
El pinar donde cada mañana reposo de mi pequeña caminata. Al fondo, evidentemente, Guadarrama
El Chorrillo, 13 de junio de 2026
Ahora en mi hacer diario todo va más lento que de costumbre, con lo que mis escritos demoran en el disco duro esperando esa mano de nieve, o acaso, quién sabe, aguardando día a día a que esa rigidez que me persigue en mis movimientos y en mi pensar se suavice y termine haciéndose dúctil, optimista con el futuro, ese futuro que el amigo Enrique en su último comentario dice que no existe, pero que de un modo u otro termina condicionando nuestro ánimo a poco que te despistes. Así que, empujado por el viento de la mañana, la veleta de mis pensamientos deja a un lado un texto que había dedicado amigo Braulio, uno de los visitantes del pinar que visito cada para mañana.
Por cierto que en ese leer uno lo que escriben otros, caso mío y el de Enrique, la verdad es que echo de menos que éste deje por ahí, accesible a otros, trocitos de su experiencia y reflexión. Recuerdo que en los primeros tiempos en que empecé a publicar cosas en Internet, una de las esperanzas que tuve en mente era la de que entraba en un medio con grandes posibilidades de diálogo, de comunicación e intercambio, algo que se demostró con el tiempo como un ideal sin base práctica. Aquel “pienso, luego existo” de Descartes, acaso podría trastocarse en “escribo, luego existo”. En un mundo donde el tiempo se nos escurre de las manos constantemente, donde los tiempos para pensar, para contemplar el panorama de la vida desde un altillo, para mirar la existencia en perspectiva, son tan escasos, que imagino como un excelente medio para saber de nosotros mismos, de la vida de los demás, de la realidad en general, el coger la pluma o el ordenador a fin de ordenar nuestro pensamiento. Quien no dedica un tiempo de su hacer diario a estas cosas corre el peligro de dejarse arrastrar por el ruido de la calle, de la prensa, de los medios de comunicación en general. Tanto y tanto ruido por todos los lados, que difícil es hacerse una idea de las prioridades que deberían guiar nuestra vida personal, familiar o social.
Habla Enrique en su último comentario de ese tipo de obviedades que teniéndolas frente a las narices no logramos ver. Son como aquel sobre de la historia de Poe. Creo recordar que el protagonista del relato necesita esconder urgentemente un sobre que contiene algo que puede crearle serios problemas. Ante la urgencia de la policía aporreando la puerta de su casa este personaje coloca el sobre en el lugar más visible de su casa, la repisa sobre el hueco de la chimenea. La policía registra toda la casa sin dar con el dichoso sobre, que se encuentra durante todo el registro frente a sus narices. Así sucede con frecuencia, que tan embebidos estamos en nuestro hacer diario que fácil es perder el norte y olvidarnos de lo que es verdaderamente importante, lo obvio, lo que tenemos frente a las narices y no queremos ver. Ejemplo al canto de un maestro, de un servidor, que empleó cuarenta años de su vida en la enseñanza. Una de las cosas más desazonadoras durante esos años era tener reuniones con determinados padres a los que la obsesión por ganar dinero les perdía. Padres de hijos abandonados que no tenían tiempo para sus criaturas. Padres que durante muchos años no tuvieron la oportunidad de atender y convivir con sus hijos. Tantos asuntos tan sumamente importantes que atender…
Enrique vuelve a recordar en su comentario último aquella idea de Horacio de que sólo el presente existe, carpe diem. Atender a lo significativo, vivir el presente, se me aparece estos días especialmente atractivo más allá de los cantos de sirena de hace semanas que añoraban mis largas caminatas del verano y ponía la vista en una rápida recuperación. Ahora poco a poco me voy adaptando a mis circunstancias y el hecho de encontrar que mi caminata de esta mañana la podía hacer a un paso más ligero sin que el corazón se me pusiera a cien me dio parecida alegría de alguien que poco a poco empieza a confiar en un futuro posible. Es necesario vivir al día, pero también es cierto que es muy difícil deshacerse de la incertidumbre de lo que te espera mañana o pasado mañana.
