El Chorrillo, 7 de noviembre de 2026
(Para contextualizar el texto podéis leer primero el comentario de Enrique a mi post anterior. Lo encontraréis al final de estas líneas)
Para contestar al amigo Enrique bien que me gustaría tener algunos conocimientos de economía de los que carezco. Por lo tanto puedo elegir dos caminos ante la posibilidad de expresar digamos el criterio de una persona del montón ayuna de conocimientos puntuales relacionados con la economía o la política y otro el de quien sabe de todo, que evidentemente no es mi caso; así que opto por el primero. El mundo, y también la vida, es demasiado complejo para que un tal pueda analizarlo con total acierto. Sin embargo existe lo que se llama el sentido común que mal que bien nos ayuda a comprender una parte considerable de la realidad. El ciudadano medio no se anda con chiquitas, no necesita de los argumentos económicos ni de su complejidad para entender que unos beneficios de Repsol que sobrepasan en el mismo periodo en 300 por ciento al del año anterior es una falla en el sistema que no se puede justificar nunca con otra lógica que no sea la del Mercado por mucho que a algunos parezca vergonzosa propaganda (beneficio que se traslada desde nuestros bolsillos a los de Repsol cuando repostamos en una gasolinera). Y, por cierto, si aceptamos la lógica de ese Mercado como mecanismo de una convivencia social, lo que hacemos es ponernos en manos de un sistema, el Capitalista, cuyos objetivos no son otros que la depredación y la codicia. Si defendemos, sin llegar siquiera todavía a una posible redistribución de la riqueza por parte de una supuesta intervención del Ministerio de Hacienda que subsane o aminore la depredación, esa línea de razonamiento, estaríamos en manos de un supuesto Estado que centra sus esfuerzos en la justicia social; algo totalmente falso por otra parte si nos atenemos a las fuerzas que controlan ese Estado, que no son otras que aquellas derivadas de una contaminada conciencia ciudadana incapaz ahora mismo de sopesar por sí misma los pros y los contras de votar a unos o a otros.
Y aquí sería obvio referirse a la importancia que tienen la propaganda y las mentiras sobre una población desprotegida debido a la falta de cultura y capacidad de analizar la situación política y económica. Ojo, hablo en términos generales y mirando de refilón las cifras de analfabetismo funcional de los posibles votantes, teniendo en cuenta su capacidad de distinguir a los gatos de los ratones, de diferenciar a las personas honestas de aquellas que sólo miran por sus propios intereses a la hora de repartirse la tarta del PIB. Así que esas auténticas revoluciones que podrían hacerse a través de Hacienda, con su apariencia de inocencia, lo que esconden es una feroz dominación de fuerzas económicas y sociales en absoluto interesadas en una justa distribución de la riqueza. Pensar así en la idealidad de dejar asépticamente en manos de una Hacienda presionada desde siempre por intereses espurios, sólo contribuye, en función de las fuerzas en juego, a cambiar todo para que todo siga igual (El Gatopardo. Lampedusa). La mano escondida que mueve los hilos de la economía y que intenta confundir al ciudadano con una máscara de bonanza, que intenta convencernos de que esta es la única alternativa posible, tiene un excelente público, pero en absoluto un público crítico sabedor de que tras la gran mentira y añagazas del Capital sólo existe el beneficio ilimitado. Creo que es suficiente para contestar a tu último párrafo.
