5/09/2026
Llevo ya un tiempo en que cuando termino un post le pido al ChatGpt que me proporcione una imagen para el mismo. La imagen que me crea con variantes es un hombre, acaso de mi edad, de espaldas frente a un paisaje de montaña, un lago, el mar. En uno el hombre escribe sobre una mesa rústica al pie de la cual hay unas botas de montaña y una mochila, en otros contemplo el paisaje o miro volar unas golondrinas. En realidad soy siempre yo con el boli en la mano escribiendo o contemplando lo que tengo delante. Es una imagen que me gusta. Yo y el mundo, yo frente a la realidad que constantemente llama mi atención hasta el punto de sentir la necesidad de ver en qué consiste. Pienso en esos niños que unos días después de haber recibido el regalo de los Reyes Magos desarman el camión o el tren con la finalidad de ver de qué está hecho por dentro. Es una imagen coherente con la idea de los pensamientos que me asaltan algunas mañanas contemplando el paisaje. De qué está hecho o lo otro o lo de más allá.
Ver de qué está hecha la
realidad por dentro creo que constituye uno de los atractivos más interesantes
en que puede emplear sus días el hombre. El uso de la razón es un regalo que la
evolución de
Es cierto que la vida está hecha de muchas cosas, todas salidas esencialmente de una manera u otra del hecho de poder razonar, de ahí que cuando el hombre por la razón que sea tropieza con interrogantes esenciales, la imagen que encabeza alguno de mis posts últimos sea la pertinente para quien piensa la vida, la historia o la realidad intentando penetrarlas y comprenderlas. Tiene mucho de perplejidad la escena, porque por mucho que hayamos avanzando en todos los campos de las ciencias, la vida y su significado siguen sin explicarse del todo.
Perplejidad por el simple hecho de estar vivo, por la muerte, porque haya sido posible la creación de un universo, este planeta, las plantas, los animales. Desde el momento en que dejamos atrás por infantil la idea de la creación que nos cuenta el Génesis, un tiempo en que siendo necesario comprender todo y no encontrando modo de hacerlo se recurrió a un ente extraordinario sujeto creador de todo cuanto existe. Lo que no se entendía se atribuía a los dioses y así todos contentos, asunto concluido. En lugar de admitir lo inexplicable entonces, se inventaron dioses para adjudicarles los hechos extraordinarios que no se comprendían. En lugar de admitir nuestra perplejidad, lo insondable de tantas realidades que la evolución y el desarrollo de nuestro cerebro trataron de descubrir, tiramos por la calle de en medio y depositamos nuestra ignorancia en las manos de esos seres extraordinarios que llamamos dioses.
Probablemente ese hombre sentado frente a un eclipse, admirado de la realidad y la complejidad de la misma, lo que hace, no sin cierta perplejidad siempre, es intentar comprender.

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