lunes, 15 de junio de 2026

Un día de escuela en el pinar

 


Ayer olvidé incluir un relato que mencionaba en mi escrito. Éste era:

 

 UN DÍA DE ESCUELA EN EL PINAR

Las tareas fueron concluidas, les esperaba la excursión del pinar. El grupo más numeroso de niños había llegado hacía un rato y Andrés esperaba a los más rezagados bajo la sombra de los primeros pinos. Le vio venir por aquel camino junto al aeródromo, un camino ancho espigado de cebadas altas y doradas a los lados. Al fondo, contra los olivos de hojas verdeazuladas el paisaje se torcía en un tapiz de leve plumaje hecho de gramíneas ligeras y brillantes. En el brazo derecho, recostado en una voluminosa escayola, se acurrucaba el chucho, un cachorro rechoncho y lanudo de pelo ceniciento y grandes manchas pardas. La mano libre se demoraba tiernamente entre las orejas garrapatosas jugando con el hocico y hundiendo sus uñas negras en los pliegues del cuello. El pelo, greñudo, sucio, caído sobre la frente hasta la línea de las cejas; el chándal, amplio, negro; el paso calmo, distraído; la mirada embelesada en la somnolienta expresión del chucho; la media sonrisa remedada de distancia en el hueco del cielo.

Sobre el suelo gredoso caía un sol seco y tajante que desmadejaba las disposiciones y aplanaba la voluntad con el peso enorme de la hora.

Su sonrisa era una sonrisa retenida; un halo de tristeza cruzaba sus ojos fugazmente en precisos momentos del día. El camino era ancho, desmesurado, excesivo, él, pequeño, exiguo, como un batir de alas apagado en el fondo de cualquier tarde de tráfico de autopista. Los adultos siempre tienen prisa, desasosegados por grandes e inaplazables asuntos que precipitan los días y las noches en pozos insondables, insustanciales, plenos de actos que sólo se justifican a sí mismos, actos sin chicha ni limoná, como el conejo de plástico que corre delante de los galgos en un canódromo de locos.

Las hermanas de Tomás crecen pechugonas y rollizas al fondo de un pasillo de tránsito difícil, apenas con tiempo para sí mismas, enjauladas en hoy, mañana, pasado mañana. Un día le preguntaron sobre el colegio, le echaron una mano, aquello encendió una lucecita que apenas pudo sostenerse unas horas, luego volvió la oscuridad, la vida fuera del tiempo y el deambular por la casa vacía, los pasos distantes de la madre en la cocina después del trabajo.

—¡Profe! ¡profe! Tomás trae un perro —un grupo de criajos corría hacia Andrés, pregonando por el camino el hallazgo. Otro grupo más numeroso desaparecía en el pinar de los Frailes espoleados por la ansiedad de ver la cabaña de Tamara y Mercedes.

—A lo mejor la han destruido —se echaba atrás Tamara después de engolosinar a todos durante el camino con una descripción muy imaginativa de los cuatro palos y algunas retamas que ellas llamaban cabaña.

—Pues seguro que ya no queda nada —añadía Mercedes.

— ¿Dónde está?, ¿dónde está? —se inquietaban algunos.

— ¡Venga, vamos! —y salieron corriendo hacia el otro extremo del pinar donde sobresalían unos eucaliptos escuálidos.

Carlos era ahora compinche de Tomás, desde que definitivamente se quedó en la cuneta arruinado por una pereza infinita que le subía del fondo del alma, se habían hecho amigos inseparables, unidos entonces por una solidaridad que nacía de la indolencia mutua que los hermanaba. Carlos sonreía con benevolencia hacia sí mismo esbozando un risueño contento como quien se conforma con un trocito de pastel que otros se comen a grandes bocados.

—Cuando llegamos a aquel pino alto vimos que Tomás tenía un animal en los brazos —Gema hablaba moviendo todo el cuerpo, abría unos ojos enormes mientras gesticulaba— es un perrito que se encontró, es chiquito y me lo dejó tocar, le dije: ¿El perro muerde?, y él me contestó: ¡Qué va a morder!

Por el camino, entre dos filas de pinos, escoltada por Tomás y Carlos, bajaba Zulaika con el chucho.

—Joroba siempre lo tienes que coger tú, ya estoy harta —a su lado casi indignada Virginia, estirada y cejijunta forcejeaba con Zulaika para arrebatarle el perro.

—Profe —se adelantó Gema García— yo creo que el perro tiene garrapatas.

— ¡Correr, venid! —un grupo de tres o cuatro, encabezados por José, corría pinar abajo embalados como una moto.

—Sí, ¿pero dónde es? —decía César desde la rama de un pino, mientras pasaba como una exhalación por debajo de su árbol este tropel de voces.

—Aquí, en el sitio de la arena gorda. —La voz venía ya detrás de un montículo próximo.

