![]() |
| Obviamente ésta es de otro día y otras circunstancias |
26/08/2026
El agua de los aspersores rocía la parcela frente a mi ventana. Regreso de una nueva salida con la buena gente del Navi y me gustaría recrear algo de los aledaños de nuestra excursión. Existe un puñado de cosas que puedo hacer esta tarde pero el buen sabor del encuentro me deja con las ganas de pergeñar algo, ya se sabe, esa necesidad de expresarse, que no es lo mismo que la charla del amigo Laure, que hablaba por los codos mientras bajábamos yendo de un tema a otro sin solución de continuidad, viejo amigo él siempre tan apasionado del monte y la charla. Siempre que salgo con estos amigos son tantos los asuntos que suscitan las conversaciones con unos y con otros, que ganas me dan siempre de llenar cuando llego a casa el resto de la tarde reviviendo algo de los sucesos del día.
Hacía bastante que no salía con ellos y esta mañana antes de encontrarnos tenía el temor –ah, mis problemas de memoria, ese rastro que ha ido dejando en mi cerebro mi reciente estancia en el hospital…– de haber olvidado la mayoría de los nombres, pero no fue así; se ve que mis neuronas viendo los rostros, dando y recibiendo abrazos, se despabilaron y fueron capaz de encontrarle el nombre a la mayoría de los rostros. Jodida historia esa de que los nombres de amigos se te puedan evaporar en las circunvoluciones de la materia gris del cerebro, pero que en cierto modo se va ajustando poco a poco, en unos más que en otros, a los añosos tiempos de una existencia que camina decididamente hacia los dominios de la nada. Eso para unos, que para otros como Ángela, la cosa es diferente, que me lo decía durante la comida cuando yo hacía alusión a nuestro “hasta aquí hemos llegado”; se acabó la fiesta; punto final. No, ella, muy segura todavía, esperaba después de abandonar este planeta en algo más allá de donde termina el perejil.
Tiene algo de fascinante este charlar con unos o con otros, interrumpir conversaciones y asuntos, seguir pegando la hebra aquí o allá, mientras el sendero bajo nuestros pies, amarillo tostado todos los alrededores, allá, despuntando entre los pinos los picudos riscos de la Pedriza, amados compañeros por donde el grupo, cargado cada vez más con octogenarios, septuagenarios y algún/alguna que otro/a a los/las que los achaques les obligan a mirar de lejos las montañas de otro tiempo. Digo fascinante, porque aunque fuéramos entretenidos con las conversaciones no se me escapa el leitmotiv que me rondó por la cabeza durante todo el recorrido y parte de la comida. El decurso del tiempo, ese nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar… manriqueño, estaba presente en el aire. Casi todos nos conocemos desde hace más o menos medio siglo, amantes empedernidos de las montañas de las que seguimos hablando como si ellas fueran parte esencial de nuestras vidas, Julián Salazar y Laure recordando nombres, la inauguración del refugio Goriz; yo mientras pensando en un mes de junio, mi primera salida al Pirineo, con Emiliano de Diego, corría el año 1966; dos novatos al día siguiente conducidos por Solis y Julito, entonces para nosotros expertos montañeros, hasta el collado del Cilindro (ah, descubrir tantas montañas por primera vez, nuestros ojos novatos embobados con la Munia allí enfrente, con tantas montañas que se extendían hasta el infinito del horizonte). Un medio siglo en donde cabe tanta vida, tantas experiencias, tanto amor por valles y montes, tanto, tanto, que cuando uno piensa que se tiene que morir, irremediablemente se le ocurre que es una lástima, una lástima que toda esa vida, esos enormes manojos de vivencias en definitiva terminen desapareciendo en la nada. Durante la comida hablaba con Chelo, me contaba de sus nietos, de la bonita y entrañable relación que tiene con ellos y, a diferencia de mi pensar en mi experiencia de las montañas, encontraba que al menos Chelo y Poisón y todos los que tenemos hijos, más allá de la nada que se nos tiene reservada, la llama de la continuidad, como la antorcha olímpica, permanecía en nuestra descendencia.
Tiene cojones, las cosas que se me ocurrían pensando en nuestro añoso ya vivir. Decía más arriba que muchos nos conocemos desde hace más de medio siglo. Pues sucede que como yo sólo aparezco de vez en cuando por las salidas del grupo, pues que miro todo acaso con más perspectiva, me llama la atención el asunto de la edad, cómo todos vamos cumpliendo años, cómo vemos la vida cada uno desde nuestra añosa condición, y entonces se me ocurre divagar sobre esto o lo otro, la vida, los años, nuestros pesares y alegrías, esas cosas que viven por dentro de cada uno y nos hacen cosquillas en el tejido del alma. Porque alma sí que debemos tener a juzgar por la alegría y el cariño que destila este grupo de veteranos “vejetes”. Dicho con cariño, no se vaya a enfadar alguno, porque a mí cuando me sale de las yemas de los dedos esa palabra, vejete, lo que destila la idea es una enorme sensación de paz, una sensación que me viene especialmente hoy de escuchar a Chelo hablar de sus nietos y de la vida en general, esa su alegría con Poisón de quien está a las mil maravillas hermanada con su existencia. Caminar por la vida, y especialmente cuando se tienen muchos años, con esa entereza, esa alegría… ¡carajo!... ¡qué gustazo!
Tendría materia para mucho más, las “incidencias”, es decir los problemas de la pierna de Ángela, el gusto de volver a encontrarme con Adolfo, Pedro, con Paco, Emilio, Mari Carmen, con todos, la charla a última hora con Paco y Julián, conversación con amago de altura, allí de pies, como quien está en la cola del autobús y de un momento a otro cada cual saldrá pitando camino de su casa. Y como terminamos hablando del distinto comportamiento que vivir en una latitud u otra del mundo instila en sus habitantes, y como Julián mencionara la película Laponia, un asunto el ver cine para el que la motivación poshospitalaria todavía no me había llegado, pues que esta noche intentaré hincarle el diente a la película, asunto, quien lo diría, el de nacer en distintas partes del mundo, que parece condicionarnos mucho más de lo que creemos.
De estas salidas siempre me queda la sensación de no haber aprovechado lo suficiente el momento. La gente mayor me llamó desde muy joven la atención. Tanta vida acumulada por fuerza puede destilar esencias tan variadas e interesantes como para saciar la curiosidad más exigente. Pero… la hora de cada mochuelo a su olivo terminó por llegar… Besos, abrazos, ciao, hasta la próxima semana…

No hay comentarios:
Publicar un comentario