lunes, 21 de septiembre de 2026

Más sobre el destino

  


21/09/2026

El amigo Muñiz me envía un comentario a mi post último  que me va a servir para escribir “algo” en este cacho de tarde. En breve viene a decir lo siguiente: Unamuno describe a una joven de Las Hurdes como símbolo de una vida natural, libre de las convenciones y artificios de la civilización. Su docilidad no es sumisión, sino flexibilidad y libertad, afirma, como la de un árbol silvestre. La escena le evoca a Rousseau y expresa también su idea de la vida silenciosa y auténtica de la gente humilde, ajena al ruido de la historia oficial (aquí) . Le contesto que me es imposible dar cuenta de ese paraje de Unamuno que cito en el post, una lectura que debí de hacer hace un tercio de siglo. En todo caso el rastro que conserva mi memoria de aquel encuentro de Unamuno con la moza está relacionado con lo que expresaba ayer en el post. Unamuno escribió varios libros de viajes y lo curioso es que de la lectura de alguno de ellos yo sólo conservase esa idea, la sumisión al destino tan propia de tantas personas que, mediatizadas por la situación económica, el hecho de ser mujer (entonces), el lugar de nacimiento, las condiciones económicas o sociales, etcétera, se ven obligadas a aceptar su destino como algo ineluctable.

Y por supuesto, razonable y conveniente, aunque no sin reparos, es la idea de que la docilidad de la moza puede no ser sumisión humillante, sino una flexibilidad vital dócil a las leyes de la propia naturaleza, algo que me recuerda aquel dicho japonés que reza que es mejor ser como el sauce que como el roble: cuando sopla el viento fuerte, el sauce se inclina y el roble se quiebra. Aquí habría que especular sobre la necesidad de encontrar un término medio, una síntesis entre ambas posturas. Según las circunstancias particulares, el juicio que tengamos puede variar. Unamuno, arrellanado en la realidad que le ha tocado vivir obviamente especula como quien dice de oído, y puede equivocarse igual que se equivocó al apoyar en las primeras semanas el Alzamiento Nacional. Siendo maestro he vivido el ambiente rural de una pequeña aldea asturiana perdida en la Cordillera Cantábrica. Tuve una excelente relación entonces con jóvenes de la aldea, que ilustra esa sumisión al destino que hace que la vida de las personas transcurra encerrada en unas condiciones económicas y sociales que determinan su trayectoria como personas. En este caso se trataba de jóvenes entre los dieciocho y los veinticinco años que apenas cumplían los años que les permitía acceder a un trabajo, se enrolaban en la mina a pocos kilómetros del pueblo. Entrar en la mina era económicamente un plato goloso para jóvenes que se estrenaban como currantes. Los sustanciosos sueldos para la ratio corriente de la época en la zona, les permitía pasar los fines de semana en Oviedo en una especie de desenfreno en donde dilapidaban una parte sustanciosa de su salario bebiendo o drogándose. Los lunes un microbús de la mina debía pasar con frecuencia por sus casas a recoger la piltrafa que quedaba de ellos para de nuevo meterles en el pozo oscuro de la mina. Eso era sumisión al destino.

Unamuno evidentemente visitó las Hurdes antes que yo. Victoria y yo lo hicimos en las Navidades de 1965, creo. Fue nuestro viaje de luna de miel. Armados con un macuto, saco de dormir y lo necesario para pasar unos días en la montaña nos dirigimos a las Hurdes con la idea de patear los lugares habitados más recónditos. En El Gasco fuimos apedreados; el día de Navidad, que descendíamos de las montañas donde habíamos vivaqueado entre la nieve, fuimos recibidos de manera muy parecida por los críos. Me ahorro detalles. Quien quiera puede recrear aquel ambiente en el documental de Buñuel titulado Las Hurdes: tierra sin pan (1933), de Luis Buñuel. Cuando leo las líneas que me manda el amigo Muñiz siento que de algún modo es víctima de una mirada excesivamente bucólica de Unamuno. Nada de ese clima idílico se respiraba en la cruda realidad de las calles de las Hurdes de aquellos tiempos. Poco después de regresados a casa pinté un lienzo de una niña abandonada a su suerte en la calle. El desvalimiento de una cría abandonada por los padres, que cobraban del Gobierno cierta cantidad de dinero a cambio de no enviarla a una institución que se ocupara de ella, es una de las imágenes más impactantes que recuerdo de mi juventud. También encontré caminando por los valles y montañas de Illimani, junto a La Paz, en Bolivia en aquellos años estampas parecidas de niñas de cinco o seis años cargando a la espalda con algún hermano mientras sus padres estaban en el monte intentando arrancar a la tierra unas miserables patatas.

A estas situaciones son a las que me refiero como sometimiento al destino. Cuando las personas, y especialmente los niños y jóvenes, no tienen en sus manos la posibilidad de determinar la orientación de sus vidas, sea por la falta de las condiciones económica que rodean sus vidas, por el entorno social o por cualquier otra situación, no cabe hablar de otra cosa que de sumisión al destino. Y gracias a los cielos o a lo que sea, cuando pese a todo esa pequeña humanidad que está marcada por el destino puede salir adelante. El destino marca, pero también la fuerza de voluntad y el deseo de superación ponen su granito de arena.


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