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| Imagen de mi hija Lucía |
Hospital Montepríncipe, 3 de octubre de 2026
(Contesto a continuación a un comentario de Enrique Muñiz relacionado
con mi post de ayer titulado Tojunto. Sugiero leer ese comentario previamente)
Naturalmente el peso de cada componente de tojunto puede ser
muy dispar, dispar por número, dispar por conciencia de la realidad, dispar, en
fin, por las ganas de intervenir o no en la transformación de la sociedad. Ahí
están los que se tocan los huevos, una mayoría, los listillos y la gente de a
pie. Como estamos en una democracia al final todo se decanta por el peso bruto
del conjunto de cada parte e indudablemente la parte más sustanciosa, en términos
de peso, corresponde a esa clase que entre el hombre excelente y el chimpancé
ocupa un lugar más cercano a este último, lo que resulta de esa incapacidad de
pensar por uno mismo, es lo que tenemos. Así que de todo ese tojunto lo que
resulta es que al final los votantes de Junts o Trump son los que determinan la
capacidad de un legislativo a la medida de aquellos que son capaces con su
estrategia de seguir adelante con una sociedad cada vez más ciega a una justa
distribución del fruto del trabajo global.
El hecho de querer meter incluso con un calzador la palabra
tojunto, tan gráfica, pero sólo una referencia en definitiva de orientación
sobre lo que hablamos, puede empobrecer el análisis de la complejidad del
conjunto si mantenemos intacta su imagen. Así que vuelvo al punto de partida en
donde “definía” esa palabra en mi escrito: “Tojunto es como en ocasiones se
presenta la realidad ante la mente perpleja que trata de comprender”. Cuando
tratamos de comprender una realidad compleja, lo que se nos presenta es un
barullo de asuntos y posibilidades en los que el pensante trata de abrirse
paso, de aclararse. Ese es el contexto en que se mueve, creo, mi escrito.
Bueno, pues de hecho mi tojunto, como tú dejas en
interrogante al principio del primer comentario, no va precisamente por ahí. El
tojunto es la complejidad misma, de la que precisamente nace la riqueza de los
sabores y apreciaciones sobre la realidad, pero ojo, sin caer en la ingenuidad
en que creo se mueve tu planteamiento cuando sugieres que progresismo y
conservadurismo deberían enterrar su grosera relación a cara de perro e intentar
convivir y regularse mutuamente dentro de la democracia. Me vas a disculpar,
Enrique, porque realmente estoy convencido de que eso es una ingenuidad.
Ingenuidad pensar que el capitalismo va a ceder terreno para intentar convivir
y regularse mutuamente. Es precisamente lo opuesto
La bandera que enarbolara Margaret Thatcher que luchara por
desregularizar no sólo la economía sino también la educación. Todo en función
de la “eficiencia” material. Creo que era en el Ulises de Joyce donde
éste expone la metáfora de la gallina y el lobo. El capitalismo como sistema
económico lo asimilaba a una jaula en donde se encerraban juntos a las gallinas
y a un lobo. Te puedes imaginar lo que puede resultar de esa situación. ¿Quién
puede imaginarse un lobo con buenas intenciones dialogando con las gallinas? Y
ojo, no se trata de que el lobo haya entrado accidentalmente en el gallinero.
Se ha decidido organizar el gallinero según las reglas del lobo.
Me parece difícil que creas que esas reglas pueden ser
cambiadas con ese buen entendimiento que propones. Echa un vistazo sin más a la
cita que recoge Mark Fisher del Manifiesto Comunista, de Marx y Engels:
“[El capital] ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo
caballeresco y el sentimentalismo filisteo en las aguas heladas del cálculo
egoísta. El capital ha convertido el valor personal en valor de cambio y ha
sustituido un sinfín de libertades inalienables y particulares por una sola
libertad espeluznante: la libertad de comercio. En una palabra, ha cambiado la
explotación velada por las ilusiones políticas y religiosas por una explotación
brutal directa desnuda y desvergonzada”. En fin.
Yo había comenzado ayer tarde un escrito que hablaba de parecidas
cosas, pero leí tu comentario por medio y has conseguido que tras el desayuno y
mis ejercicios matinales vuelva a la andada matinal de reflexionar un rato sobre
tus propuestas. Dentro de un poco vuelvo a mi blog con lo que dejé anoche a medias.
Mientras tanto suena el teléfono, son mis hijos que van camino de la manifestación
de Sol. Mi nieta, me dice su padre, se quedará esta noche a dormir con los acampados.
¡Bravo por ella! Resucitemos esa esperanza amortajada desde los tiempos del 15M,
aquel “estábamos dormidos y despertamos”.

Existe una distinción muy clara entre buscar la justicia social y la regulación del mercado, y defender modelos decimonónicos de colectivización total que la historia ha dejado atrás. De hecho, gran parte del progresismo contemporáneo basa su identidad en esa diferenciación.
ResponderEliminarDesde mediados del siglo XX, el progresismo occidental llegó a la conclusión de que la vía no era destruir el capitalismo mediante una revolución, sino reformarlo y humanizarlo. El éxito de los modelos nórdicos europeos demostró que se podía alcanzar un alto nivel de bienestar en educación y salud pública utilizando la riqueza generada por una economía de mercado fuerte y regulada por el Estado.
Para el progresismo actual, las libertades civiles, el pluralismo político, la separación de poderes y los derechos humanos son principios innegociables. Los modelos basados en la "dictadura del proletariado" o en el partido único se perciben como fórmulas obsoletas que sacrificaron las libertades individuales en nombre de una utopía económica que tampoco funcionó.
El debate progresista de hoy ha evolucionado mucho más allá de las fábricas del siglo XIX. Los retos actuales se centran en la transición ecológica y el cambio climático, la regulación de los monopolios tecnológicos y de la inteligencia artificial, la igualdad de género y la redistribución fiscal; temas que el aparato conceptual del marxismo ortodoxo no experimentó ni previó en su totalidad.
La izquierda democrática moderna tiene una profunda sensibilidad social y un deseo de progreso, sin caer en dogmas económicos que, en la práctica técnica y humana, demostraron ser fallidos.
Que el "Manifiesto Comunista" tenga 178 años no significa que carezca de interés histórico, pero tampoco que sus propuestas sigan vigentes por el mero hecho de continuar siendo citadas. La realidad no se puede ocultar: podemos compartir la preocupación por la justicia social sin tener que asumir como propias unas soluciones políticas y económicas formuladas hace casi dos siglos y que la historia ha superado ampliamente.