domingo, 27 de septiembre de 2026

De la relación erótica con nuestro entorno



Hospital Montepríncipe, 27 de septiembre de 2026

Me pregunto este tarde cómo sería un mundo en que tanto mujeres como hombres concurriendo en un mismo espacio no pudiéramos hablar ni hacernos señas; sólo mirarnos unos a otros, soñando, imaginando. Se ve que la soledad de la tarde y el silencio del fin de semana instila en mis disposiciones sueños imposibles. Digo yo que ya que me he propuesto no pensar en el futuro, algo tiene que sustituirle. Aprendí con el Tao que cuando se moldea la arcilla para hacer una vasija, es precisamente donde no hay nada donde reside la utilidad de la vasija. Y acaso, sí, sea precisamente esa nada que podemos crear con nuestro vaciamiento el lugar donde se genera la energía vital. El vacío, la contemplación, como fuente de una energía propiciatoria hipersensible que nos acerca a algún tipo de verdad que las palabras y el discurso racional distorsionan en el intento de acercarnos a la comprensión de la realidad. No, mejor, no se trata de comprender sino de ser traspasado por el fluído vital de parecida manera a como se produce la ósmosis entre el sistema digestivo y la sangre. También las realidades profundas se van incorporando en silencio sin que nos demos cuenta a nuestra experiencia vital.

Pero sin apuntar tan alto, que no iban por ahí los tiros, que pensaba sin más en el hecho de pensar mujer, un concepto todo lo abstracto que se quiera, pero que puede descubrirnos, tal si pensáramos en la divinidad, un fructífero asomarse a la profundidad de lo femenino en donde no está ausente ese sueño de la razón que busca, sueña al otro de los ojos cerrados, incluso ausente de deseo, con la pasión de quien es atraído por una indefinida otra mitad.

Ausente de deseo… No, no es eso. Hay cosas que no se aprenden ni se dejan penetrar. Están ahí como el aire que respiramos. Y la feminidad y sus atribuciones son una de ellas. Nuestras pobres palabras, incapaces ellas de expresar verdades profundas, son tan insuficientes que vergüenza le da a uno siquiera intentar nombrarlas. Hablando de estas cosas los rudimentos del lenguaje, tan pobres ellos, son incapaces de acercarnos a la luz, a eso que llamamos comprender. Y ello porque acaso comprender no forma parte de una verdad que nunca vamos a ser capaces de aprehender y que tan sólo se nos permitirá intuir.

¿De qué habló?, se preguntará alguno. El escenario es el que exponía al principio de este escrito. ¿Qué sucedería si dejáramos hablar al silencio, a los ojos? Hombres y mujeres reunidos en mitad de una peste, como en el relato de El Decameron, pero sin la distracción de llenar las tardes con relatos erótico; sólo mirar y ver. ¿No sería una situación idónea de conocimiento y empatía? Aún un detalle más, nuestros personajes no tendrían la posibilidad de moverse. Obviamente terminarían desnudándose mentalmente unos a otros. Para el púdico e hipócrita mundo que nos rodea, lo mismo si les dejamos terminar el relato nuestro personajes acababan jugando a la oca o al parchís.

En Los años con Laura Díaz Carlos Fuentes explora las posibilidades de llegar al conocimiento profundo del otro, así hasta que Laura Díaz le da el alto y se niega a compartir esa parte de misterio que todos llevamos dentro. La tensión que genera ese misterio es probablemente uno de los factores determinantes de una relación amorosa exitosa. Tiene ello mucho de erotismo. El erotismo, el deseo, nace del espacio que queda entre dos seres. Cuando ese espacio queda roto a la postre el deseo desaparece.

En la propuesta que hacía en el primer párrafo aparecen elementos que se dan constantemente en la vida diaria. La relación erótica que mantenemos con lo que nos rodea, permítaseme el eufemismo, tiñe, querámoslo o no, nuestra relación con la realidad.

 

 

 

 

 

 


2 comentarios:

  1. Me sorprende tu pregunta inicial, sobre todo viniendo de alguien con una imaginación tan sobresaliente como la tuya. Creo que la propia naturaleza nos ofrece una respuesta muy útil.
    Tu planteamiento es qué sucedería si hombres y mujeres compartiéramos un espacio sin poder hablar ni hacernos señas y sólo pudiéramos mirarnos. Si lo pensamos bien, aunque fuéramos mudos como los animales, seguiríamos disponiendo de los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto, que resultan básicos. Y es precisamente por ellos por donde nos llega la información sensorial que pone en marcha nuestra relación con el mundo y con los demás.
    Buscar después diferencias entre ellos y nosotros quizá sea buscar tres pies al gato. Son nuestros compañeros de viaje, con sus particularidades, naturalmente, pero participando de ese mismo proceso fundamental de nacer, percibir, relacionarse, reproducirse y desaparecer.
    Un animal ve, oye, huele, toca y gusta; nosotros también. Antes de que aparezca una palabra, un razonamiento o un concepto, ya ha comenzado el proceso de percibir al otro. Una mirada, un movimiento, un olor, un contacto suelen contener una información que no necesita ser traducida al lenguaje para producir una respuesta: la puesta en escena es la misma.
    Y ahí es donde tu escenario me resulta especialmente curioso. Si elimináramos las palabras, no eliminaríamos la comunicación; eliminaríamos solamente una de sus formas. Los sentidos seguirían haciendo su trabajo y el cerebro seguiría interpretando aquello que percibe.
    Quizá nosotros hayamos complicado extraordinariamente ese proceso con el lenguaje, la imaginación, los conceptos y todas las estructuras culturales que hemos levantado sobre él. Pero, debajo de todo eso, seguimos siendo animales, y nuestros sentidos siguen siendo la puerta por la que entramos en contacto con la realidad.
    Por eso, cuando nos preguntamos qué nos diferencia de ellos, además del lenguaje, la respuesta es: nada. Ellos son, como nosotros, nuestros compañeros de viaje en ese ciclo biológico que llamamos vida.

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    1. Bueno, pues seguimos dándole al organillo. Que no falte la música.
      https://deunjubilado.blogspot.com/2026/09/eros-ah-la-imaginacion.html?m=1

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