sábado, 29 de agosto de 2026

Incertidumbre

 


29/08/2026

Tarde otoñal. Se está bien tras la comida junto a la ventana, el sol tibio sobre el cuerpo, el monótono zureo de las palomas, la brisa entrando como una caricia en la cabaña. Se está bien aquí, hoy no necesito viajar ni caminar por lado alguno después de un paréntesis matinal en que me sentía muy cansado y caí medio dormido en el sillón. ¿Podría ser el resto de la vida algo parecido a esto, la paz de la casa, mirar por la ventana, vivir como un noble arruinado entre las ruinas de la inteligencia? (Gil de Biedma).

Repasé ayer tarde mi último post y encuentro que le viene como anillo al dedo la cita que acabo de leer y que encabeza uno de mis post del final de un viaje a Oriente. Dice asi: “En realidad no queremos pintar algo –yo diría escribir– que conocemos con toda su luz, sino algo desconocido y en penumbra”. (Me llamo Rojo, Pamuk). Es del todo cierto que ayer (La naturaleza sutil de pensar el futuro) yo no pretendía escribir algo sobre lo que tuviera conocimiento cabal, sino que escribiendo pretendía que la propia escritura alumbrara algo en lo que reinaba cierta confusión, algo en lo que no tuve mucho éxito, porque releído el texto hoy me parecía bastante confuso. La escritura es más lenta que el habla y posibilita que el cerebro pueda procesar con mayor éxito las ideas, pero ni aún así. Moverse dentro de la incertidumbre parece que sea conditio sine qua non de la naturaleza de nuestro pensar habitual cuando queremos ir más allá de las evidencias. De ahí la cita de Pamuk cuando uno agarra el móvil instigado por las ganas de escribir y animado a la vez por la penumbra y el insuficiente conocimiento de algo que llama a las puertas de nuestra curiosidad.

No es mi fuerte caminar con excesiva seguridad por los temas que le brotan a uno espontáneamente a la vuelta de cada esquina, más bien la mayoría de las veces ese caminar es hijo de la espontánea curiosidad que les surge a los críos de siete u ocho años cuando la complejidad de la realidad llama a sus puertas. De ahí que textos como el de ayer sean con frecuencia un ejercicio de picoteo con la esperanza de que se produzca algún inesperado alumbramiento a raíz de ese ir de un lado para otro como quien piensa que en un cuarto o quinto intento puede finalmente pinchar la aceituna.

Mi pensamiento ambulante gusta ir de acá para allá al margen de toda disciplina, de ahí que en ocasiones mis consideraciones terminen en algún callejón del que es complicado salir, como quizás era el caso de ayer cuando trataba de buscarle salida a esa entelequia de la relación entre los pensamientos y la fisicidad de los hechos a que dan lugar éstos.

Pienso ahora, por ejemplo, en algunas noches que me duermo contemplando un cuadro de una niña que pinté hace muchos años, una niña medio abandonada que nos encontramos Victoria y yo un día de Navidad en las calles de alguna de las aldeas de Las Hurdes. Esa niña y su expresión desvalida es una constante que debe deambular por mi cerebro con frecuencia; no en vano ese cuadro es casi siempre lo último que veo antes de dormirme cada noche.

Hoy terminé saliendo a escribir junto al estanque de los peces. El rumor de la pequeña cascada y el ir y venir de las carpas de un lado para otro transmiten un sosiego y una extraordinaria paz a mi ánimo.  Pienso en lo distintamente que nos puede marcar a una persona el ambiente en que vivimos, las experiencias que hemos tenido en la vida, la intensidad con la que nos hemos encontrado con la gente en largos viajes por el mundo. Porque evidentemente no todas las vidas son el producto de un largo comulgar con situaciones diferentes, esa riqueza que viene de perderse por el mundo, leer, confrontar nuestras creencias y tener la oportunidad de constatar personalmente la complejidad de la realidad, esa sensación que tenía ayer noche cuando negándome a terminar una película malísima, Laponia, dejé que Home, el programa de Google, que conecta nuestro Chromecast, me sirviera una larga colección de fotografías propias, viajes, Alpes, amigos, familia, toda una vuelta a ese mundo que mi cámara ha ido recogiendo durante décadas. En unos pocos minutos por la pantalla de la cabaña pasaron tantas imágenes, tantos recuerdos, tantas montañas, que fue como encontrarme repentinamente con una especialísima selección de los mejores momentos de las últimas décadas.

Es demasiado pronto todavía para adoptar aquella visión de quien repasa largamente con una sonrisa en los labios los años de su vida, pero era igualmente bonito anoche ver pasar inesperadamente todo aquel manojo de vivencias frente a los ojos.

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