jueves, 10 de septiembre de 2026

Una cruz sobre mi cama de hospital

 



Hospital Montepríncipe, 10 de septiembre de 2026 

Sobre mi cama de hospital pende una cruz. Cómo es, me pregunto, que con los tiempos que vivimos todavía haya creyentes en el mundo. 

No se trata de tener fe o no sino de vivirlo en tu propia piel. Yo cuando era niño lo vivía en los poros de la piel, era de comunión diaria, pero desde que me hice mayorcito aparte de tener el conocimiento del mundo que da la cultura y la experiencia, aquello de la fe se disolvió como pasa un sarampión. Ahora, y no sintiéndome muy diferente a otros humanos, lo que sospecho es que existe una tropa de interesados que de una manera u otra dirigen el mundo del pensamiento, que son los que intoxican al resto del mundo instilando en el cuerpo social una suerte de infantilismo con sus propuestas. 

La última vez que asistí a una misa, un poco sólo porque no resistí aquel teatro, se trataba de una boda, sentí tan evidente la comedia que allí se representaba, que no es que simplemente saliera de allí escapado, sino que me producía indignación la pésima obra teatral que allí tenía lugar, y no sólo por el sacerdote que la representaba, sino también por la concurrencia de tantas personas que como yo, movidas por un acto exclusivamente social seguían haciéndole el juego al sistema y a la tradición. 

Es perfectamente comprensible que en tiempos antiguos estas creencias fueran aceptadas sin más. No lo es en la actualidad si no fuera por los intereses de todo tipo tras los que se pueden esconder tantos interesados, o que viven de ello, o que alimentan la modorra intelectual en la que como niños de teta me parece que duerme una parte considerable de la población en el asunto de la trascendencia, un deseo que a nivel subconsciente debe alimentar el deseo de pervivencia. 

Existen datos que apuntan al nivel de desarrollo y cultura como causas de esta situación. En México el 68 por ciento de la población cree en otra vida después de la muerte, mientras que en Suecia esa cifra se reduce al 38 % (en España un 47%). En Méjico, o México, como le gusta escribir a mi chica, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe contemplamos hace años una fila de cientos de metros en donde enfermos y sanos de rodillas avanzaban hacia la basílica. No creo que tenga que ofender a nadie que yo contemplara aquello en gran parte con estupor atribuyéndolo a una carencia absoluta de cultura. Otro escenario es el de la peregrinación a la Meca donde 60 millones de personas peregrinan cada año. Sin embargo existen otros escenarios notables en donde caben otras explicaciones. Se me ocurre, mezclando churras con merinas, referirme a las peregrinaciones que recibe el sepulcro de Mao a lo largo del año, unos 6 millones de personas. La pregunta que salta a continuación: ¿qué necesidad humana satisface la creencia en una instancia superior? ¿Es una promesa de permanencia: Dios, la patria, la revolución, la historia, la memoria del gran líder…? Un sustituto moderno de Dios no tendría por qué ser otro dios. Puede ser una ideología, una nación, una revolución, un líder político, una raza, una clase social, incluso el progreso o la ciencia cuando se convierten en objetos de adhesión absoluta.

Desde un punto de vista darwiniano nuestro cerebro parece extraordinariamente predispuesto a encontrar agentes, intenciones y causas. Y de ahí a asirse a un ser extraordinario que lo ampare y le garantice un deseo de permanencia que la Especie ha insuflado en sus genes, va un paso, ya que la conciencia anticipada de nuestra propia desaparición es extraordinariamente difícil de soportar; y por ello la posibilidad de una vida después de la muerte ofrece una solución perfecta para las expectativas de vida. Nada se acaba, todo continua y no sólo eso, como sucede en la religión católica, sino que después de la muerte estaremos en un perfecto paraíso. Cuando éramos niños chicos nos ofrecían un pirulí de fresa cómo recompensa de algo, el catolicismo para sustituir al pirulí inventó el Paraíso.

Evidentemente, la Especie, la evolución, no necesitó haber seleccionado directamente «la creencia en una vida eterna», pudo haber seleccionado capacidades como la imaginación y la capacidad de proyectarnos hacia el futuro. La religión podría ser uno de los productos que esas capacidades hacen posible.

Mi cerebro echa humo, así que se acabó por hoy. Victoria ha venido al hospital y la tengo abandonada con mi escritura. Ciao! 



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