sábado, 23 de mayo de 2026

Caerse del caballo


Hospital Montepríncipe, 23 de mayo de 2026

Se han dicho y escrito tantas cosas, sutiles verdades, pensamientos brillantes, cada cual con su cazamariposas intentando asir su propia verdad, el libro que estoy leyendo ahora de Simone Weill en el que ella trata de expresar su verdad entrevista y que yo leo al modo de quien con lupa como Sherlock Holmes va buscando rastros de conocimiento. Recuerdo aquella cueva de Platón desde cuyo interior lo único que se veía era un infinito espacio de ambigüedad. Si las cosas son así, que yo creo que lo son, uno necesita estar un tanto iluminado en ocasiones para comprender lo que lee. Se entiende que la realidad sea compleja, pero, cojones, nos lo podrían poner algo más fácil. De todos modos, y en ese entorno de la comprensión, algo que evocaba esta mañana leyendo a Simone Weill, era una idea que rescaté de algún estudioso de los antropoides; decía que si en una línea del tiempo colocábamos en un extremo a alguno de nuestros ancestros y en el otro a una persona excelente, un sabio de nuestra época o de siglos pasados, la distancia mental entre este último y un hombre medio de hoy, podría ser tan grande como la que media entre ese hombre medio de hoy y aquel otro que vivía en los árboles. Una idea que me hace pensar, cuando no comprendo algunas cosas que leo, que yo todavía debo de andar por las ramas de los árboles.

Bueno, pero a lo que iba y sin tantos rodeos, que de quien yo quería hablar era de Cicerón y Stefan Zweig. Estaba releyendo Momentos estelares de la la humanidad bajo el manzano de mi habitación de hospital, cuando uno se esos frutos rebotó sobre mi cabeza, más o menos esas cosas que le sucedió a San Pablo cuando camino de Damasco se cayó del caballo; y pude comprender entonces qué podía ser importante en la vida y qué no. Lo cuenta Zweig así: “Cicerón vivió la historia de su época como un testigo sin par. Sólo que no tuvo tiempo para una cosa, la más importante: para echar un vistazo a su propia vida”. Date, ¡bingo!

Apliquemos esta idea a muestro desquiciado mundo (ni quiero ni puedo pensar en Zapatero… tanta pena me produce). La propia vida, no la de los demás vecinos ni la de los personajes de la política o la cultura, la tuya, la que corre por tus venas, la que ama o sufre... Mira que vivir toda una existencia y no haber tenido tiempo para echar un vistazo a la propia vida…

Estos días que poco más o menos mis pensamientos se me van con frecuencia hacia el sentimiento de la propia vida, y que se me aparece sin lugar a dudas como la manifestación más importante del ser cuando de un modo u otro te paseas por los aledaños de la muerte, mi cuerpo y mis disposiciones andan rastreando como perro de caza su pieza entre las horas principalmente de la noche.

No haber tenido tiempo en la vida para observar detenidamente tu propia vida, se me aparece esta tarde como una de las mayores estupideces propias del hombre. Quizás el estar muy enfermo sea una de las oportunidades importantes que nos ofrece la vida para entendernos a nosotros mismos y comprender algo de la realidad, eso que llamamos algo pomposamente la verdad. San Pablo necesitó caerse del caballo.

2 comentarios:

  1. Hoy en tu post ha entrado un personaje nuevo que me produce tanta tristeza que no tengo disponibilidad mental para debatir sobre ello; seguramente te hará comprender mi posición de apartidario.
    Estar más cerca de los homínidos que de un sabio de nuestra era funciona bien como metáfora literaria o filosófica, pero si lo examinamos con rigor, es muy aventurado establecer distancias mentales entre nosotros y ellos. No sabemos casi nada de su vida interior; conocemos sus herramientas, si dominaban el fuego, qué capacidad craneal tenían, etc., pero no sabemos cómo pensaban exactamente, qué sentían, qué grado de conciencia simbólica poseían ni si existían individuos extraordinariamente inteligentes. Al carecer de escritura, tampoco sabemos cómo se transmitían el conocimiento oralmente.
    La escritura no solo transmite y conserva la información, sino que también distorsiona nuestra percepción histórica. Tendemos a considerar más inteligentes a las civilizaciones que dejaron textos porque podemos acceder a sus pensamientos, pero ignoramos si hubo seres humanos prehistóricos de enorme profundidad mental cuya experiencia desapareció completamente al no quedar registrada. Por eso, medir la inteligencia histórica a partir de lo que quedó documentado puede resultar engañoso.
    De hecho, algunos antropólogos han sugerido que el ser humano paleolítico poseía una inteligencia práctica, espacial, simbólica y adaptativa extraordinaria. Sobrevivir decenas de miles de años en entornos hostiles, sin tecnología moderna, exigía capacidades que nosotros hemos perdido. Así pues, afirmar que un hombre actual medio está más cerca de un homínido que de un sabio contemporáneo es más una provocación intelectual que una conclusión científica.

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  2. Primero de todo disculpa, leí el comentario pero se me pasó contestarte.
    La idea no es mía la encontré en un libro de Antropología, creo que fue en "En mono desnudo", de Desmond Morris (no estoy seguro). La idea iba orientada a expresar que la inteligencia de un hombre "excelente" frente a la inteligencia de un hombre corriente con un CI bajo era tan inconmensurable... Y se ahí venía lo del chimpancé. Evidentemwmte una especulación intelectual imposible de demostrar.


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