Cuando digo que solo existe el presente no pretendo negar la inquietud que inevitablemente nos produce el mañana, y menos aún en circunstancias como las tuyas. Sería poco humano exigir indiferencia ante lo incierto.
ResponderEliminarLo que intento expresar es que, al igual que los milanos, los corzos o esos gorriones que nos acompañan en nuestro día a día, nuestra vida transcurre siempre en ese estrecho puente tendido entre un sueño y el siguiente. Es ahí donde realmente actuamos, decidimos, amamos, sufrimos y cuidamos de los demás. El pasado persiste en la memoria y el futuro en la imaginación, pero el único espacio donde podemos intervenir es en el presente.
Comprobar que hoy el corazón responde un poco mejor que ayer es una satisfacción del presente, porque el futuro no ha llegado, pero el presente sí, y puede ser vivido con atención y gratitud, incluso cuando viene acompañado de limitaciones que no habríamos elegido.
También es cierto que, en medio de ese ruido que mencionas, encontramos gestos de solidaridad auténtica: amigos que acompañan, médicos y enfermeras que cuidan, vecinos que ayudan y familias que sostienen.
Así que sí, vivamos al día, pero sin convertirlo en una consigna rígida. Acojamos el presente tal como llega, con sus alegrías y sus incertidumbres. Y cuando el mañana asome inevitablemente a nuestros pensamientos, procuremos que no nos robe la posibilidad de saborear este pequeño tramo del camino que hoy tenemos delante
A este enfoque del presente se me que ocurre que le podríamos añadir, como fenómeno perceptivo, una especie de historia del mismo. El presente percibido por un joven de veinte, no, no percibido sino sentido; sí, cuando tenías esa edad, recuperarlo mentalmente para otros periodos de la vida, la que vivimos en este instante, la de los cincuenta, la de, etc.
EliminarSería interesante colocarse mentalmente, en lo posible, en períodos distintos de nuestra vida y tratar de reconstruir la percepción que teníamos entonces de/en ese presente, si es que acaso la teníamos. Es un ejercicio que he hecho en ocasiones sin llegar a ninguna conclusión, pero en cuyo caso siempre me ha salido una sonrisa. Verse en el presente de diferentes edades aligera la seriedad con la que en ocasiones percibimos el presente de hoy. En este caso la ironía puede ser una excelente compañera.
Un tema interesante que quizás merezca alguna reflexión adicional.
La vida se compone solo de dos partes, es decir, es binaria: la vida y la muerte. Hay que vivir la primera parte intentando evitar que te atrape la segunda, con la que, inexorablemente, estamos citados. Desde la premisa del ejercicio de abstracción que me propones, no es solo para esbozar una sonrisa, es también para arquear la ceja. Mi pragmatismo me impide con frecuencia ciertas licencias; es decir, necesito en todo momento saber exactamente dónde estoy pisando. Recordar que a los veinte años nos ahogábamos en un vaso de agua que hoy ni siquiera vemos nos sirve para medir con más acierto el tamaño real de los problemas de hoy. Es puro análisis de nuestro archivo. Mi utilitarismo te ancla a una realidad con la incertidumbre del mañana, y tu capacidad de abstracción e ironía es la herramienta que utilizas para sobrellevar el peso del hoy. En mi época de escalador era fundamental saber dónde ponías los pies; nunca me he caído y he ido a muchos más entierros de amigos de los que me hacían falta. Esta realidad pesa más que cualquier reflexión sobre el presente; habiendo visto partir a tantos, mi prioridad es mantener la estructura, seguir caminando con paso firme y no perder el equilibrio.
ResponderEliminarComo esta mañana estoy más tocado por tu primer comentario que por el segundo, mejor sigo la línea del primero.
EliminarEn esta situación me pilla la lectura de tu comentario: Repantingado en una chaise long que traje expresamente al pinar cercano a casa y que espero no se lleven. Punto de reposo en mi caminar diario de tres kilómetros.
Sean cuales fueren nuestros pensamientos en torno a esa línea del tiempo en que nos movemos, lo que sí es cierto es que el sólo hecho de mencionar estas ideas ya es en sí una llamada, para quien lee o escribe, para ahondar en la idea, para que quizás en algún momento se nos haga omnipresente por encima de ese "ruido" en torno a la vida que a veces nos hace olvidar nuestra verdadera condición , ese mundo interior y social cercano que es la base de la existencia.