— ¡Venid, venid!

—Si no te veo.

— ¡Ah!, estás aquí —llegaron todos.

Antes las expectativas de aventura el cachorro quedó abandonado a su suerte, dio cuatro vueltas por los alrededores y, muy seguro de lo que quería, visto el panorama, se metió bajo los pantalones de Andrés que pasaba distraído las hojas de un libro sobado y amarillento, Unamuno, Viaje por tierras de España y Portugal. Llegó la voz de Ángel Luis por detrás de unas jaras:

¡Cuando yo era pequeño... —Andrés lo miró parpadeando, «cuando yo era pequeño», Ángel Luis tenía nueve años, el pelirrojo de su hermano que asistió a la escuela tres años antes que él se había quedado en un rubio intenso de bucles sedosos, tenía un expresión dulce de media sonrisa bailándole siempre en la cara. Lo dice espontáneamente, tan lúcido... Andrés reconsidera las palabras que le llegaban. Cuando yo era pequeño... eso podría llenar varios libros: el desgarro de los momentos de la adolescencia, las ilusiones de robinsón, ¡no, no era capaz de reconstruir lo simple!, la noche es húmeda... cosas así. Los recuerdos pujan por salir a flote desde algún difícil rincón del cerebro, el grano aventando de algún lugar entre Sahagún y León, las impresiones casi místicas de una mañana de domingo en la catedral de Santiago, pero todo esto se desvanecía cuando tenía que reencarnarse sobre el papel. Unamuno era un viajero que recorría el paisaje con el diario en la mano, no sirve, en cierto modo se parece a los japoneses que surcan el mundo pegado el ojo al visor de la cámara fotográfica.

Había visto acercarse a Tomás con el perro sobre los brazos y en seguida había imaginado unos planos cinematográficos con aquella escena. Tomás es un niño que le ha dado un trabajo fuera de lo común, no hace nada en la escuela, sus padres están divorciados, su madre debe estar muy ocupada, a estas alturas le falta empuje para asumir tamaña responsabilidad, ha desistido hasta el punto de que Tomás vegeta, mira al aire, se embelesa con alguna idea lejana, arrastra la impotencia insuperable del abandono; todo bajo la aparente y a veces dolorosa indiferencia de Andrés.

A pocos metros le seguía Carlos, Liza Minelli. Le hizo mucha gracia encontrar un parecido tan asombroso entre su cara y la de la actriz de Cabaret. Es un crío pequeño de cara blanca y relamida. Liza Minelli  es retorcido con cara de bueno por fuera pero con una buena mala leche por dentro. Dos días antes, arrobado por las maravillas de la punta del lápiz, fue describiendo, durante diez minutos ininterrumpidos, caminos, caminos reiterativos de ondulaciones arriba y abajo, sucesivamente, en el borde la espiral del alambre que retenía las hojas de su cuaderno de trabajo. Terminada la exploración en torno al alambre abrió el cuaderno en la primera hoja y se extasió de nuevo en largas y prolongadas meditaciones. Cuando había que hacer grupos en clase para determinados trabajos siempre se quedaba unos pasos atrás, quizás alguien le solicitara, pero no, a los otros compañeros les gusta elegir niños que sean amigos o por lo menos que sean capaces de hacer la misma tarea que ellos. « ¿Y tú, Carlos?, le preguntaba Andrés, y él levantaba los hombros expresivamente rodeando el gesto con un ademán retraído de qué-se-le-va-a-hacer; inclina la cabeza hacia delante, menea las cejas y mira retraído y lejano al maestro.

Los niños volvían una y otra vez a contar las novedades de sus exploraciones.

—Mira qué gusano he encontrado —Samuel y Beatriz trataban de capturar toda clase de bichos en un frasco de mermelada que se habían encontrado.

—Corre, mételo en el frasco —Samuel, el niño de los dinosaurios, se empeñaba en decir que habían capturado un gusano de seda. Era capaz de lanzar una conferencia entera sobre la vida y obra del tiranosaurus rex pero del resto andaba un poco despistado. Insistían en mostrar a Andrés su gusano de seda. Andrés, con mal disimulada desgana, les dijo que vaciaran el bote. Entre la arena negra del pinar apareció un insignificante gusanillo de color oscuro. Nada de la sedosa morbidez de los gusanos de seda que habían tenido otros años en clase.

—Podíais ir a investigar a ver si encontráis algún animal más grande —sugirió, quería que lo dejasen en paz, estaban a final de curso y esta tarea con los niños había dejado de ser divertida; el estímulo, por razones muy diversas, había ido desapareciendo poco a poco hasta convertirse en apenas un regato que pasa por largos y profundos periodos de sequía. El paisaje de la escuela quedó agostado y maltrecho por el ejercicio consecutivo de década y media. No, el tiempo había pasado destructor, asolando con la realidad diaria las esperanzas y las disposiciones más inquebrantables.

