Madrurada del 5 de abril de 2026
Era la una de la mañana, tenía que fuertes dolores en la pierna y pedí consejo para distraerme, pedí una película sana y divertida. El sistema me recomendó . La elección cayó sobre Hangover (Resacón en Las Vegas). Resistí media hora o algo más: un bodrio. Prefería terminar la noche mirando el fuego en la oscuridad de la cabaña.
Es burda, grosera, ofensiva y, sobre todo, reveladora. Reveladora de quién consume este tipo de basura y de lo que ese consumo dice de nuestra sociedad. Esta película no es solo un mal gusto aislado: es un espejo de la mediocridad que se premia y se reproduce. Y sí, tiene un público enorme. Estados Unidos y más allá. Gente que ríe con lo fácil, con lo vulgar, con lo que no exige pensamiento o qow ser ríe de los calores condicionales.
Si bien la película es extrema, lo que refleja es un fenómeno mucho más profundo. El sistema moldea al votante. Lo infantiliza. Lo convierte en receptor pasivo de normas y pensamientos que no le pertenecen, que provienen de intereses ajenos. No es un juicio moral: es un diagnóstico. Cuando la cultura se simplifica, cuando la educación crítica es mínima, el espectador adopta ideas y comportamientos que no son suyos. Se acostumbra a lo inmediato, al estímulo rápido, al golpe de efecto.
Muchos de los grandes detentores del poder, analfabetos funcionales, psicópatas y gente similar… No, ellos no generan la mediocridad: se sirven de ella. Harari lo pregunta directamente: ¿por qué los ciudadanos votan a personajes mediocres o incluso estúpidos? La respuesta no está en la incompetencia de los líderes, sino en la preparación del terreno. Los relatos simplificados, cargados de emoción y de estímulo inmediato, arrasan donde el pensamiento crítico ha sido atrofiado.
Si bien esto tiene consecuencias políticas evidentes, alcanza también al ámbito cultural. La gente deja de leer a los grandes autores, deja de acercarse a cine que exige atención y sensibilidad. Tarkovsky, Chaplin, Buster Keaton, Larry y Hardy: obras que construyen risa con inteligencia, con ritmo, con ingenio, con mirada sobre lo humano. Hoy, esas experiencias son minoría. La mayoría consume lo burdo. La risa se vuelve reflejo de hábitos inducidos, no de juicio propio.
El problema es sistémico. La infantilización del pensamiento, la búsqueda de gratificación instantánea, la falta de curiosidad activa: todo eso produce ciudadanos que aceptan lo que se les da sin cuestionar. Y aceptan lo que se les da porque se les ha enseñado a hacerlo. La estupidez se normaliza. Y lo peor: se reproduce. Es funcional, destructiva y vergonzosa.
Si bien pensar es difícil, hay que hacerlo. Ortega y Gasset lo decía claro: si no despabilamos nuestro pensamiento y nuestro afán de conocer, nuestro cerebro retrocederá en el campo de la civilización. No es un lujo el acto de pensar. Es supervivencia intelectual. La cultura, la lectura, el cine exigente, el pensamiento crítico: todo eso es defensa. Defenderse de la simplificación, del estímulo fácil, de la mediocridad que se nos vende como normal.
Vuelvo a la película que motivó este texto. El film no es un chiste malo: es un aviso. Es la expresión de un ecosistema que premia la mediocridad y la reproduce. Que moldea a los espectadores y los acostumbra a aceptar lo que sería inaceptable en otro contexto. Y si lo aceptamos sin resistencia, estamos aceptando la dirección del mundo: un lugar donde lo fácil domina, donde lo superficial se impone y donde el pensamiento independiente queda al margen.
Esto no es solo cine: es política, cultura y sociedad. Y si queremos que cambie algo, debemos recuperar la inteligencia activa. Leer, mirar, pensar, discutir, exigir. No hay atajos. No hay excusas. Lo que se premia, se reproduce. Lo que se ignora, se extingue. La película solo muestra, con brutal claridad, lo que sucede cuando la humanidad deja de pensar.

Como bien señalas, ofreciendo un acertado diagnóstico clínico de nuestra época, el peligro no es el chiste vulgar, sino la atrofia del músculo crítico. Mientras la masa celebra colectivamente a unos personajes indescriptibles en Las Vegas, tú reivindicas la lucidez de don José, quien, en su sabiduría, nos pedía incentivar el pabilo para que persista la llama, y el humanismo de don Buster. Mirar el fuego en la oscuridad no solo constituye un acto de rechazo al "bodrio", sino que es un ejercicio de resistencia de la inteligencia ante la ceguera obligatoria. En un mundo que muestra su amnesia ante la ordinariez y la barbarie asesina, elegir el silencio reflexivo de tu cabaña es, quizás, el acto político más subversivo que nos queda.
ResponderEliminarMe puede el desánimo, Enrique. Es todo tan sangrantemente estúpido, ruin, canallesco... ahí tienes al llamado la pueblo llano viendo la guerra como un juego y haciendo un chiste de la vida entera y riendo a carcajadas la estupidez más sangrante. Hemos perdido la nobleza y la salud del humor convirtiendo todo en basura mediática. ¿Quién se salva de este mundo? Sólo la conciencia de que en él todavía queda gente sana, mucho menos de la que quisiéramos.
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