lunes, 30 de marzo de 2026

En pugna con el dolor


 

El Chorrillo, 30 de marzo de 2026

Escucho La creación, Haydn, en medio de un fortísimo dolor de rodilla, después de una noche en vela por la misma razón. Recuerdo someramente a Cioran, que decía algo así como que el dolor ennoblece. Acaso sea verdad y, visto desde la distancia del no dolor, miremos con escepticismo semejante aserto.

¡Cómo te pasa factura el cuerpo por los muchos trabajos a los que lo has sometido! Es, sí, doloroso. Me decía días atrás un amigo, que padece dolencias varias, que “que te quiten lo bailao”. Hoy ello me parece un consuelo infantil.

La verdad es que me gustaría tolerar el dolor con la elegancia de quien asume las cosas de la vida, las buenas y las malas, con una franca resignación estoica. A veces barrunto que todos los inconvenientes de la vida son un excelente motivo para mejorar nuestra persona, nuestra resignación, nuestra tolerancia al dolor, ese tipo de cosas. Tomarse estas situaciones como un duro ejercicio de fortalecimiento de nuestra voluntad.

Uno no querría, motu proprio, pasearse por los terrenos del dolor, pero ya que estás, la idea de aprovechar la oportunidad para engrosar nuestro activo, nuestra cuenta corriente mental, puede ser atractiva. Entre otras cosas porque parcialmente te distrae del dolor, pero sobre todo porque puede afinar las cuerdas del instrumento de la vida.

Ya se sabe aquello de que “lo que no me mata, me hace más fuerte”, que enuncia Nietzsche en El ocaso de los ídolos.

A primera vista puede parecer una defensa ingenua del sufrimiento: “todo dolor te mejora”. Pero en Nietzsche es algo más matizado y duro. Su idea conecta con otros núcleos de su pensamiento: La vida como prueba. Para Nietzsche, la vida no es algo cómodo, sino un campo de tensiones y superación. El individuo valioso no evita el dolor, sino que lo incorpora.

Una segunda idea es que el ser humano tiende a expandirse y a afirmarse. Las dificultades son el terreno donde esa fuerza se pone a prueba. No es que el sufrimiento sea bueno, sino que puede ser material de transformación.

Y, por último, otra fértil idea: la creación de uno mismo. Un individuo fuerte no es el que sufre, sino el que da sentido al sufrimiento. Es decir: convierte lo vivido en algo que le eleva.

Esto suena en los altavoces: “Y dijo Dios: haya lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche, y para alumbrar sobre la tierra; y sirvan de señales para las estaciones, para los días y para los años. También hizo las estrellas”.

Resulta sugestivo relacionar esta música con las palabras de Nietzsche. El luminoso Haydn frente al pesimista Nietzsche. “Y se hizo la luz”. Musicalmente, ese estallido es uno de los más impactantes de toda la música occidental: el tránsito de la sombra a la luz.

La creación parte del caos, el vacío y la confusión para llegar a la luz. No hay forma sin desorden previo. No hay fuerza sin atravesar cierta oscuridad. La clave no es el sufrimiento, sino el tránsito del dolor a la luz. Haydn no ve la vida como lucha trágica, sino como orden que emerge y armonía que se revela, pero ambos coinciden en que lo importante no es que no haya caos, sino que de él pueda surgir algo más alto.

Rizando el rizo, atendiendo a Haydn y a Nietzsche, de mis patas enfermas podría salir la idea gloriosa de que, con cierta paciencia, lo mismo pueda volver a patear el monte antes de que mi reencarnación actual finiquite.

En mi visita al traumatólogo del pasado viernes ya me estaba proponiendo la prótesis total de rodilla. ¡Puafff!, que el Señor me coja confesado.

No sé si ha sido el Enantyum o acaso la distracción de la escritura, pero el hecho es que el dolor de la pierna se ha aliviado bastante con mis reflexiones.

 

3 comentarios:

  1. Excelente manera de extraer luz del caos de tu rodilla. Me alegra que la escritura, "esa lumbrera que separa la noche del día", te haya aliviado más que el Enantyum. Que sigas pateando el monte, aunque sea con la mente, hasta que las rodillas decidan secundarte. No tengo ninguna duda de que así será.

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    1. Agarrarse a un clavo ardiendo y de paso intentar hacer un poco de música con los inconvenientes de la vida. Gracias por tus buenos deseos.

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