— ¡Profe, ven, mira! —Mario había encontrado un pájaro muerto y pretendía haberlo cazado él. No podía pensar en Mario sin que ello le produjera una dolorosa sensación de impotencia, después de dos años no había conseguido que separara medianamente bien las palabras, que garabatea a duras penas. Ante sus compañeros inventaba proezas y hazañas inconcebibles que lo resarcían ante sí mismo de sus pobres resultados escolares. Era un caso perdido.

El cachorro había encontrado un buen lugar para acurrucarse, quizás pensó que con aquello ya estaba camino del hogar; se subió al regazo de Andrés y lo miraba desde abajo con cara de perro degollado pidiendo clemencia.

—El perro se ha ido con el profe —Gema García le gritaba desde lejos a Piedad. Se acercaron y dijeron:

—Profe, ¿nos dejas al perro?

— ¡Claro! ¿y por qué no lo lleváis a dar una vuelta? —dijo él. Sería una buena idea que lo dejaran solo. Sumisión al destino, le llamó la atención una descripción que hace Unamuno de una esbelta moza montada sobre un asno camino de la huerta, sumisión al destino, intentaba relacionarlo con algo que tuviera que ver con otras ideas que a veces cruzaban por su pensamiento, pero palabras e ideas se escurrían hacía otros derroteros. Destino es un sustantivo pegajoso y desagradable, la palabra se le movía por dentro como si se hubiera rozado alguna cuerda de registro desconocido, como si estuviera despertando, inquisitorio, algún pensamiento remoto relacionado directamente con algo vital. Las palabras, su significado, atravesaban, frágiles, la tenue capa de su conciencia. ¿Qué era el destino? ¿la posibilidad plausible y necesaria dentro de otras cien opciones? ¿el cauce único del torrente, del arroyo, del río? ¿Qué es sumisión? ¿No hay más remedio ni alternativa que aquella que viene del cielo, de una opción primera, del amasijo de fuerzas que la persona y la sociedad van levantando en torno como una tela de araña recia e inaprensible? Recordaba haber reflexionado sobre esta idea hace algunos años, intentó saber cuándo fue eso pero no lo consiguió.

Desde el fondo de su cavilaciones advirtió que llevaba un rato oyendo a un coro de niños llamando insistentemente a Tomás. Era un bosque claro de pinos con unos pocos arbustos, en la hondonada que bajaba hacia el este había pequeños robles raquíticos y algún eucaliptos. Hacia el norte, sobre una pequeña loma, crecían carrascas y rebollos. Un grupo  numeroso de niñas jugaba en lo alto de la loma.

Del fondo de la hondonada, ahora sí, de nuevo las voces de llamada; Tomás no respondía. Entre los árboles del fondo vio subir a Carlos seguido por César y José.

— ¡Profe! ¡Tomás se ha perdido! —gritaban repetidamente desde lejos los tres.

Cerró el libro que estaba leyendo y echó a correr. «No es posible, es un terreno llano sin ningún peligro, tendría que haber oído las voces hace rato», iba pensando mientras bajaba precipitadamente hacia los niños que venían desde la hondonada. Por dentro se le había empezado a poner en movimiento un pequeño dispositivo de relojería que funcionó a modo de alarma y golpeó con impasible frialdad alguna parte sensible de su sistema nervioso. «Después del pinar sólo hay campos de cultivo, el pinar no debe tener más de cuatrocientos o quinientos metros de largo», mascullaba bajando a grandes zancadas una pendiente de matorrales y piedras blancas. Atravesó unas retamas altas y se metió en un jaral para tomar un camino oblicuo que bajaba recto hacia los últimos eucaliptos. Un nudo en la garganta se empezó a estrechar con energía, gritó con fuerza:

—¡¡Tomaaaaás!

No quería que los niños se asustasen pero no era capaz de controlar su propio miedo que empezaba a subirle con la certeza de lo inevitable; un golpe, un desmayo, quién sabe.

Oyó llamar alternativamente desde sitios diferentes a otros niños. Algunas voces venían desde muy lejos al otro lado de la loma.

Se paró junto a Carlos.

— ¿Cuándo le habéis visto por última vez?

—No sabemos, se marchó por allí —y señalaban la parte más retirada del pinar en el límite con una viña abandonada.

Detrás de los árboles, entre las viñas y el bosque, pasando una fila de cipreses que marcan el límite con el campo, cruzaba un camino que subía derecho una pequeña pendiente al otro lado de las vides. Ordenó a los niños que se quedaran allí, y él se dirigió hacia el viñedo. Después de los cipreses torció a la derecha y volvió a gritar:

— ¡Tomaaaás! ¡Tomaaaaás!

