aprecia al leernos mutuamente. Mi pragmatismo no está exento de imaginación y tu imaginación no está exenta de pragmatismo. Cuando te leo, me recuerdas aquellos lemas de hace casi sesenta años, como "la imaginación al poder" que nos presentaba Dany el Rojo, o aquellos otros que decían "bajo los adoquines está la playa", "prohibido prohibir" o "seamos realistas, pidamos lo imposible".
    Cómo nos emocionábamos leyendo las informaciones que nos llegaban de París, torpedeadas por aquel señor que ejercía de rey del Pardo y a quien mi amigo Burillo llamaba "el Patas Cortas". Las transformaciones se han venido sucediendo desde aquel entonces y, sin darnos cuenta, pero de forma inexorable, han cambiado nuestras vidas y a nosotros mismos. Hace unos cuantos años leía que Daniel Cohn-Bendit, "Dany el Rojo" -que hoy tiene tres años más que nosotros-, había pasado de ser un anarquista comprometido a militar en un partido ecologista con tintes de centro e intentar cohabitar con la izquierda: del "rojo" al "verde".
    Como se puede observar, los cambios se suceden a velocidad de vértigo; los que fueron para nuestra generación dechado de imaginación, hoy militan en el centro clásico.
    No pretendo con esta parrafada deslegitimar tu posición imaginativa -me produce un gran placer leer tus propuestas y combinaciones, que tienen bastante más de realismo que de surrealismo-, pues, al final, que el tiempo nos dé o nos quite la razón carece de importancia, ya que nuestro devenir, contra todo pronóstico, discurre por la misma vía.

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    1. Buenos días
      https://deunjubilado.blogspot.com/2026/09/el-trabajo-de-vivir.html?m=1

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