miércoles, 30 de septiembre de 2026

¡Niño al agua!



Hospital Montepríncipe, 30 de septiembre de 2026

Aquel viejo adagio de que una imagen vale más que mil palabras, resulta oportuno para la ocasión. Esa escena que encabeza este escrito, aunque creada por la IA, se corresponde con una secuencia extremadamente esclarecedora de la diferencia que hay entre la educación mojigata que reciben los niños en España en relación a aquella otra que se da al otro lado del mundo, en Japón. La escena pertenece a una secuencia de la película De tal padre, tal hijo. Los niños han ido a una tienda, han comprado lo que necesitaban y ahora vuelven a casa cargados con su pedido. Una escena corriente que Victoria y yo hemos contemplado en Osaka y Tokio cuando nos hemos cruzado por la calle con colegiales entre seis y diez años. También con alguna niña pequeña que en el autobús iba camino del colegio. Seria, de ojos despiertos, se agarraba a la barra del bus mirando pasar tras los cristales las calles de la gran ciudad. Cuando estaba en las cercanías del colegio, pulsó el timbre. El autobús paró y ya en la acera se marchó hacia las puertas del colegio donde un numeroso grupo de niños se dirigía ya a sus clases. He visto escenas así en distintas partes de Asia y África. Punto.

En realidad este texto podría finalizar así. Y podría ser una perogrullada tener que andar comparando situaciones similares con lo que se hace en España  donde los niños, de fresa y chocolate necesitan ser acompañados hasta para limpiarles el culo. ¡Pobrecitos infantes! ¿Por qué, por qué esta diferencia? ¿Los niños de Japón estarán acaso hechos de algún especial tipo de material? ¿Acaso allí las instituciones y los padres son unos auténticos depravados que dejan a sus criaturas a su aire caminar en medio de la selva humana? ¿Acaso no tienen en cuenta que pueden venir los de ETA y raptarlos? ¡Pobres niños del Japón a los que sus padres, irresponsables ellos, dejan circular a su aire por las calles! Tengo una amiga maestra que pertenece a la escuela magistral de la modernidad que cuando le digo estas cosas me contesta en un guasap que “Japón, por otro lado, tiene, entre otras cosas, un índice muy elevado de suicidio adolescente…”. Tal como concatena una cosa detrás de otra, mi amiga parece deducir que la causa de los suicidios de los adolescentes está en el hecho de esa “desfasada pedagogía” que da excesivo margen a la autonomía de los niños.

Bromas aparte, lo que este comportamiento, que se ha convertido en una verdad como la de que “el sol da vueltas alrededor de la tierra” :-) lo que está consiguiendo con su trato a los niños como deficientes mentales, es hacer de estos lo seres más dependientes del planeta. A la sociedad parece importarle un pijo el crecimiento moral y la educación del niño, a lo que ésta aspira es a que “todo el mundo” aplauda la SUPUESTA DEDICACIÓN que padres y educadores proporcionan al niño. Más claro el agua, comportamiento cara afuera, por mucho que educadores y padres quieran convencernos de lo contrario, que teniendo el ojo en la aprobación social, en su aplauso, abandona a los niños a una tutela un tanto vergonzonzante. La excepción, como siempre, confirma la regla.

Tutelamos, ahogamos las capacidades de los niños rodeándoles de algodones como si fueran flores de invernadero. Es un tema que aparece con alguna frecuencia en mi blog; probablemente porque fui maestro durante cuarenta años, cosa que algún enseñante moderno considera irrelevante propio de una chochez sobrevenida. Me enerva comprobar cómo niños sanos son convertidos en carne de cañón de sumisión social debido a un sistema de compensación en que padres y educadores proyectan, acaso, sus problemas personales, la necesidad de aplauso del entorno hacia ellos, haciendo recaer sobre las espaldas de los niños las consecuencias de sus miedos, sus necesidades de aprobación social o los excesos que la biología ha inyectado en los padres y que convierten a sus criaturas en polluelos salidos del cascarón durante muchos más años que sus “bebés” necesitan. Aprendan de los patos y pajaritos no más, les diría a tantos padres y educadores de nueva hornada.

Lo he contado en otro momento por aquí. En cierta ocasión en que Victoria y yo descansábamos en un banco de las calles de Viena, se sentó junto a nosotros una mujer muy mayor. Pegamos la hebra. Era hija de un famoso antropólogo que había trabajado durante décadas en el entorno del río  Orinoco. La conversación terminó por caer en el asunto que trato. Contaba ella, respondiendo a nuestra inquietud por la falta de autonomía de los educandos en nuestro medio occidental, de la población que vivía en las márgenes del río Orinoco en donde los niños apenas recién nacidos eran echados al agua. ¡Sádicos, malos padres, bestias…!, diría esa recua de padres y educadores que hacen su performance ante la sociedad queriendo aparecer como excelentes educadores, cuando probablemente sufren la influencia de una necesidad imperiosa de ser queridos. Algo que debe extrapolarse a la sociedad en su conjunto y en especial a los responsables de la educación del país.

¡Niño al agua, sí señor!

Stevenson en algún lado dejó escrito que generalizar es de estúpidos. Pues eso, que la excepción confirma la regla de la misma manera que el hábito no hace al monje, que un título de educador no es garantía de una educación de calidad.

Esculpo de mi agresividad a tantos educadores que atendiendo más a la formación personal del niño que a las necesidades personales de los padres y educadores, continúan ejerciendo ese noble oficio de maestros puestas las miras en el crecimiento personal de sus educandos.



 

 

 

 

 


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