sábado, 31 de diciembre de 2022

Libros que terminan siendo un fiasco

 



El Chorrillo, 31 de diciembre de 2022

La una de la mañana. Definitivamente dejo a la mitad El año del pensamiento mágico. No soy de los que terminan todos los libros que empiezan. Cuando no me funciona bien el filtro que me hace llegar a determinados volúmenes, empiezo, tanteo y si la cosa va bien, ¡tira para adelante!, pero sí soy muy consciente de que no es posible fiarse ni de críticos, ni de revistas ni de premios determinados. Que a uno cada vez le quedan menos años de vida y son demasiados los libros buenísimos desde Gilgamesh a la actualidad para empeñarse en terminar libros cuya probada calidad no sea manifiesta.

Bien, sobre El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, novela considerada muy digna de leer, decir que cuesta creer que esta novela circule por el mundo con tanta profusión. La enormidad de los detalles minuciosos que llenan una parte considerable del libro, y que no aportan, en mi opinión, nada sustancial al relato, me parece ociosa. Me produce la sensación de estar leyendo a uno de esos escritores que por las razones que sean se abren paso inexplicablemente en el mercado internacional del libro a partir de operaciones de marketing que no avalan en absoluto la mínima calidad exigida para una difusión tan extendida. La impresión de que el escritor, la escritura en este caso, tiene ganada su audiencia y engorda superfluamente el contenido porque el lector, que resiste, tiene ya una predisposición basada en la presión social favorable, que es la que le empuja a seguir leyendo. Un principio de autoridad contra el cual es difícil rebelarse porque implica ir contra el común parecer. El lector, acorralado por las influencias de unos y otros, termina haciendo dejación de su yo crítico y sus gustos personales para atenerse a criterios de mercado que poco a poco van haciéndose hueco en nosotros hasta producir una confusión entre los gustos propios y los criterios ajenos.  

Excelente la primera parte del libro, que nos introduce en ese tiempo del luto en el que la línea de un antes y un después de la muerte de un ser querido secciona la vida de una pareja, y quien era, de repente deja de ser. Sus cenizas se han sumergido en las aguas del océano y ahora a la vuelta a casa la nada ocupa el lugar del marido fallecido. El brazo amputado del hombre que no teniendo brazo lo siente todavía ahí como parte de él, la sensación de quien vive la muerte de la persona con la que lleva durmiendo en la misma cama desde medio siglo atrás como un sueño. Despertar en la noche y comprobar incrédulo cuando echas la mano hacia el hombro de tu pareja que ya no está ahí, que no existe. Es una parte del libro, la primera cuarta parte, que tiene el valor de un testimonio que el lector agradece. La objetividad del relato, sin dejar resquicio a la expresión de las emociones, fijando en la descripción pormenorizada de los pequeños detalles de las circunstancias de los momentos previos a la muerte y los posteriores, es un acierto que da pie para que la imaginación del lector reconstruya por sí mismo el clima afectivo y emocional por el que discurre la vida de la protagonista-autora.

Se trata de una fotografía dramática que el lector asimila como si el fallecido pudiera ser una transposición de posibles circunstancias personales imaginadas.  Sin embargo los imperativos de hacer un relato lo suficientemente largo para convertirlo en libro con sus mil y un detalles sobrepasan con mucho lo que la centralidad del relato podría pedir, arruinando en consecuencia el hilo de interés que se pierde entre tantos detalles que nos dejan ayunos del eje principal del relato. Llegado a mitad del libro, ayer me veía al final sobrevolando las paginas buscando algo que atrajera mi interés: inútil tarea. No, no se puede leer un libro intentando buscar ese hilo de interés que suscita una historia interrumpida continuamente con nombres ajenos al eje central, con especificaciones y ubicaciones de hospitales y médicos, con detalles sobre restaurantes, hoteles, personas, con continuos viajes en aviones, públicos y privados; pelos y señales como si la novela tuviera que alcanzar la longitud de Guerra y paz.

