El
Chorrillo, 11 de octubre de 2026
Más de un año
hace que dejé las redes. Es curioso, pero este acto de volver a incluir el vínculo de mis posts en las
redes sociales hace que me corra un leve runrún por la piel. ¿Qué será
esto?, me pregunto. ¿Cierto temor a la aparición de algún molesto comentarista? ¿Simplemente el hecho de quedar expuesto a lo público tras esta larga
reserva de más de un año? ¿Acaso porque abandono la intimidad que es en realidad mi blog? Sí, creo que el sentimiento dominante tiene relación con la exposición a que te ves sometido cuando ingresas en ese tinglado del Facebook. Es como dejar abierta la puerta de tu intimidad al anonimato de los otros. Quizás también la intriga de volver a encontrarme con gente
conocida. Una tentación esa de poder
ampliar el número de lectores de mi blog.
Hoy no caminé
ni hice ejercicios. Día raro de acaso reflexión. Reflexión, esperar a que tras mi operación de
uretra de la próxima semana se produzca un reencuentro con mi otro yo, ese que asomaba discretamente
esta mañana cuando abrí la web de Facebook y me encontré someramente con
antiguos amigos o conocidos. Volver acaso a ser yo. A ser yo en la medida de lo posible después de casi
medio año de hospitales.
Porque
acaso sea verdad que uno deja de ser yo cuando comienza una larga carrera de hospitales que se demora ya
desde las últimas semanas del pasado mes de abril. Que la realidad y las circunstancias puedan alterar ese yo… ¡qué difícil es
aceptarlo! Nadie sabe...
Nadie
sabe es el
título de la tercera película de Kore-eda que
veo esta semana, todas ellas sobresalientes, cuatro niños dejados a la buena de Dios en un piso de una ciudad y que nadie sabe
cómo se las van a apañar. Deja a cuatro niños en una situación así y comprobemos qué
sucede, parece sugerir la idea primera del film. Pese
a que se basa en un hecho real la historia sugiere diferentes desarrollos en
alguno de los cuales estaría implicada la capacidad frustrada en nuestra sociedad de que los niños sean capaces de atender a algunas de sus necesidades sin la concurrencia de los adultos, pero especialmente la posibilidad de que aquellos, más allá de una tutela desproporcionada,
puedan explorar su creatividad y sus posibilidades latentes.
Existe
una secuencia especialmente hermosa cuando los niños, condenados a permanecer encerrados en un piso, fuerzan esta condición y salen a la calle felices como quien estrena una nueva libertad. ¿Qué hacen entonces esos niños? Juegan, corren, sienten en sí la fuerza de una energía nueva que la permanencia en el
piso había dejado acartonada, una situación que
libera su creatividad y que les lleva
a recoger pequeñas plantas y semillas que más tarde adornarán la
terraza de su casa. La casa termina siendo un desbarajuste en el transcurso de las semanas, más si cabe cuando les cortan la luz y el agua y se ven
obligados a acudir a una fuente pública. Es hermoso
comprobar cómo precisamente en estas circunstancias, en que se ven
obligados a acudir a la fuente cercana para acarrear agua, les surge la
idea de convertir el balcón de la casa en un pequeño invernadero. En tiempos de
escasez de agua, el esfuerzo de los niños por regar sus plantas es una bella metáfora de la subsistencia y la relación del
hombre con su entorno, con la belleza; no sólo de pan vive el hombre, parece decirnos su director
Hirokazu Kore-eda. Los
pequeños detalles al margen de una sociedad de consumo
excesiva donde las personas, en este caso los niños, rezuman humanidad, ganas de vivir, deseos de afecto y colaboración, chocan enérgicamente con esa sociedad emergente desde hace décadas en que los
niños son como ositos de peluche a los que hay que mimar y proteger de la intemperancia del ambiente.
La admirable naturalidad de los cuatro niños
a lo largo de la película, con unos primeros planos gestuales, que amén de naturales subrayan profundamente el dramatismo de la
situación, es un elemento de primer orden que habla del buen trabajo de
las personas que han preparado la actuación de los niños. La adustez de Akira, el niño mayor responsable de los otros, filmado en unos planos que
abarcan sólo una parte de su rostro, la de los otros niños cuando un mínimo movimiento de los ojos o la boca hablan por
sí mismos, o incluso la alocada actuación de la madre, dan al film una
calidad de inigualable espectáculo.
Tras Un asunto de familia, Maborosi y la pasada noche Nadie sabe, las tres de Kore-eda,
confieso que siento deseos de ver toda la filmografía de este director.
De una lista exhaustiva por orden de calidad que me ha hecho el ChatGPT me veo
obligado a sortear el cine
norteamericano y sus aledaños, casi siempre motivado por la búsqueda de la sencillez. Me encanta cómo Kore-eda pone
el foco en la sensibilidad de sus personajes, su rastreo del mundo sencillo de la gente, de la infancia en concreto y especialmente su modo de diseccionar ese mundo más allá
de las convenciones, dirigiendo su mirada a través de los
pequeños gestos, digamos, de la profunda humanidad que resta en este barullo de sociedad confundida en medio de eso que llaman progreso y bienestar y que tan bien se
retrataba días atrás en la película De tal padre, tal hijo o incluso en Nebraska; en la primera la oposición entre
las aspiraciones para su hijo de un yuppie y la de éste que lo que
busca es ser feliz con otros niños, y en Nebraska, las aspiraciones de un anciano que por encima de todo busca
la felicidad de su hijo.
Vuelvo
al inicio de este escrito, Nadie sabe. Nadie sabe lo que me espera tras tanto hospital, tres operaciones pendientes
todavía, nadie sabe lo que les espera a Akira y sus hermanos, de los que aquél jamás querría separarse, de ahí su temor a caer en las manos
de los agentes sociales, nadie sabe, en fin, si las montañas y los vivacs seguirán esperándome
indefinidamente.

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