“La necesidad de encontrar alicientes frente al voto no se manifiesta votando a derecha o izquierda (…) sino en el convencimiento de que, gane quien gane, gobernará para todos”. ¿Cómo podría yo llamar a esto, ingenuismo, ceguera? y sí, con todas mis disculpas. El asunto me parece tan elemental que reparos tengo en intentar rebatir tal idea. De verdad que no lo comprendo. Dices que la lucha no está en perder o ganar elecciones, sino en suprimir tanto slogan tendente al enfrentamiento. Añades que los ciudadanos no estamos en contra unos de otros, que son las élites las que nos envenenan. Es cierto pero sólo hasta cierto punto. Tampoco aquí deberíamos caer en el buenismo de considerar a la gente, así en general, como inocente e incapaz de interpretar la realidad. El que ignora que los carteristas existen, que los ladrones andan sueltos puede verse privado a la vuelta de las vacaciones o al echar mano a la cartera para pagar su consumición con que etcétera. Creo que caemos con frecuencia en la equivocación de “perdonar la vida” a aquellos que no teniendo ganas, capacidad o tiempo de interesarse por los asuntos de la comunidad, por la política, deciden votar, empujados por los mecanismos de la propaganda o de la emoción, vertebrada y dirigida por la extrema derecha a sepultar a todos aquellos que no son como nosotros, deciden votar a los miserables insolidarios de este mundo, la gente de Vox y sus correlatos; es decir a los fanáticos del yo, del ego más exacerbado.
“Los votantes no estamos en contra unos de otros; son las élites políticas dirigentes las que nos envenenan”. Pregunto ¿por qué? ¿Esos ciudadanos a los que te refieres es que son unos pobres infantes incapaces de pensar por sí mismos? ¿Es de recibo echar balones fuera y responsabilizar a “los otros” de nuestra pereza mental, o es que somos como animales del zoo que basta que nos pongan delante una chuche para ir directamente al colegio electoral para etcétera? Cierto que nos envenenan, perdón, retiro el nos, que les envenenan; tontos de remate todos ellos a los que el primer flautista de turno puede convencer para que vayan detrás de ellos, aunque sea para despeñarles, o peor todavía para despeñar a su prójimo, a los pobres, a las mujeres, a tutti quanti han sido incapaces de tener sus cabezas sobre los hombros.
Nuestra convivencia como ciudadanos requiere de unas herramientas que hagan posible ésta. A esas herramientas las llamamos política. Ahora, si esas herramientas se utilizan en una gran proporción para satisfacer las ansias de poder y dinero de una élite, lo que procederá es transformar el uso que se da a esas herramientas. Y ello caiga quien caiga. Si la naturaleza instiló en nosotros el gen del egoísmo y la supervivencia del más fuerte, no por ello debemos aceptar sus condicionamientos; también la Especie hizo su trabajo y desarrolló en nosotros la empatía y la solidaridad. Fue la antropóloga Margaret Mead la que fijó el principio de la civilización en un momento en que un hombre se fracturó el fémur y necesitó la ayuda de los otros para curarse; dicha persona habría necesitado que alguien la protegiera, la alimentara y la cuidara. La idea es que la civilización empieza con el cuidado mutuo. Desde ese cuidado mutuo hemos evolucionado en nuestros días a lo que es hoy el mundo con muchos matices: la ley de la selva.
Comentario de Enrique:
Escribes: “¿Quiénes serán capaces, estarán preparados, más allá de las emociones, para distinguir los gatos de las liebres, los que están contigo de los que están contra ti?”
La necesidad de encontrar alicientes frente al voto no se manifiesta votando a derecha o izquierda, ni a ningún otro sesgo ideológico (gatos y liebres), sino en el convencimiento de que, gane quien gane, gobernará para todos, con la ayuda de los demás. Es decir, la lucha no está en ganar o perder las elecciones, sino en alejar para siempre los manidos eslóganes de unos y otros. Después de noventa años, sí, si siembras odios, recogerás odios.
La ciudadanía, es decir, los votantes, no estamos en contra unos de otros; son las élites políticas dirigentes las que nos envenenan.
«La ilusión, esa voluntad de lo improbable, es el principio necesario para cualquier revolución».
Esta evocadora cita, que ya hemos comentado en alguna ocasión, se hace hoy más necesaria que nunca, pero no en el sentido clásico del 7,62 mm, que en estos tiempos nos resulta arcaico.
Las auténticas revoluciones se hacen a través del Ministerio de Hacienda, desde donde se pueden establecer con justicia los IRPF para personas y empresas, así como su posterior redistribución, y dejar de asistir a la vergonzosa propaganda de los beneficios trimestrales de las grandes empresas de este país.

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