Vuelvo a caer en una idea recurrente. ¿Qué le pedimos a un libro para que acapare nuestro interés y nuestro placer? Es cierto que la temática elegida por Didion es digna e interesante, y especialmente por ser el relato de una vivencia propia, algo que a mí personalmente me atrae más que todas las cosas porque la vida real siempre me resulta más apasionante que la ficticia, pero fuera de ello ni su consistencia literaria ni sus ideas tienen el valor que de una obra de calidad se espera. Yo soy incapaz, no estoy preparado para hacer una crítica de un libro, pero sí sé lo que me gusta y lo que no me gusta y creo discernir una buena literatura de otra mediocre. Y en este sentido no basta escribir bien, hay que escribir muy bien y conseguir que el placer de la lectura surja espontáneamente, en mitad de un párrafo, en una idea nueva y original; unas líneas que te inviten a ser subrayadas y a recrearte en un párrafo; es necesario que la lectura te aporte “algo” y que no sientas que el libro se te cae de las manos ni que te veas obligado a pasar páginas sin leer a la búsqueda de algo que pueda salvar a fin de cuentas el relato.

Complejo me da en ocasiones decir que tal libro o tal otro que otros alaban no he podido terminarlo, especialmente porque sé que hay voraces y buenos lectores que leen sin parar libros que yo no abriría. Otra cosa que sucede es que depende del entorno lector en el que empieces algunos libros; si lo que has leído previamente es apasionante, placentero, de una prosa densa que te fascina, como me sucede a mí que terminé días atrás Hijo de hombre, de Roa Bastos, y a continuación coges un libro notablemente de menor enjundia, la diferencia abismal entre uno y otro hace que te sientas defraudado. Que es lo que me ha sucedido a mí con el libro de Didion. Ya me pasó no hace mucho con otra “eminente” escritora actual, reciente premio Nobel, Annie Ernaux, Pura pasión, un librito que sí terminé más que nada porque se leía en un rato. Un libro que en su momento consideré que dar aquello a la imprenta me parecía incluso un atrevimiento. Y ello teniendo en cuenta mi predilección por relatos basados en las experiencias personales. Sobre esta autora, bueno, tendría que añadir que de ella posteriormente leí El lugar, una lectura que me duró apenas el trayecto caminando entre el Castañar del Tiemblo y el puerto de Casillas, y sí me gusto.

Me temo que la labor de marketing hace estragos en el mercado del libro dando gato por liebre en grandes cantidades en base a las mismas técnicas que se usan para vender cualquier producto, móviles, detergentes, coches, cualquier cosa: críticos ficticios o pagados, grandes campañas publicitarias, presentación en prensa o televisión, todo orquestado desde sofisticados centros de difusión que confunden al lector con las artimañas de cualquier mercado. Si tecleamos en la búsqueda del Chrome cualquier autor o título de libro, uno puede pasar pantallas y pantallas de páginas de venta de ese libro pertenecientes a editoriales y librerías antes de dar con algún tipo de crítica o información útil al lector. De cualquier producto que busquemos en Internet siempre encontraremos a la cabeza de los resultados páginas y páginas que de una manera u otra nos llevan a los productos de Amazon.

Y me temo que con los libros sucede lo mismo, la promoción de escritores y obras que pueden ser una patata frita abundan tanto que es difícil entre toda esa barahúnda encontrar la calidad que buscas. La presión del exterior se ejerce desde frentes muy heterogéneos y que con frecuencia convergen en títulos y autores que como una riada ocupan todos los escaparates. Ello lleva a centralizar las apetencias en los más vendidos, que por el hecho de ser los más vendidos, y no por ser los de mayor calidad, terminan por ser comprados no por la calidad sino porque son los más vendidos. Un mecanismo económico que funciona para cualquier producto del mercado. Cierto que llegar a ese punto de más vendido puede haber sido alcanzado con propiedad en algunas circunstancias, pero no parece que sea el caso para una cantidad considerable de títulos que son aupados a puestos de mayor venta por criterios ajenos a la calidad de los mismos.

 

 

 


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