Si nos arremangamos y nos armamos de valor lo mismo podríamos escribir un libro en comandita sobre estas tan importantes cuestiones.
Ayer releía un relato de Stefan Zweig titulado Cicerón. Al final Cicerón es desterrado por César, pero después de que Bruto y Cayo se cargarán a César, Cicerón, que había encontrado ese remanso de paz e inteligencia que es la vejez vuelve a la vida pública. Craso error que le llevaría a ser degollado y vilipendiado por los esbirros de Antonio. Así que eso, vive el presente, como dices, y disfruta del sol y la lectura
Esta mañana, durante la ducha diaria -que suele ser para mí un lugar de reflexión durante los aproximadamente veinticinco o treinta minutos que duran mis abluciones matutinas- me vino a la cabeza una palabra que se coló en mi comentario de ayer: concretamente, «binaria», en relación con la vida.
ResponderEliminarAfirmé que la vida, con sus dos únicas opciones, vida o muerte, era binaria. El significado de esta palabra lo he tomado de la informática, es decir, del sistema de ceros y unos que funciona a modo de interruptor: encendido o apagado.
Sin embargo, ahora me pregunto si esa expresión es adecuada. La vida y la muerte constituyen un binomio que funciona conjuntamente; la muerte no es una alternativa externa a la vida, sino una parte inseparable de ella, entendida como su término inevitable. Por ello, creo que quizá sea incorrecto denominar «binaria» a esta relación.
También a mí me sonaba a que no encajaba del todo. Quizás fue esa palabra, binaria, la que me invitó esta mañana a tirar de la cuerda para escribir...
EliminarAyer tarde tuvimos en casa una fiesta de cumpleaños, mis hijos mellizos, Mario y Lucía, cumplían 47 años. Nacieron con siete meses de embarazo y con un peso inferior a un kilo. Estuvieron entre la vida y la muerte muchas semana con una esperanza de vida en torno al cuarenta por ciento.
ResponderEliminarAyer en la tertulia posterior q la fiesta surgieron estos temas que comentas, nuestra fragilidad aparecía como un imperativo universal que nos hizo reflexionar a un nivel raramente alcanzado en nuestros encuentros familiares.
Cuando uno entra en este terreno pareciera que la realidad del mundo se circunscribiera a una situación binaria en donde sólo existe el uno y el cero. Haciendo un esfuerzo por integrar ese concepto, binario, yo defendía que vivimos dos realidades, la realidad interior, profunda, interpelativa donde el individuo y su entorno es el centro de todo y la otra, el mundo exterior y todas sus complejidades económicas, sociales, políticas, etcétera.
En esa sucesión en donde el uno y el cero, el yo y lo otro, los otros, que conforman la realidad, existen circunstancias, digamos importantes o incluso determinantes, que actúan repentinamente como una luz en plena oscuridad, se acciona el interruptor y nuestra percepción hasta entonces centrada en el mundo y sus distracciones, de repente cambia a un estado de interiirizaxion, reflexión, en donde el ruido del mundo languidece, pierde valor en favor del individuo y su entorno. La referencia a la alternancia de este mirar podría compararse a cuando vamos en tren y entramos en un túnel con boquetes intermitentes que dan al campo. Esa secuencia en donde se alternan nuestro interés por lo que sucede en el mundo con el exclusivo interés por uno mismo y su entorno humano. Oscilamos constantemente entre lo social y lo individual, sin embargo cuando el entorno individual pasa por circunstancias delicadas que le afectan profundamente, lo social, lo que está más allá de ti, de los tuyos, se diluye en el plano tu conciencia.
Escribo en el pinar verano a casa mientras descanso antes de volverme a casa. Hoy traje comida y agua para los pájaros y ahora me queda el camino de regreso que poco a poco voy haciendo con menos fatiga.
Ed probable que en algún momento del día retome estas reflexiones y las utilice para mí diario
Veremos. No repaso el texto.