20/09/2026
El amigo Muñiz hacía exégesis esta mañana de una frase de
mi post de ayer, "me pongo en pie de un salto con mucho trabajo". Donde
él veía una contradicción en términos, yo encontraba la gracia de mezclar conceptos diferentes que ponían en conexión la
fisiología con la determinación de la voluntad encargada de romper los
ramalazos de indolencia que las circunstancias le pueden echar encima a un
cuerpo cansado. Le comentaba que los músculos, adormecidos a veces por el ánimo,
por el cansancio, por lo que sea, se resisten a moverse y eso puede dejarnos
inmovilizados horas e incluso días. Ahora, ¿quién les puede sacar del
adormecimiento, algo que le sucede al alma y a nuestras disposiciones
corrientes? De seguro que no son los mismos músculos; quien hace esa labor es
el alma sin lugar a duda, la voluntad, lo que sea como le quieras llamar; de
ahí la aparente contradicción, que no lo es en absoluto. Nuestras disposiciones
están más en manos de algún circuito eléctrico del cerebro, previamente
alimentado por la voluntad, que del aparato locomotor propiamente dicho. Y le
comentaba aquel relato de Messner que en una de sus expediciones cuando
comienza la cuesta arriba de algún ocho mil, constata que pese a su excelente
preparación física, la fuerza moral lo ha abandonado. No se lo piensa dos
veces, recoge sus trebejos y se da media vuelta. Al día siguiente está volando
rumbo a casa.
Hoy me desperté de buen humor. Puse el despertador a las
seis de la mañana como siempre, pero cuando sonó decidí que nanáis, que el
menda no se levantaba. La cosa funcionó bien. Continué en la cama y no me
levanté hasta después de las nueve. Rompí todos mis esquemas y creo que el
cuerpo me lo agradeció. Además, cosa rara, me levanté con unas enormes ganas de
leer y con una palabra en la cabeza, “dócil”. Pensé que de ahí podría salir algo
con que alimentar mi blog. Recuerdo haber leído hace muchos años un libro de
viajes de Unamuno. Narraba allí que se había encontrado por los caminos con una
moza de cuyo encuentro dedujo la docilidad ante el destino que sufren tantas
personas. Hay quien acepta el destino, la vejez, los achaques, la
inevitabilidad de lo que está por llegar, con estoica adaptación a la realidad.
Yo, pensé, cada vez voy más camino de ello, pero todavía me cuesta… cada vez
menos; quizás fue con este pensamiento que mi cerebro recordó la palabra dócil.
De hecho esta mañana cuando decidí que con el ligero mareo que tenía no
convenía largarme a dar una vuelta por el monte, no me lo tomé a mal. La fiesta
estaría completa, me dije, si los neurotransmisores encargados del ánimo se
pusieran a currar como es su obligación J. Al menos ello facilitaría tomarse con humor esos
pequeños interrogantes que el destino pone en nuestro camino.
Porque eso del destino, como la predestinación, sí que
tiene cuerda. Y levanto la vista y miro a “mis” pájaros, gorriones y carboneros, en íntima convivencia alrededor del comedero o balanceándose sobre la esfera de
alambre en cuyo interior han encontrado un nuevo sustento. Recuerdo a Unamuno,
“sumisión al destino” y, aunque todos de una manera u otra tenemos un mismo
destino inevitable, sí podemos agarrarnos a alguna variable motu proprio. Vuelvo a leer el
comentario del amigo Muñiz y, sí, constato que venimos hablando de lo mismo un día sí y otro también desde hace tiempo. Una
cosa tan simple como puede ser llegar a los prolegómenos del final, hasta aquí
hemos llegado, catapún chin pun, se acabó, y la de vueltas que le doy, le damos.
Y mientras el mundo está ahí con sus historias,
Y se acabó, voy a ver si siembro de césped un pequeño
trozo al sur de la parcela.
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