El hado de la irracionalidad sembraba todo aquello de pozos oscuros y profundos donde el miedo impedía gritar un nombre. Se enganchó en una rama y cayó de bruces en el suelo. « ¡Mierda!» Todavía podría estar tras las retamas que apuntaban cien o doscientos metros junto al camino.

No se oía nada, los niños habían vuelto posiblemente a los juegos con los que estaban hace cinco minutos. Se detuvo, sólo los pájaros quebraban un silencio infame y perturbador. La cueva del Minotauro, las olas rompiendo negras, cercanas, salpicando de miedo esta angustia de tarde. Volvió a correr rápido, desesperadamente, hablando solo.

La carrera desordenada le dejaba sin resuello, sentía hincársele en la carne un silencio hondo y doloroso. No quería imaginarse lo peor, pero ahí estaba, punzándolo con esa posibilidad innombrable. Los segundos parecían pasar vastos y dilatados como el mar. Andrés levantó la vista, el cielo era intensamente azul, vigorosamente duro y descarnado.

Rodeó un sembrado de avena, subió una pendiente marcada por profundas rodadas de tractor, pisó un macizo de chupamieles, había amapolas entre la avena. Una flojera le subía por los muslos. «Es irracional, no puede ser, no ha podido desaparecer, al menos un grito, un rastro, yo qué sé», se repetía machaconamente. Sólo faltaba un corto repecho para terminar aquella cuesta. « ¿Qué haré?», no podía imaginarlo, «la madre, esa señora rubia de aspecto cínico y ostentoso...» Quiso gritar el nombre de Tomás pero no pudo.

Cuando la tensión se hacía angustiosa llegó al final de la cuesta.

En el alto todo estaba tranquilo, increíblemente calmo. Tomás trataba de tensar una cuerda de pita entre las puntas de un palo, con el brazo escayolado sostenía un extremo mientras que con la mano izquierda trataba de hacer un nudo en el opuesto.

El cielo era intensamente azul, el campo amarillo, la avena tenía el movimiento ligero que le proporcionaba la brisa metida entre sus tallos.

Andrés lo ayudó a terminar el arco, recogieron las flechas y bajaron hacia el pinar. Cerca de los cipreses Tomás probó una flecha, la caña voló unos metros y quedó colgada en una rama, Andrés con uno de los extremos del arco golpeó la rama y la flecha cayó al suelo. Bajaron a la hondonada y, después de las jaras, Andrés se desvió y fue a recoger el libro que había quedado tirado junto a un pino.

— ¡Mira, Gema, un nido deshabitado! —decía Piedad señalando las ramas bajas de un eucaliptos.

— ¿Por qué no vamos a ver si hay huevos en el nido?

—Gema, no es un nido es un poco de paja ¿no lo ves?

Luego, un grupo se enredó con los restos de un columpio, Aníbal pregonaba:

— ¡Venid! yo sé donde hay un columpio.

— ¿Dónde está?

La maroma colgada de una rama atrajo a un grupo de siete u ocho niños.

— ¡Andá, cómo mola! —dijeron algunos.

Más lejos:

— ¡Eh, venga, vamos a echar carreras!

—Abajo hay un columpio y una manta.

Cuatro niñas se acercaron:

—Tía, ¡cómo mola la cabaña que hemos hecho Mercedes y yo! —chiquitina, pecosa, con cara de diablillo y aspecto de hacer lo que le da la gana en casa, Tamara no se arredraba ante su estatura y llevaba siempre de aquí para allá a un grupillo al que atraía con algún señuelo divertido. Era extremadamente gracioso verla dirigirse a Andrés en clase. Profe, decía, y se ponía a un palmo de él y levantaba la cabeza echándose hacia atrás como si tratara de ver allá en lo alto los signos de una respuesta que no tardaría en llegar.

—Mirad lo que hemos encontrado —habían montado unas diminutas parihuelas y traían en procesión los restos de un gorrión, unas cuantas plumas informes.

Los niños, fieles a la hora convenida, se fueron acercando. De los pequeños grupos se desprendían los pormenores de los hallazgos como chispas de una fogata de plásticos.

Sonó el silbato y los rezagados se unieron al grupo, Tomás volvió a coger su perro y todos, en un revoltijo de voces y carreras, emprendieron la vuelta dejando atrás las cebadas altas y doradas, los olivos plateados, el camino blanco y estirado como una daga bajo el sol duro y vertical del mediodía. Se oía la voz de Andrés: « ¡Vamos, los últimos, que llegamos tarde!» Una tenue polvareda quedó suspensa en el aire.

 


2 comentarios:

  1. Es una lectura evocadora que logra, magistralmente, contraponer dos temporalidades y estados de ánimo con una prosa madura y de gran riqueza léxica; no me extraña nada que ganara un primer premio literario.

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